NOÉ Y SU ARCA

NOÉ Y SU ARCA

28 de marzo de 2024 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

También los libros pueden presumir de genealogía, y cabe, en ese sentido, considerar al Noé en imágenes de José Joaquín Parra Bañón sacado de imprenta por Atalanta descendiente y también un homólogo del tratado sobre el arca de Noé escrito e ilustrado en 1637 por Athanasius Kircher, de quien en su día Jacobo Siruela ya rescató, en una lujosa y galardonada publicación, Itinerario del éxtasis, un volumen cuya lectura exigía, por mor del formato, el alquiler de un atril con su correspondiente taburete alto. Se trata de un homólogo, por supuesto, cortado a la medida de los tiempos que corren, pues aquí el autor es inspirado por el escepticismo laico dominante hoy entre la intelectualidad occidental. La perspectiva del libro es, en efecto, sólo en parte la de un mitólogo, primando en sus reflexiones, ante todo, la de un arquitecto, enfoque ya anticipado y patente en bastantes de las representaciones iconográficas de Noé a lo largo de la Historia, muchas de ellas reproducidas y comentadas en esta obra… pues Parra Bañón concibe el Arca como nave y barco, sí, pero también y, quizá, ante todo como casa y edificio y, en particular, como “el primer edificio público construido por los hombres”, procediendo a radiografiarla desde un entendimiento de la arquitectura despojado ya de las connotaciones propias de una ciencia sagrada que Kircher le atribuía.

Muchas y muy elegantes, espumosas y disfrutables guirnaldas en prosa encadena Parra Bañón a cuento del Arca primigenia, llevando a feliz término una inquietud literaria y consumando un serio homenaje en torno a un motivo infrecuente hogaño, pues admito no ver nada claro que, como apunta, distinga a Noé en nuestros días “una extraña vigencia”. Porque como iconos noéticos se alzaron hasta cierto punto, en su momento, el antañón John Huston o el fortachón Russell Crowe, pero nadie con quien yo me cruce anda por ahí de paseo con camisetas que luzcan los palmitos de uno u otro en la piel de Noé, ni veo tampoco sus rostros prediluviales impresos en las etiquetas de otros productos de consumo. Noé no aparece mucho en la literatura de hoy ni es celebrado en canciones de éxito.

El primer Noé del cine mudo -el de Michael Curtiz- fue allá por 1928 George O´Brien, quien no sé si llegó a tanto como a erigirse en icono. Y bueno, hay una película anterior, de 1911 y dirigida por el sueco Scott Lord, y de la que no parecen haber quedado más que algunos fragmentos que, al menos, nos revelan claramente que los gigantes prediluviales no eran llamados así debido a su estatura, similar a la media de los actores a cargo de otros papeles, sino a su condición de vástagos engendrados por los Hijos de Dios en las Hijas de los Hombres. Pero se nos antoja en extremo dudoso que el Noé de aquella silente película hoy medio perdida coagulara en sujeto de ninguna “extraña vigencia” perdurable hasta hoy.

No percibo, decía, la verdad, a Noé como referente de actualidad, y ello pese a los tiempos teóricamente proclives al catastrofismo en que vivimos. Nadie, que recuerde, pensó en él durante días sobre el papel tan idóneos para ello como los del confinamiento justificado por la extensión del covid. No recuerdo voces invocando entonces la necesidad de ir pertrechando un Arca salvadora. Y es que, lejos de asumir que, recién salidos de una glaciación que hace nada pasaportó a los Cielos de los hombres prehistóricos a la mayor parte de la humanidad, vivimos en la Era Cuaternaria, la gente tiende en masa a conducir su vida según el falaz axioma de que el progreso inexorable rige todo el devenir de nuestro paso por este mundo. Nadie hace suya o presiente, pues, la urgencia de reservar camarote en el crucero del Fin del Mundo y, en calidad de monte Ararat, se piensa a lo sumo en algún todavía desconocido exoplaneta hacia el que seremos, sí, evacuados, pero no antes de que hayan pasado centenares de miles de años. En cuanto al Noé “descubridor” de la embriaguez etílica, lo cierto es que vivimos más en una sociedad empastillada por internet que en una de la ebriedad.

Todo lo cual no significa, creemos, que pueda considerarse a Noé, como sugiere Parra Bañón, un busto marginal o, más en concreto, “teológicamente marginal”, por cuanto las mitologías de todos los pueblos y tradiciones espirituales incluyen una figura homóloga a la suya. El propio autor subraya cómo “los macedonios, los caldeos y los aztecas lo recordaban en sus rituales con palabras y advocaciones diferentes”. Se sabe incluso, como recordara Sánchez Dragó, cantor del tubalismo en su Gárgoris y Habidis, de las singladuras de un Noé “gallego” por nombre Hu, así como de la existencia en Galicia de varias Noya, en una de las cuales hay -o hubo- una roca con una cadena engarzada a ella, considerada la que sirvió a Noé para atracar el Arca.…

Tampoco necesita Noé de detalles biográficos tales como precisiones relativas a su apariencia o los patronímicos de sus nueras y esposa, pues ni el Génesis es una novela ni Noé lo que en propiedad pudiera llamarse un personaje de ficción. Lejos de haber sido dotado de una “novelesca existencia”, posee la propia del símbolo, pues claramente lo es del fin de una humanidad y su ciclo de manifestación y del albor de otra que ha de sucederla, lo que le convierte en lo que Parra Bañón llama -excelente metáfora- “un lugar lejano”. Es también emblema del espíritu que planea o aletea sobre la superficie de las aguas para depositar en ellas la sementera de esa nueva humanidad, lo que ya no teológicamente, sino sobre todo metafísicamente dista eones de la marginalidad. Rasgos, pues de muchísimo mayor calado que los que a ojos de un publicista le convertirían en “ancestro” de Maqroll El Gaviero o en el patrón, fundador o precursor de las agencias de viajes, los enólogos, las compañías navieras o la colombofilia.

Sostiene con buen olfato el autor en este bien ritmado ensayo una suerte de fusión entre la nave y su constructor y piloto: “Noé es la encarnación del Arca, y el Arca la corporeización de Noé”, aduce. De acuerdo en lo primero, pues Noé “solidifica las órdenes e insinuaciones, muta los sueños en proyectos y los deseos en arquitectura”. Pensamos, por contra, en cuanto a lo segundo que el Arca es, por su carácter flotante, no la corporificación, sino más bien la espiritualización del cuerpo de Noé, cumpliéndose así tanto la espiritualización del cuerpo como la corporificación del espíritu exigidas por la Obra hermética. De cualquier modo, es cierto que: “No es posible, sin desfigurarlo, deslindar a Noé y al Arca. El Arca sin Noé, vaciada de él, huera, no es un Arca sino una embarcación extemporánea”.

Obviamente, las tapas del libro acogen una construcción fundamentalmente literaria en torno a la figura de Noé, basada en los juegos de palabras y el enlazado de frases ingeniosas, y ello explica que su autor endilgue al padre de Sem, Cam y Jafet, cuya festividad, nos recuerda, celebra el santoral sin fasto alguno cada 10 de noviembre, epítetos -como “fantoche” o “marioneta”- jamás asociados por nadie a él ni a su misión pese a que, cierto, Dante no dejase claro si fue o no rescatado del limbo por Jesús. Rica en referencias a San Isidoro de Sevilla y otras cabezas pensantes a las que tiene el vulgo demasiado perdidas de vista, muy importante en la obra es la galería de imágenes -de Hans Holbein El Joven a Guyart des Moulin, de Athanasius Kircher al Libro de horas de Carlos V– inspiradas a través de los siglos a monjes, imagineros y pintores de Corte por este “edificio que flota o que navega”, por este Arca “intermediaria entre el Paraíso y Babel” herméticamente sellada de no ser por la escotilla a través de la que se suelta a la paloma que ha de retornar a ella sosteniendo en el pico una rama de olivo.

La mirada escrutadora de Parra Bañón escanea cada grabado, lienzo, vidriera o salterio indagando sobre los trasfondos psicológicos o los impulsos subyacentes en las prioridades narrativas, las elecciones escenográficas o las preferencias zoológicas manifestadas por cada artista, percepciones suscitadoras de meditaciones que nos deciden a sugerirles adentrarse en este libro que, debido a su carácter, es gozne entre dos ciclos cósmicos y una lectura tanto pre como post diluvial. Ténganlo claro: o el Arca… o la nada.