POEMAS PARA UN VIAJE

POEMAS PARA UN VIAJE

11 de enero de 2023 2 Por Ángulo_muerto
Spread the love

Lecturas totales 285 , Lecturas hoy 1 

JOAQUÍN ALBAICÍN

Recordaba hace poco alguien la aseveración de Chéjov en el sentido de que el escritor no debe contar la vida tal como esta es ni tampoco como él crea que debería ser, sino como su alma la contempla en sus sueños. Claro que, a mi modo de discernir, tal cosa incumbiría también hacer no ya al literato o al cineasta, sino a todo actor o figurante del teatro del mundo. Por supuesto que los escritores -o algunos que guardamos esa fidelidad a lo onírico y continuamos, pues, siéndolo de verdad- llevamos en ello la delantera, y de ahí los recién publicados Poemas para un viaje de Crista S. B. o Cristina Sánchez Botella, que es ambas cosas, mujer tanto de plató como de letras, además de espíritu -o eso sugieren sus redes sociales- suspirante siempre por las auras paseantes por el mundo onírico.

Es esta suya una obra habitada por potros, sueños, parientes, videntes, lunas, silencios ungidos, espejos, ángeles de asfalto y muertos a veces más vivos que muchos vivos. El libro de una aristócrata en el exilio, paseante bajo su armiño por las entreguerras de Lou Reed y John Coltrane para tomarse los pertinentes respiros en el rompeolas de Nina Simone. Un libro de amores brumosos como una revolución rusa, en el que encuentra en el Comercial a Manuel Gutiérrez Aragón y lo envuelve en un poema -mientras Javier Mateo Hidalgo le pinta- como quien encontrase al otro Aragon, a Louis, o a Nabokov en La Rotonde, aquel café de París frecuentado por Ilya Ehrenburg para parlotear con Modigliani, Picasso o Max Jacob.

Un viaje -sin herir al paisaje- por los caminos de las constelaciones íntimas, impulsado por la atracción de la vida misma, ese combustible rehuido hoy por tantos transeúntes, en busca de la combinación de la caja fuerte de unas noches que, como si fuesen años, tienen cuatro estaciones cada una y son, pues, algo así como noches pizza, madrugadas con mucha masa y orégano. Una aventura sin toque de queda y capeada a través de una ringlera de andenes que pueden desordenarse y en los que los encuentros no cesan de ser barajados por el Destino como en una película de Alan Rudolph o una carta astral renacentista sacada por un Giordano Bruno fumador de Gitanes y devoto de Django y Stephan Grappelli.

Un libro para leer con un pitillo en los labios a fin de, durante la inmersión en sus páginas, generar y aportar un poco de niebla propia que no desmerezca de la desplegada por la escritora y ayudar, de paso, a seguir otorgando sentido a la existencia de los estancos. Porque, el día en que las expendidurías de tabaco sean enviadas a mejor vida, pasaremos todos a ser hombres de menos pelo en pecho, y escribiremos todos menos poemas y sentiremos menos ganas de viajar. ¡Ah, malhadado sea ese día, Sancho!