POR QUÉ SOY CASTRISTA

POR QUÉ SOY CASTRISTA

7 de enero de 2023 11 Por Ángulo_muerto
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Joaquín Albaicín.

 

  Doblaba el año, estaba a punto de rematar de salida en tablas el siguiente y en el jardín, echando al cesto unos leños para la chimenea, supe que los galenos habían concluido no poder hacer nada por salvar a Javier Castro-Villacañas, que poco después, al paso de la cabalgata de los Magos, se fue de este mundo con la admirable entereza de los hombres de fe y despidiéndose uno a uno de sus amigos como aquellos patricios de Roma virtuosos defensores de la República.
  Javier y yo fuimos juntos al colegio y, en el curso de los lustros y siempre confiando el uno en el otro, a muchos sitios más. Su padre, afecto como él a la poesía y la buena mesa, fue ensayista de peso y elegantísima pluma. Era además sobrino de un poeta combatiente por las nieves de la División Azul y nieto del ayudante del general Miaja. Fue seguramente esa inclinación hacia la política, la milicia y las letras tan enjoyada a los glóbulos rojos de su prosapia lo que le movió siempre a tratar de servir con amor, valor y la mejor voluntad posible al país en que nació. Mente brillante y de enorme sagacidad para el análisis político, fue por ello -además de abogado exitoso en casos polémicos- parte activa o protagonista de muchas aventuras intelectuales emergidas en la España de las últimas cuatro décadas. Co-fundador de la revista «Generación XXI» y director luego de «CVB» / «Club de la Vida Buena», conductor de programas radiofónicos, tertuliano en televisión, articulista en «El Mundo» y «El Español» y autor de varios libros sobre las trastiendas vergonzantes de la vida política, viajó hasta Grenoble en busca del escondite de Josu «Ternera» y lanzó a través de las ondas importantes exclusivas sobre los agujeros negros del 11-M.
  Mucho antes de todo esto destacó como adolescente jovial en el Paseo de la Castellana de fines de los 70 y en los veranos de Cercedilla, cuando nos gustaba Nadiuska, joven romántico -esto, hasta el final- amante de bailar agarrado en los guateques y garganta dotada de un grave eco de cantaor que, con el tiempo, le serviría mucho ante los micrófonos de «Radio Intercontinental» y de «City FM Radio». Y, después de todo, se lo ha llevado una enfermedad traicionera, inesperada, fulminante y también algo misteriosa, pues a más de uno sé que le ha hecho pensar en esas historias de espías que tanto le gustaban.

Con su partida de la mano de los Magos de Oriente se licuan a la vez que se convierten para mí en preciados cromos las memorias vaporosas de un Madrid con otros colores y otro sonido y otro ritmo, en concreto las de un tramo de la Castellana que comprendía desde mi casa junto al «Bernabeu» hasta la de mi abuela, casi en la Plaza de Castilla y a la vuelta de la cual, en Félix Boix y frente al celebrado restaurante chino, vivía Javier. La pastelería «Helen’s», la terraza de «Oliveri», los cines «Windsor», las novias, las cabinas telefónicas, los exámenes, el Desfile de la Victoria desde el balcón, la tienda de caballero de «Celso García», el circo con sus tenderetes de botijos, las discotecas pijas de los bajos de Orense, los taxis negros con raya roja… Y también, claro, la primera máquina de escribir, el Bar «Mokambo» de la calle Hileras, las botellas de «Guadianeja» en «La Escondida» de Puerta Cerrada, nuestra tertulia en la «Cervecería de Correos», desaparecida ya como el vecino, fresco y oscuro «Lyon» donde a veces preparábamos los exámenes… Íbamos por la prensa al quiosco y los periódicos contaban sobre la URSS, la muerte de «Yiyo» en Colmenar, la algarada de Tejero, las oleadas de ovnis, Gadaffi o la penúltima evasión de Licio Gelli. Con los años pasamos a movernos más por Serrano, donde estaba «ABC», por Chamberí, donde  abría sus puertas «Generación XXI» y, al final, por Rosales, culminando así una coherente trayectoria sin altibajos desde el vaso de caña hasta la copa de balón. Ahora veo que todo eso se ha acabado. Aunque ahí queda, por supuesto, la coherente y cristalina trayectoria.

  Solía hablar de luceros, alusiones sidéreas con origen, sin duda, más que en una afición a la astrología o la astronomía que jamás le conocí, en el argot propio de alguna fábula política inconclusa o de final eternamente abierto. En él admiré, entre otras muchas cosas, su fervoroso culto a la amistad y a la sobremesa en cálida hermandad, su jardielesco sentido del humor, su gusto para el disfrute de los momentos sabrosos que la existencia nos brinda y su fe en causas nobles que nunca quiso dar por perdidas. Sabía, como lo sabía Tagore, que la vida no es más que la continua maravilla de existir, que esto -pues continuo es- no se acaba aquí, y por eso, cuando desde el hospital me llamó para despedirse y, en conversación emotiva que no olvidaré, decirme que iba a morirse con la misma gallardía y paz de espíritu con que vivió, quedamos en vernos de nuevo.
  Javier lo mismo se iba a correr un 7 de julio por la Estafeta que recitaba a Muñoz Seca, te presentaba en un cóctel a una modelo, a un general en excedencia de los servicios secretos, a un editor o al pretendido líder de una facción del exilio de tal o cual nación de África. Ahora no recuerdo por qué razón concreta, teniendo unos dieciocho años, acabamos una mañana de sábado degustando con resaca una paella en la «Casa de Campo», en un seminario de la secta «Moon». Otra vez nos raspamos las «Comedias Bárbaras» de Valle Inclán de una tacada, en una sola función de algo así como nueve horas. ¡Le encantaba el teatro! Los dos -y, a menudo, juntos- hemos conocido a mucha gente insólita que nos ha interesado, inquietado o divertido -según casos- mucho.
  Percibía en él a un Dionisio Ridruejo en muchos aspectos, si bien mejorado por salidas y golpes dignos de un Conde de Foxá o un Edgar Neville como el de aquel verso de viví, gocé y amé y autor de «Mi España particular». Me sorprendió siempre que, con ya más de cincuenta años en la cartera, le siguiera interesando la política, detestando él tanto la maledicencia y resultando, en ese mundo, imposible llegar a nada sin hacer uso constante de ella. Fueron los suyos un talante y una cabeza de los que la esfera pública está desde hace tiempo enormemente necesitada, siendo justo por ello impensable que se dé nunca paso al detentador de los mismos en un ambiente de mediocres y corruptos… ¡y menos aún si se es el denunciante! Y es que, como buen republicano, Javier creía en la Monarquía o Gobierno de la Limpieza y la Decencia, y no en «atrezzos» sostenidos por emociones fingidas y tarjetas «black». Por todas estas razones he sido toda mi vida castrista de Javier, y no castrista de Fidel.
   Inteligente, vivaz, afable, conciliador, su último artículo -hace sólo tres meses- en «El Español» fue un brindis al sol, una valiente media verónica pamplonica en honor y a la salud de nuestra ilusión de juventud. Apenas bordado el lance, Javier Castro-Villacañas, a fuer de mucha gente que le quiere, deja mujer e hijos de los que se sentía orgulloso. Ha sido uno de los mejores amigos que la vida me ha regalado. Por eso espero que tuviera razón cuando, en nuestra postrera comunicación a viva voz en este mundo, al decirle yo esperar -algún día y de algún modo- volver a encontrarnos, me respondió que sí, que me sintiera seguro de que así sería en el otro, en el celestial. Llamarme para despedirse y hablarme como me habló de tantas cosas son rasgos que distinguen sólo al hombre que de verdad se viste por los pies. Ojalá cuando me muera sepa dar el paso con la nobleza, fe, valentía y paz de espíritu suyas.

Rezo por tu venturoso tránsito al Trasmundo. Hasta siempre y hasta muy pronto, queridísimo Javier.