LOS TERRORES DE EDO

LOS TERRORES DE EDO

1 de abril de 2024 1 Por Ángulo_muerto
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Frank G. Rubio

Aquí no es como el mundo de ahí fuera. Una vez que entras en el mundo de los muertos, ya no se puede salir. Kasane.

Tsuruya Namboku IV (1755-1829), el autor de los tres libretos que pone a nuestro alcance el Daniel Aguilar, que con su buen hacer los traduce, adapta y prologa, nació en Edo en una familia humilde siendo hijo de un tintorero y convirtiéndose, tras muchos trabajos y días, en uno de los más destacados autores de esta peculiar variedad teatral que es el Kabuki. Señalar que en esta edición se vierten por primera vez al español ejemplos concretos de tales materiales exóticos. Ya en Japón sobrenatural (Satori, 2013) Aguilar publica una versión resumida de una de estas adaptaciones: La historia sobrenatural de Yotsuya (1825, estreno) Esta obra se relaciona con la célebre narración de “los cuarenta y siete ronin”, el drama japonés existente con mayor cantidad de variantes. Tiene su origen en una obra inspirada en un hecho real de la Era Genroku (1688-1704), estrenada como Bunraku y luego adaptada al kabuki: El silabario de los fieles vasallos (1748) Es obra de tres autores (Izumo, Sosuke y Shoraku) 47 eran los años transcurridos desde el hecho originario, 47 los personajes y 47 los caracteres de los silabarios katakana e hiragana.

“El teatro de marionetas bunraku nació del deseo de traer a la vida historias de un modo que fuera a la vez visualmente impresionante y emocionalmente impactante. Las marionetas utilizadas en las representaciones son increíblemente complejas y detalladas, y cada una de ellas es manejada por tres titiriteros.”

Kyogen (“palabras salvajes”), Nō (“talento”), Kabuki (“cantar, danzar, ser diestro…”) y Bunraku son las cuatro formas básicas del teatro clásico japonés donde, desde sus comienzos en el siglo IX por influencia china, se entremezclan lo dramático, lo cómico, la danza y la música.

El kabuki se inicia a comienzos del siglo XVII en Kioto y su origen lo constituyó un espectáculo popular de baile que representaba una artista llamada O-Kuni. Esta presencia originaria de mujeres, travestidas muchas veces de hombres, provocó la intervención moralizante de las autoridades del shogun que las proscribieron de los escenarios (1629). A partir de este momento sólo los hombres participarán en la representación, travistiéndose como mujeres cuando el libreto lo haga necesario.

El kabuki está relacionado desde sus comienzos con entornos populares de Edo vinculados a la prostitución. Oficio convertido en clandestino por la represora normativa cambiante de su tiempo. El escándalo público, los excesos, también las apariciones de fantasmas en los escenarios de esta forma artística, dan cuenta de la combinación de espectáculo y ceremonia religiosa que se entremezclan en estas prácticas artísticas. No tan alejado como pudiera parecer del mucho más elitista y antiguo teatro Nō.

El kabuki como manifestación artística, expone Daniel Aguilar, inaugura grandes novedades escénicas como los escenarios rotatorios, un pasillo elevado llamado hanamichi (camino de las flores) que discurre entre la platea de los espectadores y el sistema de un actor cambiando de papel a velocidad de vértigo sin salir del escenario (hayagawari) junto a lo que hoy llamaríamos efectos especiales.

El periodo Edo, nombre antiguo de la actual Tokio, abarcó cerca de tres siglos (1603-1867) y constituyó uno de los momentos más fecundos, desde el punto de vista estético y artístico, del Japón posterior a la frustrada invasión de los mongoles (1274-1281). El valor y la previsión de los nativos, junto con la ayuda decisiva de los kami, el viento divino (kamikaze), dieron buena cuenta de los invasores que habían ocupado gran parte de Rusia (1237-1240), abatido Bagdad (1258), conquistado el Reino Medio (1271) y penetrado profundamente en Europa. De esta última les expulsó el mal tiempo: la Pequeña Era Glacial que abarcó desde el siglo XIV hasta mediados del siglo XIX.

En los comienzos del siglo XVII de nuestra cronología accedió al poder en Japón el sogunato Tokugawa (bakufu), el tercero y de mayor duración en su historia. Durante estos tiempos se impuso el cierre del país, sakoku, siendo expulsados los comerciantes extranjeros y erradicados los misioneros cristianos: crucifixión de jesuitas ya en 1597. Este periodo de aislamiento, que terminaría con la llegada de la Era Meiji (1868), auspiciada por el comodoro norteamericano Perry (1754-1858) entre 1852-1854, fue precedido nada casualmente por el regreso de los misioneros (1858). Marcó para bien el devenir cultural, político y religioso del archipiélago nipón. Sin este aislamiento no habrían existido: ni el kabuki, ni el “mundo flotante” (ukiyo-e)…entre otras muchas cosas preciosas. Y a saber qué horrores habrían emergido por influencia europea…al menos fueron retrasados casi tres siglos.

El lector interesado debe leer con atención la excelente y minuciosa introducción de Daniel Aguilar: Tsuruya Namboku y los terrores de Edo. En ella se explicitará el desarrollo y evolución de los temas del kabuki y los diversos cambios en las técnicas escénicas que fue desarrollando con el tiempo esta forma compleja de expresión artística. Estas técnicas están íntimamente relacionadas con la percepción de lo sobrenatural del Japón posterior.

“Las creencias niponas sobre lo sobrenatural son muy distintas que las occidentales, la frontera entre el mundo real y el de los seres sobrenaturales es allá extremadamente tenue. Ciertos lugares, estados de ánimo o periodos de tiempo hacen a los humanos especialmente vulnerables a la intervención fantasmal. El periodo Edo (1603-1868) fue una etapa crucial en el desarrollo y la concreción de las ideas sobre lo sobrenatural. Muchas de las creencias que se impusieron en esta época aún se mantienen como sabiduría convencional en el Japón actual”.

Lo que hoy entendemos por visión sobrenatural japonesa se forjó durante estos años. La aparición de los espectros de kabuki venía acompañada de una música y unos efectos de iluminación y sonido determinado, tales como acentuar la penumbra de modo súbito al tiempo que sonaba un redoble de percusión.

Las contenidas en este libro son tres historias representativas, con destacados protagonistas femeninos, canallas inolvidables, objetos talismánicos a encontrar y fantasmas ineludibles y mortíferos que han inspirado en su concurrencia las imágenes más terroríficas del cinematógrafo japonés.

Debemos añadir que aquel periodo de Edo, afortunadamente para sus usuarios que vivían por lo demás una vida de desastres cotidianos provocados por terremotos, volcanes, incendios consecuentes y hambrunas, era una sociedad sin periódicos que basaba en gran medida su vida colectiva en el rumor y los espectáculos. Tampoco era un entorno donde los artistas estuvieran obsesionados con la originalidad, se iba y venia sin complejos sobre los mismos temas con peculiares e inventivas variantes. El humor negro y los diálogos picarescos, lo truculento y lo macabro, así como la deriva ruptural y laberíntica hacia diversas subtramas, hacen especialmente divertida y aleccionadora, no precisamente en un sentido moral, la lectura o la contemplación…si uno tiene la fortuna de acceder a una representación de kabuki de estas obras. Daniel Aguilar y su esposa hicieron esto posible para mí en su momento durante mi estancia en Japón y les guardo por ello un inmenso agradecimiento.

Está bien. Llegados aquí confesaré la verdad. No es una medicina, sino un veneno pero os la vais a tomar de todas maneras.” Historia del este sobre la princesa Sakura.

TERROR KABUKI

Suruya Namboku IV y Daniel Aguilar.

Satori (Gijón, 2023)