EL RETORNO DE LAS BRUJAS

EL RETORNO DE LAS BRUJAS

24 de octubre de 2023 0 Por Ángulo_muerto
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Guillermo Mas Arellano.

En “El pacto de las doce uvas” lo visible y lo invisible se confunden; la representación y lo representado se solapan, descubriendo no ya que nuestro mundo es consecuencia de otro que no podemos percibir a simple vista, sino que ese otro mundo habita precisamente en los resquicios y aristas dejados atrás por éste. Tras 20 años de escritura, esta primera novela de la escritora madrileña Rosemary Thorne se encuentra más cercana al grimorio que a la ficción convencional: brilla, por lo tanto, en sus momentos de mayor destreza técnica pero fracasa en otros instantes en los que la narración adolece de interés para el lector. El resultado, sin embargo, sigue mereciendo la pena si se lo compara con lo que abunda en las novedades editoriales.

A caballo entre las pinturas negras de Goya y los filmes más macabros de Polanski, Rosemary Thorne nos recuerda que Madrid es una ciudad cargada de elementos esotéricos que normalmente pasan desapercibidos a los ojos de sus viandantes. Muchas son las influencias literarias que las páginas de El pacto de las doce uvas son capaces de evocar: Raymond Roussel, Bruno Schulz, William Burroughs, Edmond Jabès, Charles Bukowski, László Krasznahorkai o Eduard Limónov son sólo algunos de los nombres que trae a la memoria la lectura de esta novela escrita a modo de falso diario.

Una de las mayores bestias negras del credo convencional es Joachim de Fiore. Influencia determinante sobre la obra de Dante Alighieri, el visionario De Fiore postuló en la Edad Media que después de la Edad del Padre y de la Edad del Hijo arribaría la Edad del Espíritu. Sobre qué características presentaría esa Edad del Espíritu no se especificó demasiado, salvo que sería la religión de una época irreligiosa (de Kali Yuga).

Un tiempo posterior a los cultos del desierto, a las religiones del Libro, a la postración del hombre ante la Ley que en realidad supondría la vuelta al estadio originario anterior: místico y pagano. Tras la culpa y la represión del “último hombre” crucificado, arribaría el “Superhombre” situado más allá de toda doctrina moral. Vaciados los altares, vuelve a llenarse el Olimpo. Deidades nórdicas, mitos indoeuropeos y un concepto griego de lo sacro que trae consigo de vuelta la metafísica a Occidente.

Después de la disolución llega siempre la reconstrucción: una revolución que regresa al conocimiento que alberga un ciclo anterior. Un nuevo culto a la Physis griega o al dios de Spinoza que los antiguos identificaban con un concepto de Naturaleza muy superior al manejado por la ciencia contemporánea. El Caos donde antes había Orden: lo femenino e incluso lo andrógino suplantando a lo masculino tras siglos de dominación, de imposición y de ocultamiento. Donde, una vez cancelada la preeminencia del mundo suprasensible sobre el reino de lo sensorial, desaparece toda moralina ascética para ser sustituida, a cambio, por la desinhibición sensible de los instintos.

Nietzsche fue su profeta: “Es la música que hay en nuestra conciencia, el baile que hay en nuestro espíritu, lo que no quiere armonizar con ninguna letanía puritana, con ningún sermón moral”. Derrocada la Ley y cerrado el Libro, se impone la inercia experiencial de la Vida. Y la materia deja de ser una realidad opuesta a la del espíritu: para que microcosmos y macrocosmos puedan confluir en nuestros cuerpos. No sólo Nietzsche lo desveló, muchos otros han sido albaceas del mismo mensaje después: Heidegger, Cirlot, Jung, Hadot, Paglia, Trías, Graves, Mujica, Neumann… Se trata de una nueva concepción de lo sagrado: en realidad, la más antigua; y, por ende, cercana al origen. Mucho más próxima al hinduismo que al mahometanismo; al Tantra que a la Torá.

Un amor al Destino que es trágico y dionisíaco al mismo tiempo; apolíneo y carnavalesco de una sola vez. Heroico intento por “cabalgar el tigre” inaugurando caminos nuevos, realizados machadianamente al andar, descubriendo el itinerario escondido tras el último velo de Isis que compone el verdadero “sendero siniestro de la mano izquierda”. Aquel que descubre el rostro de Nefertiti, de Venus, de la diosa blanca que el cristianismo quiso revestir de falsos ropajes virginales. Donde, al decir de Crowley, “Cada hombre y cada mujer es una estrella”.

Una vez se ha negado lo divino, al menos en su concepción convencional, sólo queda lo humano. Cuando al fin se está más allá del Bien y del Mal no hay vuelta posible. Sólo resta, pues, el retorno de las brujas en refutación del platonismo hegemónico. Sin “Alta Magia” que nos religue y nos trascienda, únicamente cabe una destrucción de la dualidad fundante de Occidente mediante la operación alquímica de conciliación de opuestos (coincidentia oppositorum). Cancelada la secuenciación heredada según la cuál el Cosmos vino después del Caos, imponiendo con ello el Orden, todo se desmorona: se trata del eterno retorno de lo idéntico que tiene lugar en el interior de cada hombre y de cada mujer, constantemente, día tras día hasta que lo vivo es sacrificado en el rito implacable de la muerte, para que la rueda de la Creación pueda seguir girando impasible. Saturno siempre se encuentra devorando a sus hijos.

Y, con ello, la fundición entre alma y cuerpo; entre espíritu y materia, resulta inevitable. Lo inferior elevado al rango de lo superior, después de su negación anterior: eso es el satanismo en su sentido más literal. Escrito está por Angelus Silesius: “La rosa es sin porqué. Florece porque florece”. Y por el Maestro Eckhart: “La eternidad es ahora, o no es en absoluto”. La filosofía aparejada a ese descubrimiento fue calificada por Nietzsche como Voluntad de Poder. La Auténtica Voluntad renombrada por Crowley. Ese “llegar a ser el que se es” después de “demoler a martillazos” todo aquello espurio que simplemente era “devenir”; esto es, despojo inauténtico de lo que en esencia somos. Oscuridad.
La genialidad filosófica de Thomas Ligotti, heredero de Camus y Cioran, ha sido reconocer en H.P. Lovecraft al gran pensador del “horror cósmico”. Creador de una mitología gnóstica capaz de sintetizar las luces de la razón y los monstruos producidos por ellas; Lovecraft fue, como sintetiza bien Ligotti, mucho más allá de lo que ningún existencialismo de posguerra posterior pudo llegar jamás. Si “la conciencia es la pesadilla de la naturaleza” porque “ningún nuevo horror puede ser más terrible que la tortura diaria de lo cotidiano”, no debemos lanzarnos corriendo a meditar sobre el suicidio, como proponía el pensador argelino, sino que debemos encontrar la manera de llegar hasta nuestro Destino y encontrar la forma de vivir con él y desde él.

Se comparta o no todo lo hasta aquí expuesto, no cabe duda de que dicha cosmovisión se encuentra presente, de manera más o menos consciente, en las páginas de El pacto de las doce uvas (La Biblioteca del Laberinto S.L.), la última novela hasta la fecha de Rosemary Thorne. Se trata de una novela iconoclasta, de un poema épico en prosa a lo Milton (sólo que el héroe no es el demonio, sino una bruja), escrito con prosa vanguardista, una imaginación lisérgica y constantes elementos oníricos que la emparentan de forma inextricable con el surrealismo europeo de hace un siglo.
Lo escribió Cormac McCarthy: “Dios no existe y nosotros somos sus profetas”. En el marco del mundo sinsentido desvelado por Nietsche, Walt Whitman supo hallar el auténtico significado de la existencia: “que existe la vida y la identidad, que prosigue el poderoso drama, y que tú puedes contribuir con un verso”. Máscaras de lo obscuro que extraen arte de la verdad, sublimando lo real a través de bellas mentiras. Sin retirar, por ello, el séptimo velo del que no se despojó Salomé: el Misterio del Eros. La cabeza, sin embargo, no es la del Bautista: es de Dioniso y es de la Medusa Gorgona. Y todavía danza mientras Buñuel corta el ojo de un animal muerto en un lienzo de Magritte inspirado por una novela de Breton. En lo que regresan druidas y brujas.