VERANO JAPONÉS

Daniel Aguilar

 

 

Ha sido un verano realmente extraño, lleno de incienso, lágrimas y despedidas.


De entrada, la estación comenzó con un error fatal. Había ido a pasar unos días a casa de mi hermana mayor, pero ella andaba siempre ocupada con los niños y empecé a aburrirme. Un día que se había dejado encendido el ordenador, sentí la tentación. Yo sabía que Yuko tenía una cuenta de facebook, que yo no podía mirar porque, por cuestión de principios (o de tozudez) me negaba a crear una cuenta propia. Sabía que mi hermana contaba con una, así que puse en el buscador “Yuko Satoyama facebook”. Aparecieron tres personas con el mismo nombre. Hasta ahora nunca había podido abrir esas páginas, pero en esta ocasión sí pude. La de ella era la tercera de las tres. Al instante de apretar el botón me arrepentí y sentí que en ese momento acababa de perderla definitivamente. Que estaba a punto de leer cosas que era mejor no haber sabido. No había ninguna foto suya y en su lugar había una panorámica con coches y trenes de juguete colocados desordenadamente sobre una mesa. El perfil, impúdicamente sincero, coincidía con lo que yo sabía de ella. Mi corazonada no falló. La pérdida no fue inmediata, pero sí cuestión de semanas. Todavía hubo tiempo de vernos una última vez, con desgana. Nos despedimos con un “hasta la próxima” en el que ninguno de los dos creíamos. Mi mujer no llegó a enterarse de nada. Pero, ¿de qué había que enterarse? ¿De la historia que nunca ocurrió?.


Casi al mismo tiempo, falleció mi tío. No es que tuviéramos una relación muy estrecha, pero solía pasar algunas tardes de domingo con él jugando al shogi o al go y, a no ser que estuviese demasiado borracho, me solía ganar, si bien el paso de los meses iba inclinando la balanza a mi favor. En el templo budista donde tenía lugar el funeral, opté por una discreta segunda fila para sentarme y mientras me martilleaba el interminable sermón del monje en la cabeza, me vi incapaz de apartar la mirada del pequeño lunar de la parte posterior de la oreja izquierda de mi sobrina de diecinueve años, que se había recogido el pelo para la ocasión y escogido el asiento justo delante del mío. Nunca había podido observar tan de cerca y por tan largo tiempo a una chica de una edad y belleza como la suya, atrapada en una situación que le impedía moverse. Me sentí profundamente culpable por no poder centrar la atención en la muerte de mi tío, mientras mi mujer estaba conteniendo las lágrimas a un metro de distancia. Cuando todo acabó, me acerqué discretamente al ataúd y pedí disculpas por ello al difunto, sintiéndome un miserable sin corazón.


Tampoco informé del funeral a una de mis mejores amigas, que sin duda hubiera venido. La cosa es que ella acababa de perder a Fuku, su gato blanqui-negro, al que tantas veces había tenido adormilado en mis rodillas. Le puso ese nombre porque era uno de los muchos gatos que perdieron a sus amos con el tsunami y desastre nuclear de Fukushima, tras lo cual una ONG andaba buscando personas que quisieran adoptarlo. Ahora, tan solo cuatro años después, el gato agonizaba por circunstancias no muy claras. De un día para otro perdía vitalidad a ojos vista. Carezco de pruebas, pero no puedo evitar el pensar que de alguna manera la radiactividad debió afectarle fatalmente en los meses que transcurrieron hasta que le trajeron a Tokio.


Cuando el verano se acercaba a su fin y parecía que nada más podía pasar, mi más apreciada compañera de trabajo, a la que en su día ayudé discretamente con las entrevistas para obtener la plaza, perdió el hijo que esperaba, a pesar de que, tras las primeras hemorragias, guardaba cama tal y como le había recomendado el médico. Pocos días antes le había regalado un amuleto de los que venden en los templos budistas para garantizar un parto feliz. No supe encontrar las palabras de consuelo justas cuando volvió a incorporarse, si es que las había, pero a los pocos días parecía haber recobrado su habitual carácter alegre. Yo era el único hacia el que mostraba una actitud más distante que antes.


Empecé a considerar seriamente la posibilidad de acudir al templo shintoista para que me practicasen algún tipo de exorcismo que alejase de mí los malos espíritus y decidí reducir la relación con las personas de mi entorno a lo estrictamente imprescindible. Pero todavía quedaba más.


Un día, al volver a casa empapado por uno de esos habituales tifones, recibí la noticia del fallecimiento de mi cuñado. Acababa de jubilarse tras treinta y cinco años como funcionario en el Ministerio de Justicia. Era la típica persona que, cuando se confiaba y tenía encima una copa de más, te contaba la clase de mezquindades e irregularidades propias del funcionariado japonés que cualquier enemigo político del Ministro de turno sabría usar muy bien para pedir su cabeza. El caso es que el funeral tuvo lugar lejos de Tokio, en la prefectura de Nagano, de donde era originario él. Me sorprendieron las diferencias en la forma de proceder en todo lo relativo al funeral, comparando con el proceso habitual de Tokio y alrededores al que yo estaba acostumbrado. Para empezar, todo el proceso tenía lugar en la casa familiar, en lugar de ser en un templo o una sala de ceremonias al efecto. Además, el encargado de la funeraria no hacía nada por sí mismo, sino que se limitaba a dar instrucciones a los allegados y familiares sobre el modo de actuar. Por tanto, tuve que participar tanto en vestir el cadáver como en introducirlo dentro del ataúd, entre otras muchas cosas. Por último, al día siguiente del velatorio, en lugar de celebrar el funeral y luego ir al crematorio, el orden era el contrario, por lo que aquellos que solamente participasen en el funeral, no podrían ver el rostro del difunto por última vez. Hablando con uno de los asistentes, me dijo que en las provincias del norte de donde procedía él, allí el proceso no duraba dos días, sino tres y que los familiares directos no hacían absolutamente nada, sino que eran los vecinos los que se encargaban de todo. Y el lado malo era que había que corresponder de la misma manera cuando tocase. Algo tenían en común todos los funerales del verano japonés, fuese la región que fuese, y era la molesta presencia de los mosquitos, pero supongo que eso resultaba inevitable. Aunque puestos a buscar diferencias, quizá las hubiera el tamaño o en la especie, según cada prefectura.


Aun abrumado por el encadenamiento de desgracias, no pude evitar sentirme fascinado por el hecho de que en un pais relativamente pequeño, hubiese tantas formas distintas de ritos funerarios según la región. Así, comencé a leer un poco aquí y allá, y descubrí cosas como que en la prefectura de Nara todavía quedaban zonas del interior donde no se incineraba a los muertos, sino que se les enterraba tal cual, práctica que yo daba por prohibida desde hace medio siglo en Japón. En cambio, no me sorprendió que en las islas de Okinawa, con sus tumbas de gran tamaño, quedasen todavía costumbres primitivas, heredadas de pueblos polinesios, debido a la relativa cercanía geográfica.


Cuando me quise dar cuenta, me había pasado los tres meses de verano perdiendo seres queridos, de una forma u otra y asimilando el significado de una separación, y encontré que, aun dolorosa, no tiene por qué ser algo deprimente. Criado en una gran ciudad como Tokio, desde niño estaba acostumbrado a ver en las películas occidentales escenas de funerales o de tragedias amorosas donde todo el mundo ponía caras ya tristes, ya furiosas, o lloraba desesperadamente. En cambio, encuentro que para nosotros los japoneses, la tradición es acompañar las separaciones con comida, sake y anécdotas curiosas sobre aquellos a los que hemos perdido, como una señal de permanencia de nuestro impulso vital, de seguir adelante pese a todo. Hace falta mucho más valor para ello que para llorar, sin que una cosa quite la otra. Confío en que aquellos que en estos meses se han alejado de mí sepan seguir su nuevo camino. Quizá volvamos a encontrarnos.


Aun así, finalmente acudí al templo shintoista. Al fin y al cabo, un exorcismo no es una mala forma de terminar un verano japonés.

 

 

 

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