FUERZAS OCULTAS Y CAMBIO DE EÓN

FUERZAS OCULTAS Y CAMBIO DE EÓN

3 de enero de 2023 1 Por Ángulo_muerto
Spread the love

Lecturas totales 347 , Lecturas hoy 1 

There is Fascism, there is Communism…and there is Ventriloquism.

S. Szukalski.

Frank G. Rubio

Metapolítica, Tradición y Modernidad (Hipérbola Janus, 2020) es una sólida antología de artículos (60) escritos por Julius Evola (1898-1974) entre los años 1933 y 1973. Están agrupados en tres grandes apartados: “De la política a la metapolítica”, “Tradición y Espiritualidad” y “Arte y Cultura”… a ellos hay que añadir dos entrevistas (1970, 1972) El texto va convenientemente acompañado de una introducción del traductor y una biografía.

Este libro constituye una excelente manera de entrar en contacto con el pensamiento de un autor cuya lectura resulta obligada por la riqueza y sutileza de sus análisis si queremos comprender algo tan confuso como lo ha sido el siglo XX. Siglo en el que, no lo dudemos, continuamos.

Reseñaré el libro en dos o tres entregas. Comenzaré por la primera parte y no seguiré un modo convencional de aproximación a los textos; trataré en cambio de aplicar desde el principio afirmaciones capitales que hace al autor a situaciones relacionadas con nuestra vida política actual. La nuestra, la española. Esto nos permitirá contextualizar el pensamiento de Evola, hijo de su tiempo como los somos todos, y al mismo tiempo resaltar la relevancia de su enseñanza para épocas como la que vivimos. Más alejada de lo que puedan aparentar cronologías periodísticas vulgares. España e Italia, a pesar de las apariencias, están más distantes de lo que los encorsetados por el europeísmo, lo hay «perenne» y contingente (el que sufrimos), quisieran reconocer.

Los primeros 22 artículos abarcan desde 1953 a 1973. Están pues circunscritos al periodo de posguerra; el último, cercano al fallecimiento del autor. Evola, que conoció las revueltas del sesenta y ocho, vivió solo en sus inicios los “años del plomo”; finales de los sesenta hasta 1980. Años que culminaron con el secuestro y asesinato del primer ministro de su país: Aldo Moro (1916-1978) Sin duda hubiera considerado este oscuro magnicidio desde ángulos originales y esclarecedores.

Italia cambió mucho durante la vida de Evola, como lo hizo España; ambos países se desplazaban por lineas históricas propias muy distintas, aunque no disjuntas u opuestas. Sé que a los doctrinarios más básicos, los hay en la izquierda y la derecha, estas llamadas a considerar los detalles históricos les resultan antipáticas pero el conocimiento exige reflexión, trabajo personal y uso de la propia imaginación. Para afirmar cosas como hacen los loros, ya están los loros…afortunadamente a buen recaudo en sus jaulas. Y los loros sólo leen, cuando leen, periódicos o folletos doctrinarios.

Todos y cada uno de los artículos acá recogidos nacen de la experiencia vital de un escritor que había vivido ya, en 1953, los acontecimientos más decisivos de su vida. En estas aportaciones pues, procedentes de distintas publicaciones periódicas de su tiempo, se destila la sabiduría política de quien ha estado en varios frentes, no sólo bélicos, ha sobrevivido a numerosas vicisitudes y ha aprendido lo suficiente para poder enseñar.

Julius Evola nació y murió en Roma: realizó estudios de ingeniería en su juventud, formó parte activa como pintor de los movimientos de vanguardia artísticos de su tiempo y estuvo en Artillería, aunque no llegó a combatir, durante la Gran Guerra donde Italia formó parte de la Entente contra los Imperios Centrales. En 1945 resultó herido durante un bombardeo sobre Viena, ya en la segunda etapa de lo que algunos han considerado una “guerra civil europea”, perdiendo la movilidad como consecuencia de una lesión en la médula espinal; teniendo que pasar el resto de su vida en una silla de ruedas. En 1951 fue procesado y exonerado por formar parte supuestamente de asociaciones fascistas. No fue barón, como se afirma por ahí.

Una Derecha verdadera sin una Monarquía resulta privada de su centro natural de gravitación y de la esencial fuerza formadora y animadora. Este principio metapolítico cobra en la actualidad inmediata española una verosimilitud y trascendencia innegables. Bastante más que en Italia, como veremos más adelante, dado que la institución monárquica está mucho mejor asentada entre nosotros que entre nuestros vecinos. Recientemente hemos sido testigos de un conflicto, manifestado como una serie de vistosas rupturas del protocolo, entre nuestro Monarca y el Presidente del Gobierno. Este ultimo busca sin duda desbaratar, mediante continuas maniobras, la Autoridad de quien ejerce dentro de nuestro marco constitucional la magistratura de Jefe del Estado. Las inclinaciones republicanas de determinadas agrupaciones políticas están siendo revitalizadas desde hace un par de décadas, encontrando una resistencia débil e intermitente en las fuerzas que en España encarnan lo que podemos llamar “la Derecha”. Evola, en la misma cita que he seleccionado, distingue entre la derecha verdadera y la derecha económica: blanco fácil y cómodo pretexto de las fuerzas subversivas.

Pero también es preciso señalar las diferencias. La Italia de los tiempos de Evola (y la actual) surge en el siglo XIX, en su segunda mitad, y nace como resultado de un proceso nada pacífico de unificación en el cual jugará un papel decisivo la Casa de Saboya que gobernaba el reino de Piamonte-Cerdeña. En 1861 se proclama el Reino de Italia con Victor Manuel II (1820-1878), en 1870 entra en Roma el Ejército italiano y se traslada la capital a esta milenaria ciudad desde Florencia. En España entre 1833 y 1868 reinó Isabel II (1830-1904) durante cuyo largo reinado, una parte destacada bajo la Regencia de su madre, se iniciaron una serie de guerras de naturaleza dinástica con otros pretendientes a la Corona: las que conocemos como “guerras carlistas”. Dos de las tres que tuvieron lugar se dieron en esta época, que terminó con su destronamiento y exilio. Isabel II era hija de Fernando VII (1784-1833) y de María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (1806-1878). Y es que es conveniente recordar a los lectores españoles que España gobernó gran parte de Italia hasta mediados del siglo XIX; sea a través del Reino de Aragón, desde el siglo XV, o ya en el XVIII con Carlos III (1716-1788) y monarcas asociados por lazos dinásticos. La realidad pues es que la nación italiana se forja en el siglo XIX, en su génesis participó activamente la francmasonería, y en gran medida es una construcción artificial que no viene respaldada por siglos de gobierno autónomo; como sí ocurre con España que nace como nación luchando contra Napoleón (1769-1821) pero que a la vez tiene siglos de respaldo anteriores en los que nuestra península y numerosos aledaños mediterráneos, más tarde también ultra oceánicos, vivían bajo un gobierno monárquico consolidado. Quizá el mayor Imperio que haya existido en tiempo histórico.

La República italiana se proclama tras la derrota de las fuerzas del Eje en un referéndum discutible donde se renuncia a la Monarquía; como discutible fuera, desde un punto de vista geopolítico pragmático, la participación de Italia en la segunda guerra mundial junto a los tudescos. A partir pues de 1946 se configura un régimen democrático caracterizado por la inestabilidad que conocerá, justo en los últimos años de la vida de Evola, momentos de gran crispación política y social.

Sin embargo, mirando hacia atrás con mucha más perspectiva, la que dan 48 años tras la muerte de quien nos ocupamos, nos encontramos hoy con una situación muy distinta; lo que no quiere decir sea mejor. En la actualidad, tanto Italia como España son naciones sometidas al dominio de la Europa Unida: una construcción política peculiar que compite con potencias como China comunista o los Estados Unidos, incluso con una Rusia que ha hecho suyo un proyecto “eurasiático” difícilmente imaginable en tiempos de nuestro autor. Un “gran espacio” en sentido schmittiano, esta “nueva Europa”, gestionado por algo cada vez más similar en sus formas y estructura organizativa a la antigua URSS.

Sintetizando: la idea monárquica ausente en Italia casi por completo o muy debilitada, no sólo por razones de actualidad sino por raigambre histórica que sólo cobra existencia con el paso de las generaciones, es una realidad en España. Ciertamente en conflicto con la idea republicana surgida con la revolución francesa triunfante y sus desarrollos y transformaciones locales posteriores ocurridas en el siglo XX.

No voy a entrar aquí en la mejor o peor adecuación de los representantes que encarnan nuestra Monarquía en la actualidad porque no es el asunto a tratar. En España, durante el siglo XIX, fue destronada la Reina (1868) y se proclamó años después una República de escasa duración (1873-1874) y nulo arraigo; incluso se intentó cambiar poco antes la dinastía reinante. Amadeo de Saboya (1845-1890) era: ¡un Saboya! España era por entonces un país políticamente similar a los países “sudamericanos” de su tiempo, pero con una gran diferencia: continuaba siendo una Monarquía.

Volviendo a Evola: recalcar sus ideas radicalmente antiburguesas y su defensa de lo que él consideraba su antítesis: una Monarquía Tradicional basada en una idea verdadera de autoridad y soberanía. Destacar que España forjó su condición de nación moderna luchando contra las mismas fuerzas (la Francia napoleónica) que posibilitaron con sus acciones que Italia dejase de estar bajo la soberanía de la Monarquía española o sus asociados dinásticos. Terminar con el gobierno de los Borbones en Italia abrió el camino a la República, tras una etapa de Monarquía constitucional. Estos son los hechos. En cuanto al fascismo: en ningún momento fue otra cosa que un decorado cinematográfico que difícilmente cumplió con los ideales de “movilización total” que animaron toda esta etapa civilizacional europea que abarca el ultimo tercio del siglo XIX y el primero del XX.

El colapso de la Europa aristocrática y monárquica, cuyo disparo de salida lo dio la revolución francesa, no fue solo fruto de las acciones e inhibiciones de los implicados, muchas veces subsumidas en las actividades de lo que denomina Evola: «fuerzas ocultas». La Restauración de Metternich (1773-1859) frenó el proceso. Tampoco fue producto de un determinismo generado por la acción de totalidades sociales y económicas dialécticamente perceptibles para iluminados de uno u otro signo; fue más bien parte de un proceso de descomposición natural, articulable no sólo desde vectores normativos, que abarcó con altibajos, aceleraciones y ralentizaciones, varios siglos.

Cuando Evola habla de la supresión de la Orden Templaria por el Papa y el Rey de Francia, coincidimos en la significación simbólica de esta conjetura: el colofón del enfrentamiento que animó una parte de la mal llamada Edad Media, donde compitieron Imperio (gibelinos) y papado (güelfos) por las lealtades de individuos y grupos. Algo a lo que calificar también como “guerra civil», o si se prefiere: conflicto entre sociedades secretas, no parece en modo alguna inadecuado.

Las democracias en la actualidad, hijas solo en parte de la revolución francesa, y devenidas partitocracias, experimentan en nuestro tiempo un grave proceso de decadencia; las democracias y otras formas de gobierno. Aunque las clases dirigentes lo que ven es la oportunidad para instaurar un estado corporativo de matiz tecnotrónico, sustancialmente inorgánico. En cierto modo la inversión de la idea evoliana.Todo el siglo XX refleja el nacimiento, establecimiento y disolución de estructuras de gobierno vinculadas a los ideales democráticos radicales surgidos y desarrollados durante el siglo XIX. El Manifiesto Comunista tiene fecha: 1848, como tiene fecha la revolución rusa que dio al traste con el zarismo (1917) Revolución cuyo desarrollo final sólo se hizo posible por la intervención de la Alemania Imperial que facilitó la llegada al poder de la facción compuesta por “revolucionarios profesionales” para mejor quitarse de encima uno de sus dos frentes bélicos.

Donoso Cortés (1809-1853) hablaba ya en 1849 de la Dictadura como remedio a los procesos revolucionarios desestabilizadores de su tiempo; Evola le consagra varias paginas en un apartado guiado por la lectura schmittiana de este autor pacense. Este filósofo político que ejerció tareas de parlamentario y diplomático veía desde la experiencia de su tiempo, España aun no había conocido el desastre del 98, que la clave de bóveda de los procesos políticos y sociales se encontraba en la confrontación entre Autoridad y Anarquía. Pero el impacto de la pérdida de nuestro “pequeño Imperio”, en confrontación bélica abierta con los Estados Unidos, generó en la psique y sensibilidad colectiva de nuestras clases dirigentes, un síndrome del cual en gran medida aun no se han recuperado.

Las deficiencias del constitucionalismo parlamentario se hacían palmarias en diversos países europeos. Pero este funcionaba bastante bien, aunque Evola no hable de ello, en lugares como Inglaterra. En los Estados Unidos, organizados como una república que cumplía con las exigencias de la democracia representativa, el país se iba transformando paulatinamente en una primera potencia mundial. La “gran hora de Rusia”, de la que hablaba Donoso y décadas después Rudolf Steiner (1861-1925), se manifestó con la implantación en sus extensos territorios del comunismo soviético. Todo ello en el marco de una guerra donde se pusieron de manifiesto las “excelencias” de la movilización general, practicada “pacíficamente” durante parte del siglo XIX en el marco del desarrollo de una civilización industrial y mecánica.

Entre las ideas más interesantes que maneja el autor romano, en este apartado consagrado a política y Metapolítica, está la de Quinto estado; aunque también son fecundas sus aseveraciones sobre el sentido último de la obra de Nietzsche (1844-1900). La consideración, bastante lúcida, sobre la decadencia y la necesidad de articular la sociedad desde la desigualdad y la jerarquía, propone un imprescindible telón de fondo para comprender los nuevos fenómenos.

El acceso del Tercer estado al poder, la burguesía, constituye la piedra de toque de la revolución francesa. Curiosamente su formulación teórica fue provista por un clérigo católico. La revolución rusa presuntamente ejerció el poder en nombre del Cuarto estado, el proletariado. Evola sin embargo prosigue este vector de análisis yendo más lejos y nos habla de un libro publicado en alemán en 1931, obra de un tal Heinrich Berl (1896-1953), titulado significativamente: El advenimiento del quinto estado. Berl fue un destacado musicólogo con claras simpatías por el sionismo e interesado en Rudolf Steiner. El libro al que se refiere Evola es un texto consagrado a la sociología de la criminalidad. El autor está hablando del crimen organizado y de su ascenso en la sociedad de su tiempo, contemporáneo de un proceso de regresión y decadencia aparentemente irreversibles. Berl percibe ya este Quinto estado en el comunismo soviético. Lo inhumano y lo sádico conducen a la disgregación de la personalidad y a convertir los seres humanos en fantoches sin voluntad, seres completamente robotizados. Citamos a Evola:

La característica sobresaliente, en este sentido, sería el hecho de que ya no existen formas esporádicas, sino elementos de un sistema controlado por las fuerzas de una especie de subsuelo humano, y el pronóstico catastrófico sería que, como los demás “estados”, también el Quinto estado crea un mundo correspondiente, que señalaría el final de un ciclo.

La circunstancia convocada por las medidas draconianas contra el Covid, ejercidas en nombre de la medicina científica, contiene resonancias profundas de este proceso involutivo y sus consecuencias.

Con relación a Nietzsche advierte de la ambivalencia de su mensaje con relación al nihilismo europeo que denuncia. Hoy esta sospecha evoliana se verifica en la época del “cambio climático” y la prevalencia académica del pensamiento postmoderno; su “fidelidad a la Tierra” tiene inquietantes resonancias en este entorno. La noción del superhombre, imbuida en gran medida por las concepciones evolucionistas darwinianas, constituye para Evola una peligrosa distorsión de un ideal superior. En la actualidad podemos señalar que la adopción de determinadas ideas del filosofo sajón, moduladas por la agenda igualitaria postmoderna, abren la puerta a lo que se ha denominado “posthumanismo”: una constelación antropológica marcadamente infrahumana. Nietzsche, acomodado a determinadas agendas, resultaría uno de los componentes básicos de lo que ha sido dado llamar “transhumanismo”.

En el extremo terminal del Kali Yuga y con ello en el umbral del cambio de ciclo: el “Katechon” deviene Anticristo. Las fuerzas disolutivas camparán por sus respetos en un tiempo muerto hasta la llegada de Kalki, el décimo avatar de Visnú. Mantener un núcleo antiplebeyo y contrarrevolucionario, en un contexto desacralizado de usurpación telúrica generalizada, concretizada en Distopía, es la tarea de nuestro tiempo. Sin duda un trabajo personal de naturaleza principalmente interior.

Disforia Mundial pues como ambiente que se despliega, convergente a la fusión del Último hombre con lo artificial daimónico, y consecuente apoteosis morlockiana y chandala que aguarda su inevitable erradicación; del mismo modo que in illo tempore Marduk extirpara a Kingu y Tiamat.

Gorjeo de estrellas veloces y emersión anticósmica de titanes abisales, residentes en arcaicos encapsulamientos de tiempo-espacio…sin obviar con ello el cáncer marxista galvanizado por los grandes consorcios financieros y de comunicación que cuentan con el comunismo chino como activo. Un mundo donde paradójicamente el “creer, obedecer y combatir” forma piña con el “no tendrás nada y serás feliz”; una misma imagen del abismo sin rostro, tras el que se enmascara el adversario…Ariman.

En esta hora resulta conveniente no confundir las visiones de lo Alto con simulacros de inoculación hologramática procedentes del altillo…