Pequeño Gran Hombre

Pequeño Gran Hombre

31 de enero de 2022 0 Por Ángulo_muerto
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Joaquín Albaicín

Pocas novelas tan idóneas para estos tiempos de confinamientos recurrentes como Pequeño Gran Hombre, de Thomas Berger, incorporada por Valdemar a su colección Frontera. Y no sólo por su amenidad y número de páginas, ideal para dar juego en sucesivas oleadas pandémicas, sino por constituir, con independencia de su temática y género particulares, una magnífica manifestación del arte de contar historias. Se basa en la supuesta narración de sus aventuras entre los pieles rojas y los rostros pálidos por Jack Crabb, a quien Dustin Hoffmann bordó en el cine y superviviente del Séptimo de Caballería en la batalla de Little Big Horn. Es un superviviente apócrifo, claro, pues todos sabemos desde niños que el único del Séptimo en salir vivo fue Tonka, el caballo del capitán Keogh sobre el que Walt Disney produjo una película. Y ahora, gracias a la novela, nos ponemos al tanto de que Keogh, antes de servir bajo las órdenes de Custer, había formado parte de la Guardia Suiza vaticana.

El confinamiento y su morriña suministran, en efecto, un pasaje de tiempo ideal para, por ejemplo, enterarte de que, si una serpiente de cascabel se acerca hacia tu lecho, no hay mejor modo de ahuyentarla que imitar con los brazos el aleteo del águila. O para estar alerta cuando, si tienes con quien jugar al póquer, lleves dobles parejas de ases y ochos, pues esa es la llamada mano del muerto por ser la sostenida entre los dedos por Wild Bill Hickok en su última partida. O de que, si quieres que un cheyenne, es decir, un Ser Humano te entienda cuando hables del mes de julio, has de referirte a este como La Luna Cuando los Búfalos Se Aparean. O de que un buen marido cheyenne se abstiene del sexo antes de ir a la guerra, fiesta siempre de guardar.

La principal enseñanza de esta novela cargada de fino e inteligentísimo humor, sin embargo, es la de que la civilización occidental no es más que un gigantesco timo del tocomocho planeado a escala planetaria. No hay más que comparar la genialidad y dignidad de Vieja Tienda con la egolatría y, a la postre, absoluta estolidez de Custer, dos caracteres opuestos aunque ambos paseen por el campo de batalla sin ser alcanzados por las balas o las flechas contra ellos dirigidas.

-No importa lo que hagamos, los hombres blancos nos engañan -explica Vieja Tienda-. Si intentamos cazar el búfalo, espantarán a las piezas. Si luchamos, no harán la guerra como se debe.

Un desastre, en efecto. Nos supone, por ello, motivo de congratulación que Custer se llevara su merecido en aquel combate sobre el que encontramos varios testimonios de participantes en él en las distintas ediciones a mano del lector de Alce Negro habla, de John Neihardt.

Thomas Berger lleva hasta el butacón de lectura del confinado, además, como ya hemos apuntado y como parece propio de una historia con tanto de novela picaresca, un acerado sentido del humor con el que desmitifica y destripa sin contemplaciones, pero con gran elegancia, las fatuas vanidades y quítame allá esas pajas tanto de indios como de blancos. Es de agradecer, por supuesto, que incline sutilmente, pero sin ambages ni pijeces la balanza en favor de los primeros, pues, como recuerda Vieja Tienda:

-Obviamente, no todo el mundo puede ser un Ser Humano. Para que esto sea así, tiene que haber muchos pueblos inferiores. Según yo lo entiendo, esa es la función del hombre blanco en el mundo. Por tanto, debemos sobrevivir, porque sin nosotros el mundo no tendría sentido.

Amén.