Su Nueva York

Su Nueva York

febrero 27, 2021 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

 

  La introducción en el Nueva York de Djuna Barnes exige una previa gimnasia mental, has de ponerte en situación, porque el de 1913-1919 no es todavía el Nueva York de los años 20, que a todos se nos antoja familiar por ser el escenario de los brindis, exequias y visitas al sastre de los gangsters. Tampoco el de los 30 y 40 por el que Neville, Jardiel y Conchita Montenegro pasaban camino de Hollywood y cuyos cines anunciaban a Clark Gable, Hedy Lamarr, Spencer Tracy y Ginger Rogers.

  Eso no significa que la Gran Manzana no fuera ya un excelente espacio urbano para salir de copas. A los cócteles, de hecho, dedica Djuna Barnes un capítulo en su libro Mi Nueva York. 1913-1919, compilación de reportajes publicada por Elba sobre la vida en aquellos años en la Meca del capitalismo. Inevitable pensar en los combinados de Perico Chicote, que abrió un bar muy neoyorquino en la Gran vía de Madrid, muy cerca del Bakanik, que funcionaba en la misma línea en un tiempo en que César González Ruano era -dicho sea con todos los respetos- un poco la Djuna Barnes de Madrid. El célebre barman dedicó en 1936 un cóctel a Carmen Amaya (jarabe de granadina, curasao rojo, vermouth y courvisier) y otro a Domingo Ortega (marrasquino, Benedictino y ginebra, más una guinda), los dos con pedacitos de hielo, que creo que habrían triunfado en Nueva York como triunfaron en la Gran Vía, y en los labios de Djuna Barnes como en los de Lupe Sino, si es que en vísperas de la guerra civil el amor de Manolete se asomaba ya por Chicote.

  En esos tiempos en que la autora de El bosque de la noche aún no había partido a seguir la bohemia en París y Berlín y tomaba copas en Nueva York, no sólo esa ciudad, sino todas las demás y todos los pueblos de Estados Unidos eran normales: se ponía un pie en la calle y había un bar, una tienda, un restaurante… Nada que ver con los Estados Unidos de la actualidad, donde sólo se sale de casa para conducir unos cuantos kilómetros hasta un centro comercial donde, además, no te van a servir copas. Claro que ahora, en Berlín y otras ciudades europeas está de moda asistir a fiestas donde se alterna no con refrescos sin más, sino con imitaciones de distintas bebidas alcohólicas que tienen la propiedad de que no te emborrachan. Algo así como si te preguntaran que por qué no compras, en vez de un coche, una imitación de un coche, además con la ventaja de que no sólo tiene todo lo que tiene un coche sino que, encima, no anda y no puedes ir con él a ningún sitio, con lo que estás a salvo de que puedas saltarte un semáforo y ser objeto de una multa. En fin, el novamás.

  En Mi Nueva York. 1913-1919 dedica Djuna Barnes también sendos artículos al gorila del zoo de Nueva York y a la asistencia de mujeres a las veladas de boxeo. ¡Cuadriláteros y casas de fieras! Queremos evocar la de Madrid, aquella romántica Casa de Fieras del Buen Retiro, la alegría de cuyas banderas celebró en verso volver a ver Valle Inclán, esa desde la que llegaba hasta el balcón de la casa de -otra vez- González Ruano “el sonido tropical y extraño” de sus inquilinos… Ahora se plantea que las casas de fieras sean vaciadas de animales y se imparta en ellas cursillos sobre perspectiva de género, que es un asunto muy de jirafas y de focas y sobre el que la Djuna Barnes etiquetada como feminista dudo que tuviera nada que decir, como tampoco nada de qué conversar -ni ganas- con las lumbreras actuales de tan sobada temática. En cuanto al boxeo, publicar en la prensa reseñas de los combates está hoy aquí no sé si expresamente prohibido, así que Djuna sería señalada como sospechosa de falta de perspectiva (o de poseer una perspectiva demasiado caballera).

  Esta crónica fina, con aroma a colonia y que nos envuelve con las tibias sensaciones de una metrópolis apacible y casi como de andar por casa, nos lleva de paseo por unas aceras donde “no encontraremos americanos por ninguna parte”, pues son las de “la única ciudad donde es difícil dar con un americano típico”. Claro que se refiere más bien al Greenwich Village, donde Djuna Barnes vivía entonces y volvió después, hábitat en aquellos años de gente -pintores, dramaturgos y hombres de letras en general- de levantarse a eso de las cuatro de la tarde e ir a echar el rato a los equivalentes neoyorquinos de La Rotonde parisina, que contaban incluso con sus impresionistas, o el Lyon d´Or madrileño… aunque no, este no es buen ejemplo, porque en el Lyon d´Or se juntaban contertulios -José María de Cossío, Zuloaga, Belmonte, Gerardo Diego, Edgar Neville…- mayormente de buena posición. Un enclave, en fin, donde, pese a que “la mayor parte de Nueva York está tan carente de alma como un almacén”, destiló entonces “hombres y mujeres con un nuevo brillo en los ojos, y en la sienes el halo de un esplendor nunca visto”. Y donde, como en casi todas partes, brillaba más la paja que el trigo, porque ”la paja es más ligera, vuela más y más arriba y gira y brilla bajo el sol, bailando … una danza que desvía la mirada del grano”.

  Ahora, ni paja ni grano. Y en sus calles ni un americano, por supuesto, pero tampoco un español, un turco o un indonesio. Ignoro si cuando estas líneas vean la luz ya se podrá uno cruzar con alguno, aunque se barrunta negro lo de volver a paladear un cóctel, porque el mensaje transmitido por los poderes mediáticos es el de que la mejor copa es que la se toma en soledad, el mejor teatro el que no cubre el aforo y el mejor amor el vivido bajo los parámetros de la “nueva normalidad”, es decir, a varios metros de distancia. No sé cómo reaccionaría a esas directrices Djuna Barnes. Por supuesto que yo, no obstante la lea siempre con placer, no pienso hacer ni el más remoto caso.