Imaginemos

Imaginemos

diciembre 13, 2020 0 Por Ángulo_muerto
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Joaquín Albaicín

  Quizá por el hecho de que pocos curas saben torear, la inmensa mayoría de ellos no templa ni corre la mano con soltura en teología y, además, lidia tan mal con el pecado como el más perdido de los laicos de filas. Se salvan escasas individualidades, tal que el padre Valiente, actual párroco de Aliseda y Herreruela, alumno de la escuela taurina de Badajoz y que está causando sensación en los tentaderos. A mí me parece que al cura que no torea… como que le falta algo. Ante todo, imaginación: esa imaginación creadora que habilita para navegar con tiento por las aguas intermedias entre lo espiritual y lo terrenal tan bien definidas por Henry Corbin en sus escritos sobre el mundus imaginalis. No es demasiado de extrañar, por cuanto, afanosa de perseguir el pensamiento hermético, la Iglesia se alió con el iluminismo racionalista para combatir la imaginación como vía sapiencial y, cuando quiso darse cuenta del error, se había convertido ya en una institución casi tan difusora del materialismo como Darwin. Si hará dos siglos que los curas no tienen ya presentes ni a Orígenes ni a Clemente de Alejandría, ¿cómo esperar que se inspiren en Urdiales, Cagancho o Esplá?

  Sobre ese pensamiento creativo cuya piel es la intuición versa El conocimiento perdido de la imaginación, de Gary Lachman, encuadernado por editorial tan comprometida con lo imaginal como Atalanta. En las páginas de este amenísimo libro, entremedias de sus reflexiones acerca de a qué férreos cepos y -parafraseando a Elémire Zolla– a qué mundo de significantes carentes de significado nos ha conducido la tiranía del pensamiento racionalista, cuenta Lachman, por ejemplo, la historia de Thomas Taylor, un caballero que llevaba una aburridísima vida de empleado de banca hasta que William Blake, sabedor de su extraordinario conocimiento del mundo de ideas de Orfeo, Platón, Proclo, Jámblico, Plotino y otros olvidados vates del viejo Mediterráneo, lo invitó una tarde de 1790 o por ahí a pronunciar una conferencia en casa de un afamado artista amigo suyo. Tras ser escuchado allí por el todo Londres, su vida pegó un cambio de rumbo que le permitió tomarse un respiro de los de verdad dedicándose, en adelante y gracias a sus admiradores, a escribir sobre los clásicos griegos y traducirlos, inspirando con su labor -nunca salida de círculos elitistas- a Blake o Keats. Un poco como yo, que salí una noche a tomar una copa en Morocco y, vía Rancapino, acabé participando en un disco de Camarón con Paco de Lucía y Miquel Barceló. Esas cosas ya no pasan.

  Antes de leer el libro de Lachman jamás había escuchado hablar de Thomas Taylor. Sí, claro, de Yeats, Coleridge, Shelley y demás poetas por él evocados que nunca han terminado de atraer mi atención, pues siempre he sido un muy ocasional lector de poesía. Pero aparecen en él otros nombres a quienes desde antiguo he seguido la pista a través de sus obras, como Henry Corbin, quien, como nos recuerda Lachman, se introdujo en la filosofía de la luz iraní a través de Étienne Gilson -su maestro en la Universidad de París- y de Massignon luego, y fue asiduo -con Eliade, Jung, Scholem…-de las reuniones del Círculo Eranos. O Inmanuel Swedenborg, el contertulio de los ángeles que tanto influyera en William Blake. O Paracelso. O Suhrawardi, que en el siglo XII -¡qué magnífica centuria, la del Preste Juan y el Grial!- dictaba lecciones sobre la cadena de adeptos que incluía a Hermes Trismegisto, Zoroastro, Pitágoras, Platón, Plotino…

 Y leo de repente aseverar a Lachman que no sabe la industria turística suiza cuánto debe a Petrarca, pues -¿acaso no lo aseveró un poeta romántico?- fue el amado de Laura el primero en la Historia en subir a la cima de un monte por el solo placer de disfrutar de las vistas, convirtiéndose así en el fundador del turismo rural. ¿Cambio de tono? No del todo. Destaco esta reflexión porque no sólo me gustan los autores que, al abordar temas serios, se permiten el recurso sin complejos a la ironía, sino por estar persuadido de que el pensamiento y la mirada -es la tesis de este libro- crean o, cuando menos, propician acontecimientos, pudiendo la fantasía, por su sola fuerza, cristalizar en hechos. Hace hincapié en ello Lachman recordando el consejo mágico: “No convoques aquello que no puedas someter”, así como la advertencia de Goethe: “Ten cuidado con lo que deseas de joven, porque lo obtendrás en la mitad de tu vida”. Y, ¿acaso no es cierto que, de algún modo, la gente mira hoy la montaña influida por cómo un día la miró Petrarca, por lo cual esa montaña y aquella otra no son ya, en cierto sentido, las mismas ni lo mismo que miraban quienes pasaban junto a ellas en el siglo VI d. C.?

  Es interesante constatar como gente prominente del rock o el pop, tal que Freddy Mercury o Cat Stevens y, ahora, este Gary Lachman que fuera bajista de Blondie, se han sentido llamados por el estudio de la sabiduría tradicional, procedencia que acaso explique ese sano desparpajo raramente detectado en las aproximaciones universitarias a la misma. Decía, hacia la mitad de este comentario del libro de Lachman, deudor en gran medida del Eros y magia en el Renacimiento de Culianu, que trata sobre “la degradación de lo imaginal en lo meramente imaginativo” y dedica jugosas líneas a las sincronicidades o coincidencias significativas, que cosas como la de salir a dar una vuelta y acabar haciendo planes con Camarón, Barceló y Paco ya no suceden. Pero, ¿por qué no ponerle remedio imaginándolas? Eso sí… Apreciemos en lo que vale la recomendación del mago y convoquemos sólo aquello que podamos controlar. ¡No nos pasemos!