QUÉ NOS SALVA…

QUÉ NOS SALVA…

8 de mayo de 2024 0 Por Ángulo_muerto
Spread the love

Lecturas totales 581 , Lecturas hoy 8 

JOAQUÍN ALBAICÍN

Hace ya años que escribí y publiqué en ABC un artículo sobre Apofis, el asteroide bautizado con el nombre del demonio que, para los antiguos egipcios, trata cada noche de hundir la barca solar de Ra, destruyendo así la Creación. El artículo desató tal pánico en la poco concurrida redacción nocturna y entre los trasnochadores que adquirieron el diario en el quiosco de la Puerta del Sol que fue levantado en la segunda edición para intentar evitar que fuese leído por la población de Madrid y me convirtiera yo, su autor, en un nuevo Orson Welles. Pero, a fin de refrescar la memoria, lo rescaté tiempo después para las páginas de la revista -ultraminoritaria y, por tanto, sin peligro alguno- Letra y Espíritu.

Ahora vuelve la entidad demoníaca, no el asteroide, a ser actualidad al saltar a los rotativos la noticia del hallazgo en un templo cerca de Luxor de una momia enterrada con las pertinentes medidas de seguridad para evitar su retorno nocturno al mundo de los vivos, así como de, muy cerca, fragmentos de papiro con un ritual para contener la acción de Apofis… en un momento en que, aunque el Bulletin of the Atomic Scientists lo oculte, como quiso ABC sepultar mi artículo, la insensatez y vesania de Netanyahu deben haber ya desplazado las agujas del Reloj del Fin del Mundo hasta el punto que marca la falta de apenas dos o tres segundos -en enero estábamos a sólo noventa- para la destrucción del planeta por el hombre… Eso si es que, mientras yo creo estar ahora escribiendo estas líneas, no ha acontecido ya nuestra autoaniquilación sin que el hecho de que nos hayamos o no dado cuenta revista la menor importancia.

Frente a tan catastrófica eventualidad, ¿qué nos salva? Pues nos salva el recuerdo de aquella madrugada cuando, a eso de las cuatro y media, Albino Luciani abandonó su cama y sus aposentos y salió a pasear sin decir nada a nadie y, olvidando que el Papa no puede abandonar el Vaticano sin escolta ni sin avisar antes a las autoridades del país al que accede, puso el pie en territorio romano, estando a punto de desencadenar una crisis diplomática con Italia… y no pasó nada.

¡Y es que no pasa nada! ¡Nos salvan muchas cosas! Nos salva, destruido o no el mundo, entrar en Youtube y recordar que, con unas ollas y cafeteras de latón atadas al tobillo, podemos ascender a la montaña sagrada del Valle de los Dioses navajo y dejarla preñada. A la montaña, sí. O hacer un alto en la escalada para reencontrarnos con Peter Ustinov entrevistado a fondo por Soler Serrano. ¿Cómo es, se pregunta Anushka Shankar en una de sus redes sociales, que no nos acordemos de lo que alguien nos dijo hace cinco minutos y, en cambio, podamos sentarnos al piano y tocar sin equivocarnos una melodía aprendida hace treinta años? Esta reflexión también nos salva de Apofis y sus secuaces.

Y nos salva, por inspirador, el silencio en que, más allá de donde soplan los vientos estelares, se ha sumido la Voyager 1 tras cuarenta y siete años de fiel servicio a la NASA. Nos inspira el vertical ralentí del muletazo de Uceda Leal. Nos inspira imaginar cómo habría podido versionar Miles Davis La Pantera Rosa de Henry Mancini. Nos inspira evocar aquel acerado cruce de miradas entre Wojtyila y Jaruzelski durante la visita pontifical a la Polonia roja para encontrarse casi en secreto con Walesa a la vera de aquella remota ermita. Nos inspira seguir en la prensa italiana las reflexiones de Pino Nicotri en torno a la desaparición de Emanuela Orlandi. Nos inspira abrir un Diez Minutos de 1979 y constatar no sólo que, de oreja a oreja la sonrisa, Cristina Onassis sigue navegando por las aguas azul marino que bañan Skorpios con su marido del KGB, sino también que entonces abría las revistas frívolas un artículo de Cela, y encontrarnos en sus páginas a un joven Carlos de Inglaterra, en aquel momento Príncipe, sumergiéndose para participar en la exploración de un navío hundido por los franceses, cerca de Portsmouth, en tiempos de Enrique VIII. ¡Silencio, el del barco, que sentimos hoy fundido en uno con el de la Voyager!

Nos inspira y salva proseguir reflexionando sobre las consecuencias del Concilio de Nicea. Nos inspira la certeza de que las alocuciones grabadas por Carter, Kurt Waldheim o distintos Papas con destino a los oídos de eventuales embajadores alienígenas seguirán surcando el espacio profundo sin ser jamás escuchadas por los mismos. Nos inspira releer los cuentos extraños de Turgueniev, así como El caso singular de un tal Cedric Van Allen, ingeniero civil de África del Norte, que compró el tercer buda, capítulo cuarto de Los cinco budas de plata de Harry Stephen Keeler, que nos mandan a todos los demás escritores a los albañiles. Nos inspira saber, gracias a Aubrey De Grey o la doctora María Blasco, que la muerte de la senectud y la renovación de la lozanía física no constituye una barrera científica, sino sólo mental. Y que, separándola de la basura transhumanista y el satanismo infantiloide de los corifantes advenedizos que, desde los aledaños pseudocientíficos, pugnan por subirse a su dorado carro, su cruzada antienvejecimiento es perfectamente compatible con la batalla por la salvación del alma y la búsqueda del Grial. ¡Da igual que el mundo, quizá, haya ya desaparecido! ¡La partida prosigue!

¡Aquí seguimos, sí! Y, como proclama De Grey… ¡Vivamos para siempre o muramos en el intento!