PIELES ROJAS Y REYES DE ORIENTE

PIELES ROJAS Y REYES DE ORIENTE

3 de enero de 2024 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

La infancia es el garfio del pirata y la varita del hada madrina. Pero también es el Tonka cabalgado por Sal Mineo e inmortalizado por Disney, y la nariz aguileña de un indio asomando -enhiesta la pluma de águila- por entre la floresta, sus mocasines diestros en que no crujan las ramas por ellos pisadas y sus cabellos aromados por el humo fragante del calumet. Los pieles rojas son la niñez porque del horizonte de nuestra vida cotidiana no los eliminaron sólo las balas y el agua de fuego de los rostros pálidos. También lo hizo la edad, los años que sin pausa vamos cumpliendo los lectores de las novelas y tebeos de que son protagonistas. El piel roja es nuestra infancia, el último mohicano encarnación de las emociones prístinas, inoculadas por el amor a la aventura y propias de aquel mundo de Reyes Magos, chocolatinas y carreras de chapas del que fuimos expulsados para, desde entonces, haber de lidiar con los sinsabores del mundo adulto.

El piel roja es inseparable de la Noche de Reyes. El madelman jefe de guerra, su canoa, su poni, el madelman explorador apache, la princesa india, Cochise, los arqueros en pos del bisonte y victoriosos sobre Custer que venían en la caja del fuerte de madera de Comansi, los álbumes del teniente Blueberry, Mc Coy o Manos Kelly, los cazadores de cabelleras de Salgari o Karl May en Joyas Literarias Juveniles… Ahora, cuando quienes nunca fuimos nostálgicos nos sentimos cada dos por tres tentados por el anhelo de regresar a aquellos verdes años, nos queda la colección Frontera de Valdemar.

Casi treinta títulos lleva ya este equipo editorial distribuidos sobre un mapa literario español por cuyas planicies, valles y montañas resulta ya absurdo a los escritores vivos montar a caballo a pelo o tratar de capturar castores con cuya piel hacernos un gorro, pues hace tiempo que dejó de prometer aventura, tierra de promisión o carrera del oro a los Mountain Men que se apresten a adentrarse en él. En plan de aficionado sí, por supuesto, y los más recientes volúmenes de Frontera, idóneos para ser portados en sus alforjas por los Reyes de Oriente, que los servirán con diligencia a cuantos niños grandes se los pidan por carta, son Mujer Búfalo de Dorothy M. Parker y Muros de adobe, de W. R. Burnett.

El primero, salido de la brillante pluma de la autora del relato del que naciera Un hombre llamado Caballo, es un diorama animado o un documental educativo sobre la vida sioux previa al triunfo final de los casacas azules y el confinamiento en las reservas de un pueblo siempre regido por el poder de los sueños y las visiones sagradas. El segundo, centrado en la última campaña del ejército contra los apaches, inspiró la película Hoguera de odios. Toda mi generación o, al menos, lo mejor de ella ha visto esas películas y sabe que los sioux bailan la Danza del Sol y que los apaches se dividen en chiricaua, mescaleros, coyoteros, tonto, montaña blanca, jicarillas, lipanes, mimbreños… ¡Ah, los sioux! También toda mi generación o, al menos, lo mejor de ella poseyó en la infancia tras pedirlo a los Reyes un tipi que en verdad nos parecía levantado con pieles de bisonte cosidas entre sí con un colmillo de puma.

Burnett pensaba que los apaches: “Probablemente fueron los más grandes guerreros que jamás se hayan visto en el mundo”. Tal vez tuviese razón. De hecho, uno de los personajes de la novela se dice convencido de que se trataba de mongoles llegados siglos ha y a través del Estrecho de Bering a América, hijos, pues, de la misma cepa que los jinetes de Chingiz Khan… Como al final el Reino que más y mejor ha resistido los embates del Tiempo ha sido el de Melchor, Gaspar y Baltasar, no teníamos más remedio que acordarnos de ellos, extremófilos casi sin parangón en lo suyo, en estas vísperas del día en que todos quisiéramos volver a ser niños, es decir, pieles rojas…