FANTASMAS Y FANTASMAS

FANTASMAS Y FANTASMAS

30 de mayo de 2023 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

  No sabría decir cuándo surgió la percepción literaria y casi arquetípica del fantasma como aparición precedida por un estridente arrastre de cadenas, cubierta por una sábana y con una pesadísima bola de hierro aherrojada al tobillo. ¿Fue Wilde en 1887 y en El fantasma de Canterville, que leí y releí de niño en su adaptación al cómic para la revista Trinca? El fantasma de Wilde ya usa cadenas, pero no sábana, que, sin embargo, sí emplean los niños del castillo para asustarle a él haciéndose pasar por fantasmas.

  Lo de las cadenas, símbolo desde siempre de las cuentas pendientes dejadas atrás por el difunto atrapado por ello entre dos aguas, pues le impedirían remontar el vuelo hacia espacios más etéreos, se atribuye, me informo, a Plinio El Joven. En cuanto al complemento de la sábana, se dice que viene de la Edad Media, cuando se reparó en que lo más lógico sería que los muertos salieran de sus tumbas portando la indumentaria con que en ellas fueron depositados.

  En las historias brotadas de la pluma de los grandes autores que apuntalaron las piedras fundacionales del género gótico los fantasmas comparecen ante los vivos sin que éstos los sepan difuntos y vestidos tal y como lo harían en un día corriente de su existencia terrena. Es el caso en los relatos sobre espectros debidos a Daniel Defoe e incluidos por Valdemar en Cuentos de crímenes, fantasmas y piratas. Y también en los de Amelia B. Edwards agrupados por Alba Editorial bajo el título de El carruaje fantasma y otros cuentos góticos.

  Uno de los cautivadores relatos de la segunda se entremezcla con los del género de piratas. Transcurre a bordo de la goleta Mary-Jane, zarpada de Bristol el 26 de octubre de 1760, cuyo capitán se ve forzado a pasar un tiempo de problemática datación sobreviviendo -con ciertas comodidades, todo sea dicho- como el Robinson Crusoe de Defoe en unas islas deshabitadas que, pese a facilitársenos -¡un detalle!- sus coordenadas e incluso su mapa, son básicamente producto e hijas de cierta niebla. Hasta hace muy poco se creía en general en salvaciones masivas y soluciones de conjunto. Hoy ya queda más que claro que el único escape posible es de orden individual o, a lo sumo, familiar, por lo que resulta imprescindible atarse los machos y aprestarse a emular a Robinson, dotarnos -cuanto antes y de espaldas al qué dirán- de nuestra isla fantasma propia, a salvo de gentuzas y de censos y limpia de cepos ideológicos y asistentes virtuales.

  Y es que ya los antiguos consideraban a los fantasmas como influencias errantes a las que era menester propiciar con ofrendas a fin de ahuyentarlas, evitando así peligrosas perturbaciones de orden físico y psíquico. Por la cabeza de nadie pasaba tratar de sostener charlas cotidianas con ellos, como se empeñaron en conseguir los europeos y yanquis del XIX, antepasados -como bien señalara Francisco Nieva- de los abducidos por los alienígenas y los cazadores de ovnis del XX y XXI. ¡Y eran mucho menos de temer que estos asistentes y cepos de hoy, ectoplasmas cibernéticos programados para descuartizarnos por el Ministerio de Igualdad, entre otras sectas! ¿Duda alguien de que, bajo estas modalidades de mucho más peligro, hoy una nueva clase de almas en pena no sólo ha reemplazado a las que ponían los pelos de punta a nuestros ancestros, sino que se han apoderado y ejercen ya como rectores de la vida cotidiana, o de que -salvo para ganar dinero fácil y rápido- urja aislarse de ella y no prestar oído ni dirigir la palabra a tales arcontes?

  Encender hoy la televisión o conectarse a la red implica, en efecto, mucho más malsano riesgo que los afrontados por la Amelia B. Edwards egiptóloga cuando se disponía a violar el descanso de los moradores de una mastaba en el Valle de los Reyes. Y aquel precursor del reporterismo de sucesos que fue Defoe no daría hoy abasto con las infamias en serie perpetradas por los adictos a las redes. Ya lo decía Gómez Dávila, que lo deplorable del capitalismo no es su fomento de la desigualdad, puro sofisma, sino su impulso al ascenso de tipos humanos inferiores, cuando no -la matización es nuestra- posesos de manual.

  A modo de terapia preparatoria, nada como burlar a internet -nuestro principal carcelero- yéndonos a la cama cada noche con esas historias encuadernadas por Valdemar o Alba, pobladas por corsarios, fieros comanches, detectives fumadores en pipa, coraceros abatidos en batalla y con visado de visitas nocturnas a este mundo, palacios abandonados o no… Y, por supuesto, por espectros, pero espectros literarios, espectros que no votan ni nos venden ayudas personalizadas, que ni se instalan en nuestras vidas ni nos remiten anuncios publicitarios. Y es que en la cenagosa jungla en que se ha convertido esa que llaman la vida cotidiana echamos cada día que pasa más en falta al fantasma literario, ese que, como en los relatos de Edwards o Defoe, vuelve desde el Otro Lado para castigar a los asesinos, a los perjuros, a los viles…

  Regresemos junto a los fantasmas de toda la vida de Dios y demos decididamente la espalda a estos suplantadores e intrusos, a estos monstruos de ONG sacudidores de nuestras vidas con sus pútridas miasmas y que, por simple comparación, han terminado por descubrirnos como entidades casi por norma benéficas a sus predecesores góticos.

  Ponte tu sábana, enciende la luz de la mesita de noche, abre el libro y… ¡a por ellos!