LOS ÁNGELES Y LA SANGRE

LOS ÁNGELES Y LA SANGRE

2 de marzo de 2023 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

En Los vecinos de enfrente, cuya más reciente edición por estos pagos hay que aplaudir a Acantilado, extrajo Simenon todo el jugo artístico posible a esa inquietud preludiadora de un terror casi metafísico, segregada por el en principio intrascendente hecho de que dos desconocidos vivan pared con pared o frente por frente, adosados como dos casillas de un crucigrama. Claro que se inspiró para su drama en los ángeles caídos y embutidos en cuero negro que allá por 1930 integraban la policía secreta soviética, que no son la clase de inquilinos contiguos a la que estamos acostumbrados.

Aunque quizá yo tenga también como vecinos a algunos ángeles, si bien de otra y mejor condición. En concreto a ángeles que andaban por Extremadura ya allá por el Calcolítico, un gran momento para vivir, como me señala el arqueólogo Javier Rodríguez Viñuelas sin duda que con conocimiento de causa, pues lo que del Calcolítico no sepa un arqueólogo no lo sabe nadie… Quizá los tengo, decía, porque a muy poca distancia de mi casa señala un cartel el camino hacia lo que queda de un poblado habitado en aquella época. Enseguida descubres en las rocas marcas identificadas como cazoletas y pulideras, pero que, para quienes no somos arqueólogos, presentan más aspecto de ser huellas de cascos de caballo. Ya se sabe que estas señales impresas en la roca dan a menudo testimonio del paso por el lugar en cuestión de ángeles y otros vecinos de semejante orden, monturas divinas como Alborak -el caballo del Profeta- o el Bucéfalo de Alejandro. No en vano en la vecina Cabeza la Vaca está perfectamente identificada una huella del caballo blanco del Apóstol Santiago, combatiente en la batalla de Tentudía.

No debe de ser un hecho tan raro cuando ya en el Madrid de la guerra civil hubo tanta gente que salvó la vida gracias a su vecindad en el callejero con serafines como Melchor Rodríguez, El Ángel Rojo, quien, tras ser nombrado inspector general de prisiones, hizo cuanto pudo por detener las sangrientas sacas de presos y las matanzas y feroces saqueos practicados por los milicianos. Pero pulularon más demonios que ángeles a todo lo largo de aquella implacable y despiadada cadena de asesinatos perfectamente sostenida por sus dos extremos por elementos del poder, como demuestra Pedro Corral en Vecinos de sangre, su pormenorizado repaso a la casuística de los crímenes de retaguardia emprendidos por la República -o una parte importante de sus políticos y defensores- contra gente mayormente inofensiva y preferiblemente indefensa, buscando el exterminio de familias enteras, padres e hijos juntos en el paredón, la tapia y la cuneta de la carretera.

En aquel Madrid corría peligro cierto de muerte todo aquel no perteneciente a partidos o sindicatos marxistas o anarquistas, y también sus familiares, a menudo asesinados por sólo preguntar en una comisaría o checa por la situación de un pariente supuestamente detenido y muchas veces ya para entonces asesinado sin juicio, desaparecido para siempre en un “traslado de presos” o tras haber sido oficialmente “puesto en libertad”. Los madrileños se referían como “besugos” -por sus petrificados ojos abiertos mirando al cielo- a las decenas de cadáveres que aparecían cada mañana en las calles, producto de los “registros” practicados por los milicianos, y como “el carro de la carne” a las camionetas dispuestas por el ayuntamiento para su recogida al amanecer en las aceras y posterior conducción a la morgue. Pese a las específicas órdenes del Gobierno, los comerciantes no se atrevían a abrir sus tiendas por temor a resultar robados -si había suerte- o asesinados por “fascistas” o “señoritos” o, como mínimo, conducidos a la cárcel. Tal fue la suerte corrida por el fotógrafo Rodero de la calle del Príncipe. Por Félix Palacios, cajero de La Mallorquina. Por Miguel Velázquez, camarero del Gijón. Por Antonio Camacho, encargado de la Casa de Fieras. O, por no elaborar aquí una lista lúgubre con cientos y cientos de nombres, por Ramón Paz, dueño de los cines Benavente y Maravillas

Por estas páginas encuadernadas y lanzadas por La Esfera de los Libros desfila Alfonso Ponce de León, pintor falangista, autor de los decorados de las obras llevadas a escena con La Barraca por su gran amigo Federico García Lorca. Las monjas violadas antes de ser forzadas a participar en calidad de ganado en un simulacro de corrida en el que fueron “picadas”, “banderilleadas”, “toreadas” y muertas a “estoque” por los milicianos. Las ancianas asesinadas por el horrible delito de trabajar como sirvientas en casa de una también anciana tía de José Antonio Primo de Rivera. La madre, la novia, el hermano y las hermanas -quinceañera y sordomuda una de ellas- del capitán Renedo, detenidos en Guzmán El Bueno 17 por el delito de su parentesco con un militar rebelde y asesinados días después por decisión de uno de aquellos tribunales revolucionarios cuyos juicios farsa las autoridades republicanas oficialmente legítimas permitían, no siendo jamás molestados por las mismas los participantes en ellos. Pedro Muñoz Seca, víctima del decreto firmado el 23 de julio de 1936 por Azaña para -como señaló el diario El Liberal- la expulsión de su trabajo de “los funcionarios desafectos al régimen, y se empieza por el señor Muñoz Seca” (siendo el peligrosísimo y senecto humorista y dramaturgo detenido sólo cinco días después para ser asesinado en la masacre de Paracuellos).

Se esmera Corral con gran pormenor en el estudio de la documentación procesal existente -es lo que tiene la memoria histórica, que a menudo se vuelve contra los memoriosos- sobre la actuación delatora de los porteros de la Villa y Corte, y es cierto que muchos de ellos jugaron el papel de auxiliares e incitadores de los verdugos. Pero también que muchos otros hicieron gala de angélicas cualidades procurando en todo momento -fuese cual fuese su inclinación política- ejercer con valentía y corazón la guarda de la vida y propiedades de sus inquilinos. Cítese a modo de ejemplo entre cientos a la valerosa Engracia Antón, portera de Benito Gutiérrez 9, que a sus setenta y ocho años se jugó el moño ocultando y protegiendo en su casa a dos huidos del Cuartel de la Montaña.

Todas estas son -o deberían ser- cosas sabidas, por tratarse de hechos mil veces narrados y publicitados durante cuatro décadas, pero es importante que salgan libros como este de Corral ahora que -con la eclosión de una campaña en pro de una memoria histórica altamente sesgada- ya deambulan por la calle dos generaciones de españoles que no las han escuchado ni leído jamás. Y el hecho de que los vencedores en 1939 extendieran un manto de silencio sobre los crímenes cometidos por los suyos no significa que los perpetrados por los vencidos fueran mentira y no tuvieran jamás lugar.

De cualquier modo, si algo ha suscitado en este estudio específicamente mi curiosidad ha sido la original actitud o, valga decir, los extraños criterios justicieros manejados por Franco y su plantilla de jueces a la hora de dictar o refrendar sentencias. Porque al Generalísimo se le suele achacar haber sido despiadado con los vencidos, y sin duda lo fue a menudo. Pero no deja de sorprender cómo, a tenor de los datos expuestos por Corral, en tanto se condenó a muerte o largas penas de prisión o no se cesó de acosar durante el resto de su vida a individuos sin delitos de sangre a las espaldas y que, a menudo, muchas vidas habían salvado, como Besteiro, Peiró o Melchor Rodríguez, tan elevado número de asesinos con múltiples y atroces crímenes en la conciencia -si es que la tenían- disfrutó en los tribunales de la posguerra de indultos y generosísimas reducciones de condena -tras apenas un par de años a la sombra o picando piedra en el Valle de los Caídos- que no hubiera mejorado ni la ya ex novia de Pablo Iglesias. Al final va a resultar que son los hijos de siete leches quienes, mande quien mande, salen siempre mejor librados y con su ignominia recompensada.