LICÁNTROPOS

LICÁNTROPOS

17 de noviembre de 2022 0 Por Ángulo_muerto
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Joaquín Albaicín.

A mediados del siglo XVII se desató en Europa una epidemia de licantropía que -de Lituania a Bretaña- pobló el paisaje rural de hombres lobo persiguiendo a niños y aullando a la luna y a los que, incluso cuando se mostraban bajo forma humana, no era difícil reconocer, pues sus dos cejas se unían en una sola, les crecían algunos pelos en las palmas de las manos y solían ser el séptimo varón o la séptima hembra consecutivos nacidos a los mismos padres. Fue la terrorífica oleada estudiada y recordada en 1865 por Sabine Baring-Gould, arqueólogo, teólogo, novelista y muchas cosas más, a fuer de padre de quince hijos salidos del vientre de su bien ubérrima mujer, en el tratado El libro de los hombres lobo. Información sobre una supuesta superstición terrible. Además de prolongarse durante todo el siglo XVIII, coincidió la plaga de marras con otra muy bien documentada de vampirismo, la narrada en 1751 en su Tratado sobre los vampiros por el padre Calmet, suscitadora de la ironía de Voltaire al escribir que, ahora que por fin se habían ido los jesuitas, se habían esfumado también y curiosamente con ellos los chupadores de sangre. Por esos mismos días, en 1692 y al otro lado del ancho mar, era incoado en Massachussets el proceso contra las brujas de Salem y escribía en Gales su investigación sobre las hadas y gnomos -si bien la primera edición impresa no salió hasta 1815- el reverendo Robert Kirk, que moriría luego “raptado” por tales seres en un raro incidente.

Dejó Baring-Gould constancia en aquel libro de su sospecha de que: «Quizá nos hayamos apresurado demasiado en concluir que [el hombre lobo] se ha extinguido». Y añadió: «Puede que todavía ande merodeando por los bosques de Abisinia». Quién sabe si esas líneas suyas -inspiradas por testimonios directos- acerca de una casta de herreros etíopes dotados del poder de convertirse en hiena no llegaron años después a modo de ecos al René Guénon informante por carta a algunos amigos de la existencia en Sudán de una tribu enteramente integrada por licántropos… Permítasenos citar a Gonzalo Gil González cuando hace sólo diez años escribió que, todavía en el siglo XVII y al menos en España, los duendes -por ejemplo- “no son visitantes esporádicos, sino una gran familia espectral muy diversificada que vive sin peligro de extinción”. El caso es que, de algún modo, los hombres lobo –o una extendida psicosis análoga a la de quienes decían serlo– están como que volviendo bajo múltiples y viscosas coberturas en el XXI. El relanzamiento por la Editorial Valdemar del libro de Baring-Gould es sólo un botón de muestra de esa reaparición, al igual que el éxito hace pocos años logrado por Fred Vargas con su novela El hombre del revés.

Nada raro, teniendo en mente que en una de las principales plazas de Boston se alza a modo de homenaje -toda una declaración de identidad y de propósitos- la estatua de una de las brujas de Salem. De hecho, ha sido tras quedar Europa sumergida en una total secularización y al tiempo que -como para enmendar la plana a Voltaire- un jesuita ocupa el trono de Pedro, cuando hemos visto desencadenarse una evidente pandemia de neolicantropía o, como mínimo, decíamos, de actitudes y puntos de vista filolicantrópicos. Igual que en los siglos XVII y XVIII bastante gente vivía persuadida de, mediante la simple fricción de su piel con un ungüento mágico, convertirse en lobo, la hay ahora a puñados convencida de que, tras someterse a ciertas «correcciones» quirúrgicas, cambiará -o ya ha cambiado- automáticamente de sexo y género, individuos que, como constatará quien lea las reflexiones de Baring-Gould, padecen una mentalidad, una patología y un trastorno de identidad muy similares a los del licántropo. Hay, en efecto, mucho hombre del revés o convencido de estarlo, mucho hombre lobo suelto por ahí con todas las bendiciones de la Seguridad Social. Y es que, si ya desde la Edad Media, en vez de por condenar al licántropo a muerte como penitencia por sus crímenes, no era inusual que los tribunales civiles y eclesiásticos optaran por ordenar su reeducación en los valores cristianos entre los muros de un monasterio, sucede ahora que los ansiosos por transmutarse en «hombre lobo» son puestos más o menos por norma, de cara a su empoderamiento pre y post operatorio, en manos de los servicios sociales, donde no se exige al aullador ni el más mínimo tránsito de estado o cambio de piel para darle de alta entre las criaturas de la noche.

Baring-Gould concede gran importancia en el asunto al examen de las antiguas epopeyas nórdicas a la Saga de Hrolf, a la Saga de Vatnsdal… Pues sus historias sobre los berseker o guerreros poseídos en el combate por un furor propio de fieras- permiten conocer los orígenes de este fenómeno o creencia antes de su incorporación al imaginario medieval europeo, cuando constituía un afluente o río tributario aún no volcado y diluido en la corriente general. A mí, claro, me hubiera también gustado ser tributario de Lagertha, reina de los vikingos de Kathegat, mucho más que de Hacienda y, por defecto, de la Seguridad Social. Y entre los ríos tributarios, nos recuerda Baring-Gould, estaba también la Grecia clásica, donde se asumía que los hombres lobo –al menos, los de la Hélade– procedían del Reino de Arcadia, uno de cuyos súbditos, ex licántropo, participó ya de nuevo con su piel humana en los Juegos Olímpicos. Da fe asimismo Baring-Gould de cómo, en la Baja Edad Media, se celebraban en Prusia, Livonia y Lituania asambleas e incluso verdaderos congresos de hombres lobo en fechas señaladas.

Más que ante una recopilación de curiosidades históricas o leyendas regionales nos hallamos, diríase, no sólo en presencia de las reflexiones de un hombre del XIX dotado de una sensatez y sentido común que no abundaban en la centuria del mecanicismo y el materialismo, sino ante un clásico, en fin, de imprescindible lectura para comprender la sociedad occidental de nuestros días y su sobrepoblación de lobos con piel de cordera y corderas con piel de lobo. ¡Es él, Baring-Gould, y no la bruja de Salem, quien merece la estatua en Boston!