EL COLOR Y EL NOMBRE

EL COLOR Y EL NOMBRE

17 de noviembre de 2022 0 Por Ángulo_muerto
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Joaquín Albaicín.

Juan Maya, el insigne escritor del Barrio de las Letras, hablaba mucho -calle del León arriba, Plaza de Santa Ana abajo, allá por los umbrales de La Venencia y las amuras del Viña P– del Color Sin Nombre, una Tonalidad de Tonalidades o luz alquímica que dio título a uno de sus relatos. Su resplandor sombreaba a menudo nuestros encendidos debates en torno a la Dama de la Pamela, el genio Nislan, Cochigongas o los Montes de Ur mientras escuchábamos discos en un gramófono con altavoz de tulipa. Todo esto, en fin, ya lo saben ustedes.

Yo asumía que todo había empezado con Jünger, con aquello por éste escrito en sus Radiaciones acerca de que una noche, antes de quedarse dormido, estuvo «meditando largo tiempo sobre el color azul que la noche anterior había visto en sueños, dentro de una copa. Quería darle un nombre, y la dificultad de encontrar ni siquiera por aproximación algo con que compararlo me hizo caer en la cuenta de la clase de visión que yo había tenido. Había mirado Allende el mundo de los colores». Esto, sin duda, también les suena.

Pero no. Juan negaba siempre ese arranque con vehemencia, ferocidad en las pupilas y hasta una irritación que hacía que su muñeca temblará al alzar la copa de vino. Porque él, sostenía, nunca había leído nada de Jünger -en quien, como en Borges, percibía una frialdad y un cierto cenizo- antes de escribir su cuento. Daba a entender que aquel Color Sin Nombre le había sido revelado flotando asimismo en las entrañas y las aguas de una visión nocturna, pero sin mediación alguna del oficial de los Acantilados de Mármol.

Es caso es que Color Sin Nombre es el espectáculo con el que acaba de triunfar en Madrid su hijo José Maya, uno de los bailaores que más prestigio y -ante todo- duende atesoran hoy en la escena mundial. Debo decir que he recibido la noticia con alivio parejo al del peregrino a Santiago que al fin entra en Pamplona por el Puente de la Magdalena y que me ha emocionado enterarme de que ese Color misterioso cuyo palacio se halla en el interior de todos y cada uno de nosotros ha salido al fin del reino de la tinta y de los sueños para manifestarse en carne viva y bajo una formulación flamenca sin duda que genial al tratarse de José, a quien veremos y disfrutaremos pronto en el Teatro López de Ayala de Badajoz, donde el día 2 actuará como invitado de lujo de Salomé Pavón -iridiscente metal- en el homenaje tributado por la gran cantaora a su abuelo, Manolo Caracol, por cumplirse cincuenta años de su partida.

Hará unos treinta y cinco que yo supe por primera vez y por boca de Juan Maya -tampoco a mí se me reveló vía Jünger, por tanto- de la existencia de ese Color quintaesencia de todos los demás. Deslumbrante, sin miedo escénico alguno, el Color ya ha roto plaza. ¡Celebrémoslo! Pero, ¿y su Nombre? ¿Dónde está su Nombre? ¡Menester será continuar su búsqueda entre los ermitaños, las doncellas y los cabarets de la Gasta Floresta griálica! ¡Que Merlín nos guíe!