«MANOLETE» MIENTRAS SOPLA EL VIENTO

«MANOLETE» MIENTRAS SOPLA EL VIENTO

15 de septiembre de 2022 1 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN
  Escribo a mano y mientras azota mi jardín un temporal como el que una vez -ya ha llovido- obligó a aplazar una semana una gala suya en el Retiro. Y comparecen, entran por la puerta, claro, los recuerdos. ¡Los atesora el corazón y los levanta de sus camas el viento!
  Nos encontramos en la mejillonería, en Tirso de Molina, frente al «Nuevo Apolo» donde de tan apabullante modo había triunfado la víspera en su reaparición en España tras bastantes años en Japón. Allí estaba, sí, «Manolete», rutilantes los bucles del pelo, pañuelo al cuello, las manos sobre el pomo del bastón. Y con él su hija Judea, entonces aún niña. Todo en él exhudaba un algo como de samurái. Vamos, que se notaba que venía de Tokyo. Era un águila en porte y mirada, y un generoso caudal de duende su sonrisa.
  Ahí, en el «Nuevo Apolo», reveló su Evangelio y se consagró, como «Lagartijo» con aquel par de banderillas en la Plaza Vieja de la Corte. ¡De Madrid al Cielo!
  Lo vi mucho bailar en los años siguientes: en los teatros madrileños, entre las cesáreas columnas de Mérida, en Sevilla con «El Güito»… hasta su última patada por bulerías sobre un escenario, en Granada, en el homenaje que le fue hace un par de años tributado. Primo de Mario Maya y hermano del soberbio tañedor que fue «Marote», el «Manolete» bailaor -artista luminiscente y exquisito- nació como un brote de aquella cantera de Pilar López, madre de tantos bailaores distinguidos y caracterizados por la virtud de no parecerse entre sí. Con «Manolete» y su ceño y empaque parecían asomarse a la escena flamenca -en tiempo de farruca y de fantasía salinera- resplandores tardíos, redivivos, de aquel pájaro ígneo soñado por Stravinsky.
  Anguloso, exacto, sanguíneo, verle bailar era como bañarse en un lago de aguas por lo menos tan milagrosas como las de Siloé, porque, siendo el suyo un baile térreo y mineral, surgía revestido por ese halo etéreo que incluso en los mediodías soleados envuelve al Taj Mahal. Solista del Ballet Nacional en la época de Gades, su silla de enea era un trono y un cetro su cachaba. Se alzaba el telón,  el mundo era oscuridad a espera de que el Espíritu de Dios revolotease sobre la superficie de sus aguas, el cenital alumbraba la figura de «Manolete» y todo se sumergía en un tiempo sagrado, en ese tiempo fuera del tiempo en el que transcurren los sueños y que es antesala de la vida eterna.

Recuerdos, decía… Muchas charlas, risas y copas en las barras de «Casa Patas» y del «Moka» en un Madrid ahora ya disperso, diluido y que va como empezando a entrar -poco a poco pero, en cualquier caso, mucho mas rápido de lo que pensábamos- en la leyenda. Con «Manolete» -Manuel Santiago Maya- sube al Cielo un alma pura, un Arcano Mayor del Tarot del baile y un gitano con la puntera de la bota siempre firmemente plantada -en el escenario y fuera de él- en la proa de la vida. Hasta que volvamos a encontrarnos, le mando este abrazo con el corazón conmovido por la admiración, el cariño y la nostalgia, tres sensaciones que… ¡pobre de aquel al que un día abandonen!