BIBLIOTECAS ACUÁTICAS

BIBLIOTECAS ACUÁTICAS

26 de junio de 2022 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

Decía Ramón Gómez de la Serna que de escritor puede calificarse a quien sangra por la mano derecha, y es cierto: no se es ni escritor ni súbdito del Reino de la Greguería sin cumplir con tal requisito. También síntoma de serlo es el don de exprimir la memoria genética hasta sudar mirra, patentizando así el pasado remoto sobre el presente del folio en blanco. Esto segundo es un poco lo que logra Mario Satz -a quien leemos ya desde los tiempos de la revista Cielo y Tierra– en los relatos contenidos en Bibliotecas imaginarias, que ha publicado Acantilado.

Su cuento «evocatorio» sobre un funcionario romano a cargo de la caza y compra en los confines del Imperio y del posterior traslado a Roma de fieras para el circo se erige en buena prueba de eso que yo llamo sudar mirra y consideraba Ramón sangrar por la diestra, a ese sostenido ritmo al que goteaba la sangre desde la punta de la espada de los gladiadores. ¡Y ese onírico relato con tan excepcional protagonista como Al Khadir, El Que Verdece, maestro de los profetas en la ciencia de la predestinación que muestra una biblioteca de gotas de agua marina a Ibn Arabi de Murcia, a quien también enseña que no todos los libros adoptan la forma de tales, pudiendo un caracol o una espina ser perfectamente eso, un libro!

Cagliostro, una fuente en Bubastis, los Evangelios de Felipe y de Tomás y los escritos de los esenios enterrados en vasijas, las ruinas de Nínive, los volúmenes portados en sus alforjas por el asno de Quevedo cuando éste salía de viaje, egiptólogos sudorosos bajo la levita, tablillas sumerias, cohortes en marcha… Y un carpintero que vive con las musas, harto del dolor que le han causado las mujeres de carme y hueso y por causa también, todo hay que decirlo, de una ninfa que, de niño y a la orilla de un río, le mordió con «sus dientes de placer eterno», por lo que sufre desde entonces ninfolepsia, «una suerte de melancolía que incita a buscar el bosque, las hiedras, los manantiales»…

Escribir es navegar por el río de los siglos y por las aguas de las distintas capas de la conciencia. También lo es leer. Y es bueno que lo escrito ayude a ello. Si no ayuda… ¡Mala señal!