ESPIONAJES DE FICCIÓN

ESPIONAJES DE FICCIÓN

4 de abril de 2022 0 Por Ángulo_muerto
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Joaquín Albaicín

Hay quien se deja la piel a tiras y las neuronas en la búsqueda por los márgenes del Tajo de los colmillos de alguno de los elefantes de Aníbal, cuando acaso sería harto más fácil aventura la de descubrir las grabaciones de móvil hoy en posesión de un servicio de inteligencia y a las que -por las indiscreciones en ellas registradas- hay que atribuir el viraje político que ha llevado al actual presidente del Gobierno al reconocimiento formal de la soberanía marroquí sobre el antiguo Sahara español. Ojo, eh, que esto es pura invención mía… Estoy sólo jugando a imaginar -como podrían hacerlo Vázquez Figueroa o Joseph Finder- el argumento de una eventual novela de espías… por descontado que no basada en hechos reales y que no sé si incumbiría un día escribir a por ejemplo, Charles Cumming, una de mis más apreciadas plumas en ese campo.

Aclarado el pormenor, sigo fantaseando. En mi rebullente y desatado magín, resulta que un político muy mediático, recién destetado en eso de tocar pelo de banco azul y, pese a su bisoñez, pieza clave en el Gobierno español va y, vaya por Dios, para un día que liga, se lleva a la cama a la norteafricana equivocada. No a la magrebí del Vaticano, claro, no se equivoquen. A otra. Y allí, en el lecho, entre arrumaco y arrumaco y por culpa de esa maldita locuacidad a menudo estimulada -a fuer de por la inexperiencia- más por dos tetas que por dos carretas, en el móvil de la empoderada joven quedan grabados comentarios salidos de boca del prometedor político que de ningún modo se suponían destinados a los oídos de la chica. Pero, ¿cómo has podido ser tan lerdo, chaval? Saltan las alarmas y claro, entran en escena los fontaneros del poder. ¿Les ponemos rostro? Pensemos, por ejemplo, en Emilio Gutiérrez Caba en El hombre de las mil caras.

Y es que no es plan que el Gobierno caiga por verse en el trance de tener que cesar como sospechoso de espionaje para otro país a uno de sus principales integrantes y uno -además- de los más guais. Así que -argumenta Emilio- tú declara que ni idea de lo que pueda haber en en ese móvil, que es que te lo han robao en una reunión feminista, incluso di que te lo hemos robao nosotros, que es un montaje nuestro, dilo, sí, que no pasa . No llores, coño, que en unos días un periodista amigo te pega un telefonazo y te pone en situación. ¿Pedro? También te llama en breve, no te preocupes, que ya nos ocupamos nosotros de calmarle. Y tú… Pues cómo lo siento, chico, pero vas a tener que ir retirándote con discreción y pasito a paso de la primera fila. Cuando te avisemos, pues dimites aduciendo estrés, o que la lucha contra el fascismo te ha desfondado moralmente o lo que sea y, enseguida, te llevamos hasta la puertecita giratoria. En tu caso puertecita, sí, porque has metido la pata a lo grande. Pero algo es algo, tronco… Dimites, pero por lo menos te dejamos dimitir en diferido y sin que se sepa de verdad por qué. ¡Y puedes seguir alzando el puño en Youtube!

¿Traición al Frente Polisario, que sería el argumento excusa de la novela? Pues hombre, es que el silencio que echa tierra sobre la grabación de alcoba robá y evita la caída de un Gobierno no va a salir gratis. Los favores se pagan con otros. Y más sabiéndose que siempre quedará ahí la grabación, bien tapadita de momento, pero susceptible también de poder ser en su momento sacada a la luz si en un futuro así conviene. Ya lo resalta siempre Cumming: espiar es esperar. Porque, si en la política no hay amigos, menos los hay en eso del espionaje. El espionaje, lo dijo no recuerdo si Le Carré o uno de sus personajes, se justifica sólo por sus resultados. La ética juega en sus operaciones un muy insignificante papel.

Ello resulta más que patente en las novelas dedicadas al género por -subrayo de nuevo- Charles Cumming, que con Conexión Londres -publicada, como las anteriores, por Salamandra– cierra la trilogía protagonizada por Thomas Kell, agente del MI6 que, inmerso en un tablero de operaciones donde el terrorismo salafista contemporáneo convive con una atmósfera «rusa» deudora de la Guerra Fría, se hace preguntas tan insólitas en su gremio como la de si es o no lícito y cabal pagar al adversario con su misma envenenada moneda. Él mejor que muchos sabe que la agencia a que se sirve puede dejar a uno tirado sin remordimientos de conciencia en el peor de los momentos, aunque quizá no sea siempre así, ya que mientras esto escribimos Anatoli Chubais, supuestamente huido de Rusia, ha sido al parecer visto sacando dinero de un cajero en Turquía. Al menos sabemos que no está tieso, como tampoco Thomas Kell, que en esta novela ha de financiar de su bolsillo buena parte de la operación encaminada a la deserción de un agente ruso.

En la portada de Conexión Londres el Big Ben reemplaza a Santa Sofía – Complot en Estambul– y la Torre EiffelEn un país extraño– como emblemático monumento hacia el que Thomas Kell dirige su mirada. Los pájaros que a su alrededor revolotean me recuerdan los estorninos que en Fuente Cantos hacen lo propio en torno a la torre de Santa María de la Granada. No es la Granada por que lloró Boabdil, ni la Rabat causante de las lágrimas del poíitico, pero de postre está muy rica, como ideal es Conexión Londres como libro a tener a mano sobre la mesita de noche. El móvil, por supuesto… ¡Lejos de la cama!