EL MAYOR ENEMIGO DE EUROPA

EL MAYOR ENEMIGO DE EUROPA

29 de marzo de 2022 0 Por Ángulo_muerto
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EL MAYOR ENEMIGO DE EUROPA

y otros textos escogidos.

Joseph de Maistre.

De Maistre y Edgar Alan Poe me han enseñado a razonar…

Baudelaire.

 

Frank G. Rubio

Pocos libros de mejor utilidad para los tiempos “interesantes” que vivimos que esta traducción, meritoria y exacta, de la antología elaborada por Cioran (1911-1995) sobre la obra de un conservador que se quiso fundamentalmente conversador más que escritor y cuya pluma, paradójicamente, nos ha entregado páginas únicas. Excelente como es el ensayo que precede a los textos del pensador saboyano (Chambéry, 1753), se encuentra sin embargo a una gran distancia de la obra de aquel de quien se ocupa. Para comprenderlo mejor, una analogía intempestiva: Fernando Savater es a Cioran, de quien se ha ocupado, lo que el autor de La tentación de existir (1956) sería al autor de El Tratado de los sacrificios(1810).

Joseph de Maistre (1753-1821) fue no sólo un polemista, como sin duda le consideran muchos espíritus superficiales, aunque su estilo sea en muchas ocasiones profético y pueda para algunos estar adornado con el ingenio de la provocación. Fue, en lo fundamental, un esprit fort. Por el contexto hostil en que expuso sus ideas, asumió graves riesgos por expresarlas, lo adecuado es considerarle un auténtico librepensador. Pero en modo alguno fue secuaz de la secta de los Iluminados, sobre la que encontramos un jugoso texto en el libro.

Muchos le encasillan rígidamente en el catolicismo ultramontano y le perciben, convenientemente para sus limitados prejuicios, como un contrarrevolucionario a secas. Sin embargo gran parte de su pensamiento, sospecho también que de su actividad vital, solo es inteligible si tomamos cuenta de su membrecía masónica (iniciado en la Logia Trois Mortiers) Como Hermano fue un seguidor de Louis Claude de Saint-Martin (1743-1803), “el Filósofo Desconocido”, y un practicante del Rito Escocés Rectificado. Todo esto es importante, por la época que le tocó vivir y de la que dan testimonio directamente varios textos de la antología que nos ocupa: La revolución, Los iluminados, Cartas, La era de los franceses…

 

Su tiempo fue el del estallido de la Revolución, también el de su crepúsculo; asistió al ascenso al poder y caída de Napoleón. Todo ello en primera fila…también fue testigo privilegiado de la Restauración y del Congreso de Viena. Devino intelectual militante y alto funcionario al servicio del Rey de Saboya, que jamás supo reconocer los méritos y valía de su súbdito. Su estilo es en en gran medida oral, y lo encontramos disperso en una obra voluminosa compuesta en gran parte por correspondencia, diarios y notas…Obra plena de critica e ironía, envuelta muchas veces en un grato manto de invectivas. Gran parte de su vida transcurrió bajo el periodo de interdicción en casi todo el mundo de la Orden de los jesuitas (1773-1814) Murió decepcionado: “Muero con Europa”.

El verdugo (que es como un mundo en sí mismo), la guerra (a la que calificó sin dudarlo de divina) la teocracia (sus palabras en defensa de la supremacía papal, tan brillantes ayer como poco convincentes hoy, muestran la influencia que tuvo en él la educación de los secuaces de Ignacio de Loyola) o la revolución… que le envolvió, agredió y confiscó casa y biblioteca (y a la que sobrevivió), son algunos temas que el lector encontrará en esta antología y que nos ayudan a perfilar su pensamiento. Pensamiento sofisticado, valorado por Hannah Arendt (1906-1975) y predecesor del de Durkheim (1858-1917). Confrontó radicalmente las concepciones contractualistas (“hobbit-rousseaunianas”) cuya ponzoñosa cabeza había emergido de las movedizas arenas del “tercer estado”. Su teoría política, atención a sus ideas sobre la soberanía y la decisión, proveían, como fundamento para el gobierno de los hombres, una filosofía (metafísica y teocrática), una psicología (pesimista y por ello verosímil) y, como no, una teología. Que no podía ser otra cosa para nuestro autor que católico-romana. Todo ello con más recovecos y refinamiento lógico de lo que gustan reconocer quienes se solazaban en los setenta con la lectura de Elías Díaz o, en la actualidad, con la del prescindible Villacañas. Sin olvidar a quienes recuerdan con nostalgia impostada a Krause (1781-1832) o defienden, con “pundonor” de mercenarios, la gestión de Pedro Sánchez. Para ellos, como para Isaiah Berlin (1909-1997), quien no demostró ser un buen erizo sobre esta materia, no es otra cosa que un predecesor del fascismo y un irracionalista.

Especialmente brillantes desde el punto de vista retorico son los artículos sobre el protestantismo (el mayor enemigo de Europa), donde consigna la universalidad como símbolo exclusivo de la verdad, o el que escribe contra las iglesias orientales. Pensemos que durante mucho tiempo vivió en San Petersburgo en el entorno del zar Alejandro I (1777-1825). No tiene nada bueno o muy poco que decir de los rusos y sus aseveraciones, muy actuales, son especialmente inquietantes para nosotros en el siglo XXI; precisamente por no estar desajustadas con lo real. Destaca de este pueblo su indiferencia ante los infortunios y sufrimientos de los seres humanos, su sensibilidad enfermiza con relación a la autoestima (un modo rastrero de narcisismo) y sus pasiones impredecibles e incendiarias. El ruso no sabe nada y no aprende nada a fondo. Su sensibilidad profética prevee, en la influencia de los “philosophes” en la Corte rusa, el germen de grandes males futuros: las primeras lecciones que oyó este pueblo (en francés) fueron blasfemias.

Considera al cuerpo político como un organismo vivo y a la revolución francesa como radicalmente mala, un crimen contra el orden natural, y aun así: una manifestación de la Providencia. Todo el proceso revolucionario lo percibe como un castigo redentor. Otros, con más lejanía cronológica y hastiados de una hagiografía repugnante y sistemática, vemos en ella el fiasco de una vasta operación de teocracia experimental convocada por los “superiores desconocidos”.

¿Fue la misma Caída, del Hombre en hombre, un problema o consecuencia de un diseño?

Como realista político sabe que la Historia es dueña de este área desafortunada en la que chapotean las sociedades humanas a la que llamamos “política”. Echa de menos (¿quien no?) las guerras limitadas y refinadas de los dos siglos precedentes; le tocó vivir la inmersión de Europa, más tarde del mundo, en una guerra civil que ha adquirido en nuestro tiempo tonalidades planetarias. La guerra es una ley del mundo, que oculta una necesidad secreta: la que impele a destruir violentamente los seres vivos.

Sus ensayos (fragmentos) sobre Port Royal, Bacon y Voltaire muestran la naturaleza incisiva de su celo filosófico. Resulta altamente emotivo y digno de elogio su amor por la lengua francesa y su país, que recordamos al lector aun no había sido degradado a la condición de nación homogénea cerrilmente secular. Y cuánta verdad hay sobre sus aseveraciones sobre la fisiognomía del detestable Voltaire (1894-1778); si hubiera atisbado el rostro de alguno de sus seguidores actuales habría visto confirmadas sus peores intuiciones.

Termino con una cita larga sobre la revolución expuesta en sus Consideraciones sobre Francia (1796):

En resumen, cuanto más se examina a los personajes que, en apariencia, eran los más activos en la revolución, más se encuentra en ellos algo pasivo y mecánico. Nunca se dirá lo suficiente que no son los hombres quienes dirigen la revolución, sino la revolución la que utiliza a los hombres. Y bien dicho está cuando se dice que funciona sola por completo. Esta frase implica que nunca la Divinidad se mostró tan clara en ningún acontecimiento humano. Si emplea los instrumentos más viles es porque castiga para regenerar.

Otra manera de verlo, muy española por cierto y con esto ya sí que termino, se resumiría en una sola frase: las revoluciones las carga el Diablo.

¿Cómo puede uno cegarse buscando causas en la naturaleza cuando la propia naturaleza es un efecto?

Joseph de Maistre.