El mundo de Camarón

El mundo de Camarón

4 de marzo de 2022 0 Por Ángulo_muerto
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Joaquín Albaicín

Asomarse al mundo de Camarón es como colocar las manos abiertas y con las palmas hacia arriba bajo el caño de una fuente que no cesa de manar agua ni de empapártelas. Un cuarto de siglo después de su partida de esta nebulosa, su rostro sigue apareciéndosenos en graffitis primorosamente coloreados sobre las paredes más inesperadas de los callejones del alma. El otro día su mundo, el mundo de Camarón volvió a manifestarse, aconteciendo la hierofanía en el Museo Extremeño e Internacional de Arte Contemporáneo (MEIAC) de Badajoz, donde el dibujante Raulowsky presentó el cómic o novela gráfica Camarón, dicen de mí, del que es autor junto al recientemente fallecido Carlos Reyman, firmante del guión.

Ambos han llevado a cabo y puesto en manos del editor Carlos Mesa una labor de nota, sobre todo teniendo en mente que la peripecia de Camarón no fue eso que llamamos una vida novelesca, de esas pródigas en materiales para una epopeya. Porque con Camarón te gustaba estar por lo que decía o contaba, y te gustaba escucharle cantar, pero ni huyó de polizón en un carguero para hacerse pirata, ni se alistó como mercenario para batallar en Katanga ni escapó a uña de caballo fugándose con la hija del Rey de Nepal… No era fácil, pues, convertir a Camarón y Tomatito o Paco en Batman y Robin o Butch Cassidy y Sundance Kid.

Acudí al evento con mi mujer, Salomé Pavón. La sala estaba llena, con mucha gente en pie, y hubimos de tomar asiento en filas distintas. ¡El mundo de Camarón! Me asaltó una sensación rara. De entre todas aquellas personas, ¿cuántas, me pregunté, habían conocido a José Monge Cruz?

Volví la vista hacia mi izquierda y vi a Salomé, que sí, claro, desde niña, cuando Camarón aparecía por la casa de su abuelo -Manolo Caracol– y, a lo mejor, terminaba quedándose allí tres días. Junto a Raulowsky y Mesa tomaba asiento y la palabra Ricardo Pachón, que también. Y al lado del estrado de oradores, sentado en un escalón, estaba Javier Fernández de Molina, gran pintor y amigo de José. No vi a Alejandro Vega ni a La Kaíta, y los Vargas estaban en Dubai. Sí estaba Lolo Iglesias. Habría algunos más, supongo. Pero no creo que muchos. La dicha sensación extraña me sobrevino cuando, durante el coloquio, constaté que nadie iniciaba su pregunta recordando, por ejempo:

-Aquel día en que Camarón vino a cantar a Mérida, yo…

O:

-Cuando le escuche cantar en Madrid en el San Juan Evangelista

Lo que decían era:

-¿Es verdad que Camarón cantó en el Teatro Romano de Mérida?

O:

-¿Es verdad que Camarón dio varios conciertos en el Palacio de los Deportes de Madrid?

Lo para mí chocante era que aquella gente que allí se daba emocionada cita y formulaba sus preguntas era gente de mi quinta o incluso bastante mayor que yo y con edad sobrada, pues, para haber asistido a un concierto de Camarón o comprado y escuchado hasta rayarlo un disco suyo, pero que, aparentemente, nunca había hecho una cosa ni otra. Se habían convertido en admiradores suyos después de morir él. Más que haber sido alimentados por su música, su voz o su aureola escénica, tenían fe en él. Y hacían, por ello, preguntas a Ricardo Pachón un poco como los primeros cristianos de Corinto interrogababan a Pedro acerca de cómo era el Maestro, de qué color era Su manto, cómo se sentaba, qué comía… Me sentí, por ello, algo así como pieza o parte o testigo de un mundo de algún modo extinto, aunque quizá no sabría decir si también en su más pujante fase de expansión, pero que, en cualquier caso, cuando papitaba y bullía y motivaba concentraciones de más de quince mil personas, se diría que no había existido para quienes me rodeaban.

Guardaba en mi bolsillo el más reciente disco de Carles Benavent, Jorge Pardo y Tino Di Geraldo, Flamenco Leaks, recién sacado a la calle por Mapa Records y que se puede considerar una ciudad del país de Camarón, o construida con absoluta fidelidad a los criterios arquitectónicos de Camarón, y una fehaciente prueba de la prosperidad y fertilidad artistica de que esa urbe puede hacer gala, pues se trata de un álbum que nunca podría haber sido grabado de no haber sido los tres músicos discípulos o miembros de la mesnada del mesías convertido en leyenda sin permiso del Tiempo, antes de que este así lo quisiera. El disco recrea instrumentalmente -como Raulowsky con sus rotuladores y pinceles- el mundo de Camarón, un mundo que sigue vivo a este y al otro lado del espejo de nuestras emociones, como lo continúa estando en Concert Bal, el -más ecléctico- álbum que, por su parte, acaba también de sacar con Karonte Tino Di Geraldo. Un mundo camaronero -expuesto, claro, a través del prisma geraldiano- con sus ciudades, playas, cavernas, montañas, ríos, carreteras y bosques y del que forma parte quizá Miranda de Ebro, como en Flamenco Leaks da fe el Movidón en Miranda que da título a una genial bulería del trío.

«Hay tantas cosas ocultas, que no se saben»… me susurró una vez Camarón en la trastienda de un bar de San Fernando. No sé si quizá Carlos Lencero podría habernos trazado el mapa y el plan urbanístico de esa tierra o ciudad o ciudades mirandeñas de Camarón. Porque otra cúspide o pico de ese mundo suyo que acaba de emerger como una isla en medio del Índico es Odisea en el espacio, una colección de escritos sobre flamenco -algunos, inéditos- debidos a la pluma de Carlos, que ha compilado Hugo J. Sánchez Rey y publicado Fuego Fatuo. Tan buen escritor como amigo, de Carlos Lencero en pocos asuntos flamencos discrepé. Ahora, sin embargo, leo que abominaba de la cerveza con limón -la Coronita y demás- y reprochaba a Paco de Lucía haber accedido a anunciarla, y ahí sí que marco distancias, por contarme entre los creyentes en que un chorrito de limón siempre va bien, así a la cerveza como al cante. No sé qué opinaba al respecto Camarón, a quien Carlos atribuía por razones astrológicas «la melancolía de Saturno» y cuya ciudad, pues, ha de pertenecer, como la del dicho dios y planeta, a la Edad de Oro ejemplarmente simbolizada por el tono de, mismamente, la Cruz Campo.

O por el barquillo de un terno de Curro. Porque también Curro Romero. Maestro del tiempo, el documental de Curro Sánchez Varela dedicado al Faraón de Camas, puede contarse entre los recientes corrimientos de tierras recordatorios de que sí, de que Camarón de la Isla anduvo un día por este mundo, dejó sus huellas en las rocas y caminó sobre sus aguas… y de que algunos, como en un sueño lúcido, lo vimos. Y vivimos para contarlo.