El cinturón bíblico

El cinturón bíblico

31 de enero de 2022 0 Por Ángulo_muerto
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Joaquín Albaicín

El talento artístico hace milagros, como el de que sea yo capaz de leer de un tirón una novela de tropecientas páginas cuya temática y personajes no me interesan nada. Son la profundidad y el genio diseccionador del alma humana de Jonathan Franzen los que consiguen eso, el milagro -yo diría que nada americano- de suscitar ese interés y enganchar. Debe ser que Franzen, observador devoto de la vida de las aves, conoce también -y escribe en ella- esa lengua de los pájaros de que hablaba Dante, la lengua “siríaca” primordial de la humanidad, y que su dominio le permite tocar y activar ciertas claves sensibles.

Encrucijadas de Jonathan Franzen -publicado por Salamandra– retrata a la acuarela a una familia y unos alumnos de instituto y unos pastores de almas habitantes del Cinturón Bíblico, ese rico mosaico de pseudo sectas cristianas entre las que se cuentan las que anteponen la defensa de los oprimidos a cualquier consideración de orden ritual o teológico. Debe recordarse que de grupos tales, defensores de diferentes tipos de oprimidos, han surgido organizaciones como el Ku Klux Klan. Y que la menor consecuencia de su existencia ha sido la banalización de la religión y, por ende, de la vida al propiciar la confusión del culto con la afición a las barbacoas y el bricolaje.

Encrucijadas cuenta, en fin, historias y dramas psicológicos de gente tan vulgar y corriente que a mí, que por lo general leo sobre cosacos, elfos y espías, no siento ninguna inclinación a tratar ni siquiera en la vida real. Historias y traumas de la América de los 70, la de la presidencia de Nixon, Vietnam, los hippies y el racismo despidiendo esquirlas como una mina de carbón a cielo abierto, un mundillo y un murmullo colectivo pseudorreligioso, producto de la eterna división de las sectas protestantes en más microsectas, “iglesias” en las que lo importante es tener buen rollo, sintonizar con el espíritu laico de los tiempos, cantar canciones pop en la iglesia y esforzarse por no traer a colación en sermones y conferencias citas del Antiguo y el Nuevo Testamento, no sea que los potenciales feligreses -inclinados al ateísmo- vayan a molestarse y huir. Un mundo en el que a los pastores y a su grey se les aparecen Jesús o el Espíritu Santo en la ducha o experimentan un arrebato que creen místico mientras fuman un porro.

Franzen retrata unos Estados Unidos en los que ya en aquella época los sacerdotes -a menudo rebotados de dos o tres garitos: el mormón, el católico, el episcopaliano…- piensan y viven como laicos y en la que los traumas y contratiempos psicológicos que desgarran a los adolescentes son los mismos que crujen en la conciencia de sus padres y pastores espirituales, a quienes por edad debiera suponerse más maduros. Son traumas y dilemas relacionados con el sexo, las drogas y una religión empapada por un infantilismo mental que poco recuerda o suena muy poco a aquello de que de los niños es el Reino de los Cielos.

Toda la obra transmite, comprensiblemente, la impresión de que, por más años que se cumpla, en Estados Unidos no se deja nunca de ser una especie de adolescente tan bienintencionado como cabreado con uno mismo, Dios y los demás, lo que explicaría bastante tanto la mitificación del deporte como la política internacional propias de este país.

No puede extrañar que la única experiencia vagamente religiosa del protagonista que calificaríamos de auténtica es la de su paso como poco más que un turista por un ritual de los navajos cuando los sacerdotes y feligreses -por llamar así a unos y otros- se trasladan por una temporada a una reserva para “ayudar” a los indios, es decir, para entretenerse, sentirse útiles, satisfacer su ego y cosechar emociones que animen un poco sus grisáceas vidas.

Uno de los navajos dice al sacerdote:

-Vuestra ayuda es peor que la falta de ayuda.

El jefe cheyenne Vieja Tienda, uno de los protagonistas de Pequeño Gran Hombre, novela asimismo voluminosa, lo hubiera firmado. Yo también.

Claro que esto ya se ha extendido a Europa. El otro día hube de acercarme a un tanatorio donde un supuesto sacerdote, ataviado como el gorila de un club de carretera, pronunció el responso para despedir al finado leyendo el padrenuestro en la pantalla de su móvil, bien por no sabérselo, bien por considerar que la tecnología punta fortalece el poder de la oración y ayuda a que Dios escuche con más atención al creyente. Tal cual. No exagero. Ahí sí que me sentí un personaje de Franzen y comprendí que no sólo en el Cinturón Bíblico estadounidense, sino también en esta Extremadura profunda nada escasa en simpatizantes del nacional-catolicismo y a quienes aquello, por otra parte, pareció normal, puede uno sentirse enclavado en una encrucijada…