Contra la dictadura del feminismo

Contra la dictadura del feminismo

octubre 4, 2021 1 Por Ángulo_muerto
Spread the love

Lecturas totales 209 , Lecturas hoy 4 

Rosemary Thorne

El que camina solo ha de ser más fuerte que el resto porque no tiene a nadie que le proteja

«Maleza», de Blanca Perse

El cuento «Maleza» de Blanca Perse trata de una niña que parece soñada por el mismísimo Zarathustra: le gusta bailar, le gusta perderse y le gusta ir sola a descubrir los mundos por sí misma. Toda la obra de esta escritora madrileña está muy influenciada por la filosofía y persona de Nietzsche. Alguien le comentó una vez, «pero Nietzsche era misógino, no le gustaban las mujeres», como si eso fuese razón suficiente para no leer a un pensador. Nunca olvidaré la respuesta de Perse: «A mí tampoco me hubiesen gustado las mujeres de su época. ¡Las mujeres de la mía tampoco me gustan!» Perse admite con franqueza que en sus años de universidad, a principios de los 90, había una agobiante presión para que las estudiantes jóvenes leyeran a Simone de Beauvoir. «Leer a la Beauvoir era obligatorio para todas aquellas que tuviéramos una ambición literaria, artística e intelectual. Prometo que intenté leerme «El segundo sexo», pero desde las primeras páginas me pareció un tratado abominable. Con cierto sentimiento de culpabilidad huía de lo que las progresistas de la época me forzaban a leer y me escondía en un rincón apartado de la facultad de periodismo a soñar con Zarathustra».

A mí me sucedió algo similar con Spinoza, otro reconocido pensador sentenciado por su misoginia. Disfruté muchísimo devanando principio a principio toda su «Ética», fue un ejercicio de entendimiento fascinante, y creo recordar que en una de sus máximas él específicamente habla de la inferioridad de las mujeres, pero mi sentir hacia ello fue cristalino: yo era una mujer del siglo XXI lo suficientemente curiosa y valiente como para leerle. Era obvio que Spinoza en su momento no logró concebir una mujer con un intelecto curioso y aventurero como el mío. ¿Pero quién se atreve a juzgarle en este presente si las propias feministas ni me conciben ni me admiten?

Hubo un tiempo en el que mi carrera profesional se desarrolló en entornos de alto activismo político, foros sociales, ONGs, y la cooperación y ayuda internacional coordinada por la AECI. Son círculos en los que la empatía y el respeto «al otro» han de funcionar necesariamente porque es la esencia de esa actuación e intervención. En mi caso nunca fue así: cada vez que he expresado un punto de vista que no se correspondía fielmente a lo dictado por cierta élite de mujeres, he sido condenada y posteriormente expulsada de sus muy dudosos paraísos. No había espacio para el debate: o pensaba exactamente como ellas o estaba contra ellas. Ni siquiera tenían en cuenta que yo estaba como mínimo ejerciendo mi libertad de expresión, derecho que en este país ha costado sangre tipificar. Trabajar en esos ámbitos ha sido increíblemente cansado y frustrante. Y eso que eran circuitos del tercer sector: no quiero imaginarme el mismo enfrentamiento en otras esferas profesionales. Afortunadamente, quizá por testaruda potencia, nunca me di por vencida. He pensado y escrito lo que me ha venido en gana al margen de dictaduras ideológicas de uno u otro color, de intereses de tal o cual lobby cultural, y siguiendo solamente la voz pura de mi curiosidad por este fascinante mundo. Ahora a los 53 no me ladra nadie, y observo mi experiencia como pensador y escritor con gran orgullo.

En este sentido puedo dar mi opinión experta sobre la Agenda 2030, ya que he trabajado directamente en dos programas de las Naciones Unidas: «Los objetivos del Milenio» y «Global Compact/Pacto Mundial». Más que opinión, voy a contar una anécdota que parece ilustrativa. En 2003 Oxfam celebró unas conferencias para dar a conocer los estragos que la minería produce en África. Las ponencias fueron muy interesantes, pero lo mejor fue el catering, que suele ser muy exclusivo en este tipo de eventos. Una vez le pregunté al secretario de cierto proyecto de la ONU si los catering en la sede de Nueva York eran igual de fastuosos: me confirmó que con sólo el presupuesto de ese gasto se podrían abrir docenas de colegios en países desarrollados. La Agenda 2030 es la excusa de esta nueva generación de jóvenes diplomáticos para distribuir fondos económicos entre determinados bolsillos, y lo aseguro con conocimiento de causa. El porcentaje de mujeres y niñas en los países en vías en desarrollo favorecidas por programas similares es irrisorio teniendo en cuenta el ruido que se arma con este tipo de campañas carísimas. Con respecto a la población vulnerable en países desarrollados, en España, en Madrid, yo no encuentro diferencia entre acudir a centros de igualdad y peregrinar cada domingo a la catequesis de la parroquia del barrio.

De acuerdo a lo que yo he observado y experimentado, el feminismo en España en los últimos 30 años no ha ayudado tal y como prometió en su momento. Todo pintaba muy bonito en los 90, las expectativas eran muy altas, pero lo cierto es que todo aquel movimiento de mujeres muy mujeres se ha quedado en vagones y vagones de palabras vacías, y una sororidad muy elitista, muy clasista, y muy sexista también, ya que hay lesbianas que no consienten la heterosexualidad y rechazan a las mujeres que no somos homosexuales. De ahí el título: es una dictadura porque no me acepta a mí o a mujeres como a yo. No admite que exista la posibilidad de la diferencia en el debate, dando lugar a otras construcciones. Insisto en que ni siquiera admite el derecho de expresar una opinión diferente. La igualdad que se esgrime es un fraude porque es desigual y responde, como siempre, a determinados intereses, al igual que hace la propia ideología que cuestiona. El propio Ministerio de Igualdad evidencia que no todas las mujeres somos iguales, y que hay algunas que son «más iguales» que otras. Eso no ofrece nada de novedoso ni de revolucionario.

Este texto trata de mi experiencia subjetiva, cierto, ¿pero qué otra sería válida para probar mi punto de vista? Si el feminismo fuese la fórmula infalible que presume de ser, me habría absorbido, habría aceptado mis constantes críticas, mis muy sentidas aclaraciones, yo hubiese crecido a su vera y ahora no estaría evidenciando su pequeñez, su invalidez, su ineficacia. Yo no soy una mujer de pensamiento independiente porque el feminismo me lo haya proporcionado, sino muy a pesar de su constante negarme, y porque yo me he trabajado mi propia teoría del conocimiento punto por punto, yendo de acá para allá, dejándome los sesos en mil filosofías que me hablaban como alma, no como mujer. Nunca me satisfizo acudir al supermercado de lo políticamente correcto para pacificar mi sed de saber, o mi capacidad de amar y desear, o mi manera de vivir esta vida tan curiosa. A la hora de posicionarme, de tomar decisiones, de actuar y crear, no me han servido nunca las máximas de nadie, sino que he viajado al fondo de mi corazón para ir descubriendo ahí respuestas. Y puesto que con gran arrogancia ejecuto mis propios actos intelectuales, aquí no puedo más que compartir esta opinión, esta postura que rechaza el feminismo y su protectorado, calificándolo incluso de peligroso para la salud mental pública, y muy especialmente la de las mujeres: el ser humano, independientemente a su género, suele ser distinguido de entre otras especies por su capacidad de pensar por sí mismo, no por su sometimiento a doctrinas o por su obediencia.

Como Maleza he sido valiente y he hecho casa en lo difícil, en lo no convencional. ¡Estoy tan alejada de las mujeres actuales que también podría ser acusada de misógina! Me da igual que Spinoza o Nietzsche no me concibieran. Ya desmontaron lo que desmontaron en su momento, yo les aplaudo ya por eso. Y que las feministas españolas no me conciban es ya problema de ellas, no mío. Yo sí sueño con mujeres como yo. Mejor dicho, yo no dejo de soñar con personas que como yo se lanzan al fascinante viaje de ir a los orígenes de los mundos para saber quiénes somos, o qué podemos ser, y hacer por llevarlo a cabo, y vivirlo, habitarlo. Y ninguna voz, y mucho menos de mujer, me va a estropear o a prohibir la experiencia.