Espías, zepelines y fumadores

Espías, zepelines y fumadores

octubre 3, 2021 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

La verdad es que asistía una razón como un templo a Anthony Burgess en aquella perplejidad suya por que se diese por hecho que la cama es un útil acondicionado para proporcionar descanso al cuerpo cuando, en realidad, siempre despertamos en ella con una sensación muy similar a la de quien acaba de recibir una golpiza. Pues mire usted por dónde, como hay quien cree que durmiendo se descansa, abunda quien sobrentiende que uno se encuentra con la gente por casualidad. Y, desde luego, no es así. Al menos, con cierta gente. Y es que, como no se tenga en mente ese detalle, sobreviene el traspié y, luego de este, ya se suceden todos en fila india. ¡Los resbalones nunca vienen solos!

Porque”, leemos a Mick Herron sobre uno de los protagonistas de Tigres de verdad, su tercera novela sobre la Casa de la Ciénaga, “puede que ella nunca hubiera sido agente de campo, pero había algunas cosas que tenía muy claras; por ejemplo, que los encuentros fortuitos eran plausibles entre otras personas y en otros casos, pero no en éste, no entre espías”. Hablamos, obviamente, de gente tan brillante o tan gris que su existencia es sólo conocida por un puñado de personas, gente que se alista en el a menudo tedioso comecocos del espionaje por -citamos de nuevo a Herron- “esa vaga sospecha de que todo el mundo les es hostil”. De gente incubadora compulsiva de paranoias y tics que mantienen en alerta y permanentemente afilados sus sentidos.

En Tigres de verdad, cuyas páginas arrojan luz sobre los muchos compartimentos del Deep State donde anida la más absoluta cutrez, esos cubículos para reciclaje como chupatintas de agentes que han de ser castigados por sus tropiezos, nos cruzamos con mucho político curtido en ataques de falsa bandera y sus pertinentes esbirros, gente dedicada a “resolver problemas”, en realidad “una categoría laboral que podía extenderse casi en cualquier dirección y llevarte hasta muy lejos, siempre que no tuvieras manías a la hora de aportar soluciones”. Porque aquí “lo que importa es quién ríe el último”, aquello de Le Carré de que la única ley moral por que se justifica el espionaje es por sus resultados.

Como en tantas novelas del género, también aquí se instruye al lector a diestra y siniestra en enseñanzas de lo más provechoso para la vida cotidiana, por ejemplo -de la mano de Ingrid Tearnet, Dama de la Orden del Imperio Británico y jefa del MI5- la de que negociar con políticos -gente cuyo oficio consiste en poco más que sortear campos de minas con una sonrisa en la cara y sugiriendo que no pasa nada- siempre es rebajarse, perder categoría. O la conveniencia de no irrumpir ceñido por una camiseta blanca en la habitación en penumbra donde se va a desencadenar un tiroteo. O el recordatorio de que, cuando tiene lugar la filtración de delitos cometidos por miembros de la Administración pública, a lo que esta procede no es a investigar y procesar a sus perpetradores, sino a castigar con cárcel y persecución al descubridor de la infracción.

Ando con la novela cuando leo unas declaraciones de Carl-Oscar Lawackzec, fundador de la empresa de zepelines OceanSky, que aspira a acabar con el monopolio de los aviones en los vuelos de pasajeros. La noticia me alza la moral, pues el dirigible volvería a ser terreno abonado para los escritores de novelas de espionaje, cuyo paisaje así se refrescaría un poco, pero… Sí, pero… ¿Se podrá fumar a bordo de los zepelines de OceanSky? ¡Inevitable pregunta! Porque nadie en la industria del transporte de viajeros piensa en los fumadores salvo como presas a torturar. Quizá por ello lea uno tanta historia de espías: porque en ellas siempre está permitido fumar. ¿Podremos los degustadores del tabaco, señor Lawackzec, leer tranquilamente la próxima novela de Mick Herron -suponemos que también publicada por Salamandra– a bordo de uno de sus zepelines? Ahí lo dejo.