Sueños atalantinos

julio 10, 2021 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

Dice mi mujer, en el lema de las camisetas ceñidas al busto por quienes con ella toman clases de bulerías, que bailar es soñar con los pies. Si bien no le consta a uno que la danza sea contemplada en la metafísica hindú como sinónimo de -o vía conducente al- estado de sueño con sueños, sí sirve desde luego para despertar cualidades rítmicas que a veces permanecen como aletargadas en los rincones menos iluminados de tu constelación interior.

Pasa también con algunas ciudades y tal o cual pasión, que actúan como un clic de ratón en un recoveco del alma y ya pasas el resto de tu vida recreándote en su aura. Por ese lado, importantes en la mía han sido Benarés y también el misterio de la Gran Duquesa Anastasia. Quien decía ser esta última, retornada al sueño de la vida desde el letargo de la muerte, terminó sus días en la apacible ciudad virginiana de Charlottesville. ¡Y junto a Charlottesville sitúa Edgar Allan Poe nada menos que Benarés! Lo hace en el sueño del protagonista de su relato Historia de las Montañas Escarpadas, incluido por Roger Caillois en Poder del sueño, su antología -publicada por Atalanta– de narraciones con el mundo onírico como motivo central.

Los editores de este volumen son de hecho notorios oniromantes, pues Inka Martí publicó una selección –Cuaderno de noche– de sus vivencias en la tierra de los sueños y Jacobo Siruela escribió El mundo bajo los párpados. Si es cierto que, como en el prólogo a este ensayo dice -parafraseando a George Steiner- el Conde de Siruela, a veces los sueños se convierten en historia, el cuento de Poe forma de modo indiscutible escarpadísima parte de la mía, o yo de la suya. No son mi vida y el relato de Poe tan importantes como los sueños y las vidas de Nabucodonosor, Asurbanípal, Daniel, Escipión, José el ministro del faraón o el otro José que tan providencial visión onírica experimentó la víspera de la huida a Egipto, pero no dejan de resultar legítimamente representativos de lo evanescentes que a veces son las fronteras que separan el mundo sutil del gobernado por la vigilia durante “la porosa vida de los durmientes”, esa “segunda vida” de la que Jacobo Siruela se sorprende con razón de que el ser humano “todavía continúe viviendo al margen”, ajeno a toda preocupación por discernir su sentido.

Buena prueba de que no es siempre este el caso de los literatos lo constituye este volumen en el que encontramos muchas peripecias de soñadores con ocho apellidos chinos, no como el de la mariposa que sueña con ser Chuang Tzu, un sueño a la postre muy argentino aunque, por supuesto, también incluido. Nos narra Merimée, por su parte, en La visión de Carlos XI cómo el Rey de Suecia se topó en un salón normalmente desierto de su palacio con una profecía dinástica no poco luctuosa, en la línea de la que pasmó a Don Rodrigo cuando ordenó descerrajar la entrada a la Cueva de Hércules para no tardar en verse atravesando Fuente de Cantos a uña de caballo, perseguido por las huestes de Muza cimitarras en alto. Y a la vuelta de unas páginas disfrutamos de la lectura de La visita al museo de Nabokov, una perfecta definición de la naturaleza pesadillesca del bolchevismo, aquel paraíso de lolitas que no se depilaban las axilas.

Y no podía faltar esa puerta abierta en el muro por H. G. Wells, esa de la que habló al narrador un amigo llamado Lionel Wallace “una noche que estábamos en confianza, no hacía todavía tres meses, una puerta real que, a través de un muro real, daba acceso a realidades inmortales” y que no era -quizá, a pesar de Wells- la puerta falaz conducente a la pesadilla nabokoviana, sino la entrada a un mundo más coincidente con esos predios oníricos donde Virgilio sostenía que el durmiente habla con los dioses. Una antología como Poder del sueño hilada con autores de nuestro presente resultaría, en verdad, proyecto difícil de rematar y muy probablemente frustrante, porque hoy cualquiera considera que puede ser escritor -incluso muchos editores así lo creen- y escritor no puede serlo quien, entre otras cosas, sueña poco, o sólo sueña chorradas o no recuerda nunca lo soñado, que es el mal de cada día de tantos.

La puerta, sin embargo, siempre está ahí y basta con abrir la de este libro para que nos acordemos de ello. Prueben y verán.