Cosas que se ven en el cielo

Cosas que se ven en el cielo

julio 10, 2021 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

No he visto ángeles en el cielo”, declaró German Titov, segundo cosmonauta soviético en órbita, al volver a la Tierra. A aquella afirmación suya nos remite claramente el subtítulo –De cosas que se ven el el cielo– del que fuera el último libro de C. G. Jung: Un mito moderno, ahora recuperado por Reediciones Anómalas y escrito en varios empujones entre 1954 y 1958, año este en que salió de imprenta. Dado que el vuelo de la Vostok 2 data, como el de Gagarin, de 1961 y fue, por tanto, posterior a la publicación del libro, sería acaso más ajustado decir -¡al César lo que es del César!- que es la frase de Titov la que nos hace evocar la de Jung…

Éste empezó a pergeñarlo en el marco de la Guerra Fría, cuando el fenómeno ovni se expandió y cobró notoriedad hasta el punto de, tal vez y como sostiene Ken Hollings, convertirse en uno de los principales factores propulsores del mercado de los ansiolíticos. La Fuerza Aérea había puesto en marcha hacía tiempo el proyecto Libro Azul, que en principio consideraba a los ovnis naves extraterrestres, pero a partir de 1949, en coincidencia con importantes oleadas de avistamientos sobre instalaciones del programa nuclear americano, dio un giro y adoptó como finalidad la de hallar la explicación a sus apariciones en causas naturales.

Por entonces ya habían saltado a la palestra los primeros “contactados” hablando de los tripulantes de esas aeronaves como una especie de ángeles portadores de mensajes edificantes y, a partir de sus “revelaciones”, se habían dado los primeros pasos para tratar de fundar tal y cual pseudo religión. En ese contexto, Jung consideraba el ufológico “un fenómeno de la mayor importancia” y “un símbolo emanado de lo inconsciente”. Le interesaba el carácter de significante de totalidad que, en un mundo dividido por el Telón de Acero, parecía encarnar el platillo volador, un tipo de incidente que no dejaba a su paso huellas físicas y sobre el que una sociedad cada vez más materialista, además de angustiada por el miedo al holocausto nuclear, proyectaba sus esperanzas de salvación, reemplazando por el viaje a otros planetas el acceso al Paraíso espiritual prometido por el cristianismo. Se centró, pues, para su estudio en el estado psicológico de los testigos, interesándole la temática ovni más por su existencia psíquica que por la física, y recurrió para explicarlo al valor que, desde la noche de los tiempos, es otorgado a símbolos como la esfera o el círculo por el imaginario religioso y mitológico de todas las civilizaciones.

La verdad es que leer este libro en 2021 te sume en un estado de ánimo parejo al del Richard Gere que se adentra en los paisajes de Mothman, esa película de penumbras y silencios que halla su desenlace en tan simbólico lugar como un puente después de que su protagonista sea contactado por indefinidas entidades remitentes de mensajes apocalípticos. Revisar sus páginas es sumergirte en una cascada de testimonios susurrantes, salidos de labios de gente semiaturdida. Es circular de madrugada por una carretera de Estados Unidos en la que el único coche es el tuyo y flanqueada sólo cada tantos kilómetros por moteles con anuncios fluorescentes. Es volver atrás, a aquellos primeros libros del género ufológico, eternos y polvorientos best sellers de los mercadillos, en relación con los cuales no presentan los actuales, la verdad, ningún patente avance…

El otro día, en el canal Paramount programaron Mothman junto con Señales, de Shyamalam, donde la invasión platillista y alienígena es vinculada a los círculos del maíz, puesta en escena que Jung no alcanzó a conocer pero que le habría, sin duda, suscitado largas reflexiones psicológicas. Por nuestra parte, no podemos dejar de asociar esos “cascos de aluminio” -en realidad, papel de plata del que envuelve las chocolatinas- con que Graham y su familia se protegen de los marcianos con las mascarillas que nos preservan a nosotros del ataque del coronavirus. Cayó en el mismo lote otra de Shyamalam, El incidente, con lo que a la abducción y los ovnis se sumaba el terror generado por una pandemia de origen ignoto. No habría estado fuera de lugar añadir al maratón El bosque, representativa también de ese mundo de ruidos detrás de las paredes del director indio, tan junguiano en ciertos respectos y en la que la empalizada que rodea y el ocio reglamentado que domestica a los firmantes del contrato social anticipan en cierto modo la vida casi cien por cien online a la que con creciente insistencia somos invitados a sumarnos.

Escribió Jung que: “Esta historia, si tiene algún sentido, es un síntoma fascinante del estado mental de nuestro tiempo”… Leemos ahora esa tan lúcida impresión suya y, sobre todo tras un echar un discreto vistazo en derredor, a los otros clientes del bar, a los otros pasajeros del vagón, a los otros jugadores en la cola de la bonoloto… volvemos a pensar en las Señales de Shyamalam y, sobre todo, en la familia de Graham con el cucurucho -perdón, con el casco de aluminio- en la cabeza. ¡Inevitable!

¡Cascos de aluminio para todos! ¿No es poco más o menos lo que de nosotros se espera y se nos exige hoy a diestra y siniestra?