Señales (un relato de Joaquín Albaicín)

Señales (un relato de Joaquín Albaicín)

abril 23, 2021 0 Por Ángulo_muerto
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Memorias de la Comarca de Tentudía1 (III)

JOAQUÍN ALBAICÍN

Aún no había llegado a las pantallas españolas la última temporada de Homeland, así que Carrie Mathiesson se desesperaba en su celda en una prisión moscovita del GRU, sin recibir la medicación de que precisaba para poder mantener bajo control el trastorno bipolar. En cuanto al pueblo, llevaba el cielo cosa de diez horas descargando a ritmo sincopado gotas gruesas y persistentes. El embajador de la Rusia zarista en Fuente de Cantos no era hombre de paraguas, pero la insistencia de su mujer y la evidencia de que, en una localidad sin taxis u otro transporte público, la climatología adversa no dejaba muchas opciones a un hombre que no conducía, vencieron sus recelos.

A eso de las nueve y media de la mañana y tras salir de su casa, donde abría sus puertas también la legación, bordeó aquella mañana de vísperas de la Navidad de 2020 la carretera para, dejando atrás la estatua de Zurbarán, la Patería de Sousa, los bares y el vivero de plantas, llegar por fin al arco de entrada al Hotel Rural La Fábrica, instalado en lo que antaño fuera un molino de harina que recordaba a esas historias de nazis evadidos a salto de mata, de convento en molino y de molino en convento, tras la II Guerra Mundial.

Era un hotel repleto de enigmas para cualquier ojo avezado. El más intrigante era, a entender del embajador, el de que hacia la mitad del elegante vestíbulo se topara siempre uno con un enjambre de diez o doce moscas revoloteando sobre el centro del parquet, hecho harto llamativo teniendo en cuenta que por el resto del recinto no se atisbaba rastro de ningún otro insecto alado. El diplomático lo atribuía al hecho de que justo bajo ese punto, en el sótano y sin que nadie lo sospechara, guardaba Jules, el dueño, los restos de la Lunik soviética caídos en 1965, en plena Guerra Fría, en las cercanías de Fuente de Cantos. ¿Qué extraño magnetismo ejercían sobre las moscas locales aquellos despojos de fuselaje espacial?

Aunque claro, en aquel hotel tan de continuo frecuentado por operativos de inteligencia de todas las naciones, pertinentemente camuflados bajo identidades ficticias, tal vez aquel revuelo de pequeñas zumbonas no constituyera más que el cifrado por su dueño, Jules, de un discreto mensaje recordatorio para todos del célebre dicho de: “En boca cerrada no entran moscas”… ¡No le extrañaría!

Porque luego estaba el postre estrella de la carta de su restaurante, ese pudding a base de ciruelas de Elvas y de Carlston, almendras, pasas, frutas escarchadas y jengibre. ¿Tan atontada estaba la gente que nadie había caído en que se trataba de una receta de Agatha Christie y, por tanto, de ningún modo podía ser casual la insistencia del hotel en incluirlo todos los días del año en el menú?

Para sorpresa del embajador, Jules, tampoco hombre de paraguas, estaba en ese momento asomado a una de las ventanas de la primera planta con uno en la mano, que le vio abrir de repente para, al momento, cerrarlo. ¡Así, abriendo un paraguas, se dio la señal de entrar en acción a los francotiradores que acabaron con Kennedy! ¿A qué obedecía aquello? Como deparaba mala suerte abrir un paraguas en un espacio cerrado, ¿abría él uno por la ventana, así, al buen tuntún, para propiciar el soplo de la buena fortuna?

El embajador decidió hacer una prueba. Pese a arreciar la lluvia, cerró y volvió a abrir dos veces seguidas su propio paraguas. Y, para su asombro, Jules, desde la ventana, repitió la operación. ¿Contestándole? ¿Le había confundido con otra persona con la que creía estar comunicándose? Pero no, no… ¡Eso era imposible! ¿Acaso había en Fuente de Cantos más gente que se tocara la cabeza, como él, con un gorro de piel de Astrakhan?

En ese momento, llegó a sus oídos el silbido del afilador. Volvió la vista hacia la derecha y vio pasar por la carretera, a no mucha velocidad, una camioneta de Tapicerías Cortés cuyo dueño, agárrate los machos, había estampado en la carrocería de la trasera el mensaje: “Le Carré vive” junto al rostro del célebre escritor, que había cruzado el Muro de Berlín que nos separa del ultramundo sólo unos días atrás.

¡No podía seguir adelante sin, previamente, meditar a conciencia sobre todo aquello! Como haciéndose el tenca, volvió despacio sobre sus pasos.

Le pareció percibir, desde la distancia, una sonrisa sardónica en el rostro de Jules…