“La embajada” (un relato de Joaquín Albaicín)

“La embajada” (un relato de Joaquín Albaicín)

febrero 27, 2021 5 Por Ángulo_muerto
Spread the love

Lecturas totales 1,711 , Lecturas hoy 11 

Memorias de la Comarca de Tentudía[1] (I)

 

JOAQUÍN ALBAICÍN

Aquella gélida mañana de diciembre se dijo mientras mojaba la perrunilla en el café que, para evitar malentendidos, debería colocar a la entrada de su casa o, al menos, de su despacho una placa explicativa para el recién llegado de que la estancia en la que se disponía a ser recibido no era sólo una vivienda privada, sino, además, la Embajada de la Rusia Imperial… Su mismísima legación oficial no tanto, no, como en Extremadura o la Comarca de Tentudía, pero sí, al menos, en las décadas de los años 20 y 30 del siglo XX, donde la verdadera Rusia había dejado hacía tiempo de contar con un cuerpo diplomático acreditado. De ese modo, a fuer de llenar un vacío consolidado el ascendente de la figura del Zar en al menos ese lapso temporal, de paso él se evitaría más de un encuentro enojoso, pues ya tendría una idea aproximada de quién tocaría a la puerta y de si debería abrirla o no.

Podían ser quienes hicieran sonar la aldaba un cosaco del Ussuri o una condesa petersburguesa necesitados de renovar su visado de residencia en París o Belgrado. O el apoderado de Cagancho o de Lorenzo Garza pidiendo fotocopia compulsada del contrato en Valencia de alguno de los dos. O Alexander Korda buscando figurantes para el rodaje de La Condesa Alexandra. O un mensajero del Dalai Lama. O un comerciante con filetes de mamut deseoso de hallar en España salidas a su producto. O un general anhelante de redimirse de sus deudas de juego por alguna vía distinta del suicidio. O un vampiro húngaro. O un mediador de Stalin ofreciendo limar asperezas. O Simenon proponiendo salir a tomar una copa. O un caballero falto de padrino para un duelo. O un alpinista y cazador de yetis. O la supuesta Gran Duquesa Anastasia. O quizá Javier Viñuelas, cónsul oficioso de Tíbet en la vecina villa de Bienvenida, de la que era cronista. O Harry Stephen Keeler buscando un Buddha de plata y tallado en ademán de taparse los ojos con las manos. O Greta Garbo… En cuanto a gente de otro aire, no debía preocuparse demasiado, pues estaba claro que la placa propiciaría una radical reducción del número de eventuales visitantes, al disuadir a ciertos perfiles de dejarse caer por allí.

Tras levantar la aguja del vinilo de Norah Jones que giraba sobre el plato, se asomó el embajador a la ventana desde la que podía vislumbrar los tejados de las casas vecinas y el cielo color panza de burra desde hacía dos días y, en aquel en que se había sabido de la muerte de John Le Carré, aspiró hondo el aroma de la yerba del solar colindante. Se comentaba en todo Fuente de Cantos. En vísperas de Navidad y por sorpresa, el Gobierno había pegado una feroz mordida a miles y miles de pensiones aprovechándose de la actitud de sumisión extendida por el miedo a la pandemia y con la excusa de que los afectados tenían una multa pendiente de pago. Y nadie había dicho ni pío. Abrió veinticuatro horas después un diario y -¡todo el mundo a la orden!- no encontró en sus páginas ni un solo comentario sobre la cuestión. La gran noticia del día era que la incidencia de los piojos había descendido mucho, siendo ese uno de los aspectos positivos que agradecer a la pandemia. Una gran noticia, sin duda, pero una gran noticia para los diarios de 1921 o por ahí. Por un momento se preguntó si no estaría leyendo uno de entonces, pero no. En ese salían Pablo Iglesias -el actual, ese al que no habían dejado viajar a Rabat por haber metido en su cama a una espía marroquí y haber quedado grabadas todas las confidencias que le hizo- y Pedro Sánchez y Casado y Abascal. No halló en él nada sobre la inauguración por Alfonso XIII de la primera línea de metro, ni sobre las recientes escaramuzas de la Legión Extranjera francesa contra los beduinos. Y todo estaba escrito en la neolengua orwelliana habitual. Así que, claramente, seguía en 2020 y en España.

Andaban las televisiones, la prensa y los móviles con que si se volvía o no a confinar a los ciudadanos de aquel país de calles desiertas y, cayendo ya la noche, el embajador de Rusia se llegó hasta el Salas, su bar de cabecera, cerca del cual, en el balcón del ayuntamiento, ondeaba la bandera a media asta por el rey de la novela de espionaje. Algo atemorizado el pueblo con la pandemia, la concurrencia sólo la componían Bernardo, dueño y camarero; Pepe Rebolledo, director del Centro Meteorológico local; y, tubo de cerveza en mano y recostado contra la tragaperras, El Camarada, último marxista-leninista de la Piel de Toro que le iría, se dijo, que ni pintado como agente de seguridad en su embajada zarista. Con el embajador, sumaban cuatro. En el exterior tronaba el cielo y destellaban los relámpagos, y la luz de las farolas permitía distinguir las chinescas piruetas de los murciélagos, culpables de la plaga según tantos, volando cerca del campanario. Le asaltó la impresión de que estaban los cuatro representando una de aquellas obras de Casona o Buero Vallejo emitidas cuando era niños por Estudio 1.

Y volvieron a su cabeza muchas imágenes del pretérito. Rocky Balboa encendiendo el televisor para que sus tortugas no se aburrieran. Los cuatro elefantes cuyos lomos sostuvieron la torreta de madera desde la que Kublai Khan, ya septuagenario, dirigía la batalla. El ataque a Panamá de Henry Morgan y la mitad de su mapa del tesoro en poder de La Rochelle, el francés amado por Anne Providence, la mujer pirata y ahijada de Barbanegra que, por celos, trató de vender a su esposa en el mercado de esclavos de Maracaibo, donde un jeque acababa de adquirir a la hija de un rey azteca. Y es que: “¡Eres una deshonra para nuestro sexo!”, había osado ésta proferir a su rival.

Era magnífico poseer un banco de imágenes tan rico. Preguntado Porrina de Badajoz por la razón de llevar siempre gafas negras, respondió: “Para ver lo que yo quiero”… Algo parecido dijo Miguel Mihura al periodista que le preguntó qué preparaba para la próxima temporada, ya a la vuelta de la esquina: “Unas gafas de color rosa para verlo todo así”. Ese río de imágenes conformaba su cinturón de aislamiento, su personal barrera de protección.

Y es que también él procuraba ya ver sólo lo que quería y prestar la mínima atención posible a políticos y demás salteadores de cuentas y conciencias. Sosteniendo con dos dedos el platito sobre el que humeaba su café, tomó asiento a una mesa del fondo y abrió la carpeta portadora de los recortes de prensa bajados de internet que componían su periódico de ese día: un artículo de Emilio Romero, otro sobre la gesta madrileña de Curro Puya ante los toros de Coquilla, otro de Cirlot sobre la mística guerrera, otro acerca de la ruptura con su agente de Nadiuska, beldad del destape, un breve cuento de Joan Perucho y una entrevista a Pola Negri sobre su papel protagonista en La cartilla infamante, descrita por ella para Heraldo de Madrid como una “emocionante y dramática historia de una muchacha del pueblo perdida en Moscú bajo el dominio sovietista”.

Tomado ya su baño con esas espumas que, a su entender y sentir, en ningún sentido habían perdido un ápice de actualidad, se despidió cordialmente -¡mañana sería otro día!- de los presentes y, alzándose el cuello del gabán, enfiló calle Llerena arriba hacia su casa. Pasó ante los escaparates iluminados del centro cultural flamenco, de la tienda de regalos y de la mercería, torciendo a la derecha al llegar a la esquina del despacho jurídico de los Sabán. Ya en casa, nada más entrar en la sala que le hacía las veces de embajada constató alarmado su olvido de cerrar antes de irse la ventana, por la que había penetrado un murciélago que, cegado por la luz de las lámparas, volaba enloquecido de pared a pared sin dar con la salida. ¿Qué significaba la perturbadora y ruidosa irrupción de aquel animal ya maldito en el Levítico, la Sibila Tiburtina, el manuscrito del Cedro del Líbano y tantos otros escritos proféticos?

Sin perder la calma, se caló el gorro de piel de Astrakhan colgante del perchero coronado por el águila bicéfala junto a la puerta y, usando como escudo un pesado tomo de la edición facsímil de Dígame, en concreto el que agrupaba los números de 1943 y 1944, se dispuso a plantar cara al mal. Tomando uno de los varios matamoscas con pala de plástico, pero enastados en marfil y estratégicamente distribuidos por toda la casa, inició el combate, fatigoso en extremo por cuanto la alada fiera, enceguecida, ni por un momento detenía su frenético vuelo. El embajador, no obstante, trazó sin cesar y sin desespero, en el aire, fintas cuyo silbido no habría mejorado la cimitarra del mismísimo Saladino. Por fin, fue el bicho a toparse contra el lomo de El abominable hombre de las nieves, el clásico de Ralph Izzard sobre la expedición patrocinada por el Daily Mail para dar con el yeti, y, aprovechando el atontamiento en que por unos momento quedó sumido, no tuvo piedad y le propinó con su matamoscas el golpe de gracia.

Apenas se detuvo a mirarlo antes de, con la misma pala, arrojar por la ventana el cadáver inánime del vampiro recién pasaportado al desolladero y, a sus ojos, neta encarnación de Hacienda. ¿Qué piojos ni que…?

Se hundió respirando con pesadez en su sillón de cuero negro, desde donde alargó el brazo para colocar sobre el plato el disco de Erik Satie. No era la música que más pegaba con ese animal, pero… ¡Ah! ¡Qué deliciosa melancolía!

[1] Todas las alusiones a personas reales, incluidas las conocidas por todos en España o el extranjero, son ficticias.