Fatalidad

Fatalidad

febrero 8, 2021 0 Por Ángulo_muerto
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Mayte Ruiz Marcos

14/06/2020

Sucedió al caer la tarde, un día del mes de abril.

Nació en una pequeña aldea de Cangas de Narcea, Villar de Naviego, situada en el suroeste del Principado de Asturias, en plena naturaleza entre valles, montañas y ríos. Fue creciendo a la par que las vacas, gallinas, cerdos y demás animales que sus padres atendían como medio de vida y sustento de la familia, que componían ellos tres y una hermana mayor que Paquín.

Llevaba dentro de sí la placidez que le debió de proporcionar el trocito de mundo que le rodeaba. Siempre le gustó divertirse con sus amigos, y tenía una pasión, que eran los coches. El divertimento debía buscarlo en los pueblos de alrededor, pues no eran demasiados vecinos en la aldea, por lo que tampoco abundaban los bares y menos las discotecas. La infraestructura de la red viaria no puede decirse que ofreciera mayor facilidad para los desplazamientos entre unas y otras localidades. El terreno escarpado y repleto de curvas tampoco acompañaba. Aunque, no por ello, los jóvenes se quedaban recluidos en la aldea. La ultima vez que Paquín estuvo con sus amigos, acordaron ir a Luarca, en vez de a Cangas para la siguiente salida. Conocían un bar donde se escanciaba la mejor sidra de toda Asturias, y como fin de fiesta se irían a la playa con unas cuantas botellas.

Llegó el día señalado y aquella tarde salió de su casa en su flamante bólido, dispuesto a pasarlo a lo grande. Hasta de madrugada no volvería a su casa. Todo le hacía presagiar que las horas que restaban del día serían inolvidables. Así de ilusos somos los humanos cuando pensamos que lo mejor está por llegar. Sin embargo, nadie pudo anticiparse a por qué ese día sería inolvidable. Cuánto se divirtió Paquín, nunca pudo saberse, ni tampoco cómo sucedió el hecho en realidad. El caso es que lo que nunca tuvo que haberse producido, acaeció a altas horas de la noche.

Ya de madrugada la familia recibió la llamada. Quien primero se tiró de la cama fue la madre, pero el padre se adelantó y cogió el teléfono. Al otro lado, alguien dijo:

¿Es usted Antonino?

Sí, yo soy —respondió con voz temblorosa mientras su mujer, pegada a él, intentaba oír lo que le decían.

Somos la Policía de Cangas —con un tono que no hacía presagiar nada bueno.

¿Pasó algo?

Su hijo ha tenido un accidente.

¿Está grave?

Está muy mal.

¿Dónde lo tienen?

En Virgen de la Piedad.

Vamos ahora mismo.

Rompió a llorar la madre de Paquín sin estridencias, con un sollozo contenido como para sus adentros, y lleno de amargura y desolación. El padre no dejó caer una sola lágrima, pero dentro de él parecía estremecerse la tierra entera. Únicamente pudo pronunciar cuatro palabras: «Anda, mujer, abrígate, vamos».

Paquín no perdió la vida, pero el accidente le marcó un antes y un después. Es muy posible que, con la incapacidad que nos caracteriza a la especie humana para anticiparnos a los acontecimientos, a Paquín nunca se le pasara por la cabeza la posibilidad de sufrir ningún percance. Él conocía la carretera como la palma de su mano y su automóvil era de alta gama. Sin embargo, una curva le sorprendió, la niebla hizo su trabajo y el coche cayó por el precipicio.

Durante más de tres años los mejores cirujanos intentaron recomponer todo lo que Paquín perdió en aquellas innumerables vueltas de campana, desde que se salió de la carretera hasta que llegó al fondo del valle. Las sucesivas operaciones de cirugía estética no consiguieron devolverle nunca sus facciones de siempre. Tras el traumatismo craneal, debieron reconstruir su cráneo adentrando una placa de titanio que desfiguró su frente; el ojo que perdió por el fuerte impacto fue sustituido por uno de cristal, y su voz, debido a la traqueotomía que le practicaron, nunca volvió a ser la misma.

Pero la vida, que suele abrirse camino como la flor entre el asfalto, siguió su curso. Paquín volvió a su casa para seguir entre los suyos. Su universo, después de su familia, eran también los animales que vivían en la cuadra, los verdes prados, los abedules y los corzos; todo cuanto le vio crecer.

El tiempo fue pasando y, al igual que le reconstruyeron a él, él rehízo su vida; y quizás no estuviera en su planes, pero el caso es que le salió novia.

Paquín, ha llamado Adelina —le dijo su madre, con tono festivo.

Pues que llame —dijo él con cierta aspereza.

Le he dicho que llamarías. ¡Es tan buena rapaciña!

Sí, es verdad.

Hijo, algún día nosotros faltaremos y…

Ya está, mama, ahora la llamo —dijo Paquín, muy lejos del entusiasmo que mostraba su madre.

A pesar del ahínco de Benilde, Paquín, por las razones que tuviera, plantó a aquella chica de tan buena familia. Nadie volvió a comentar nada sobre el tema. Y siguieron pasando los años. La hermana mayor se casó. El padre falleció y la madre enfermó de Alzheimer. Ya solo quedaban en la casa ellos dos, madre e hijo. Un mañana fue a visitarles Argentina, tía de Paquín y hermana del padre.

Paquín, nin. ¿Cómo estáis?

Pues bien, tía, no te apures. ¡Si la vieses el otro día en la cocina! —dijo él, entre satisfecho y conmovido.

¿Arreglaste bien, nin? —le dijo su tía, que era a la vez su madrina y siempre le tuvo predilección.

Pues claro. Ya lo sabes. —No era un tono áspero, sino cargado de dolor.

Si no quieres sacarla de casa, tienes que coger a alguien para que te ayude.

Ya te lo he dicho —respondió Paquín, parco en palabras, pero de ideas claras.

No sabes los años que… —le dijo su tía.

Paquín, sin dejarle terminar de hablar, dijo:

¿Recuerdas el tiempo que estuvo ella sin moverse del hospital, cuando tuve el accidente?

¡Ay, probetín! Vendré a veros siempre que pueda.

Aquí estaremos. Ven cuando quieras, tía —dijo Paquín, mientras la estrechaba contra sí.

Fueron trece los años que Benilde sobrevivió. Cuando dejó de padecer, ya solo habitaba la casa Paquín. Eran muchos los que se preguntaban de qué podría llenar esa casona un hombre que vivía tan solo. Una vez más la vida volvió a abrirse camino y Paquín, que acostumbraba a conversar consigo mismo, de nuevo, se replanteó la suya…

¿Para qué necesito tantas vacas?

Te sobran la mitad —le respondió su otra voz.

¿Y el resto de los animales?

Lo que tienes que comprarte es un tractor, el pascualín está ya viejo.

Tienes razón. ¿Y si me compro otro coche?

Allá tú.

Parecía como si el alma de Paquín, aún repleto también de cicatrices, conservara el gusto por vivir. Es grande el instinto de supervivencia entre algunos individuos de la especie humana. Así, una tarde llamó a su hermana.

¡Rosalía!

¡Paquín! ¿Qué pasa? —dijo la hermana, un tanto asustada por el ímpetu de su hermano.

Muchas cosas, hermana. —En un tono bromista, que solo utilizaba con ella.

Vamos, cuéntame.

Quiero comprarme un coche.

¡Pero, Paquín! ¡Tú estás loco!

¿Cuándo puede venir conmigo Arcadio?

Piénsalo un poco. —Sin mucha convicción, conociéndole.

¿Te parece que no he esperado bastante? Díselo y mañana te llamo.

¡Ay, rapacín! —Con resignación y ternura.

¡Adiós, Rosalía!

Hasta mañana, Paquín.

Y Paquín, que debía intuir la fugacidad de la vida, volvió a confrontarse consigo mismo, se compró el coche; y, a su manera, siguió disfrutando aquello que el destino le permitió. En ese momento y más que nunca se cobijó en la madre naturaleza, sus animales y en el cariño que le mostraban sus vecinos.

¿Dónde vas a estas horas, Paquín? —le preguntó Salmo, casi anochecido y nevando.

A recoger a la Pinta y a la Lucero.

Ellas aguantan. Juanín las dejó la otra noche en el prao.

Yo no soy Juanín. —Al lado su perro se cruzaba entre sus piernas, a la vez que ladraba contento.

¿Qué hay, Zisco? Como siempre al lado de tu amo.

Es mi mejor amigo. —Acompañaba a sus palabras cierta amargura.

¡Cuídate, Paquín!

Igual tú, Salmo.

Y así, al igual que va discurriendo la vida, Paquín siguió caminando. Hasta que un buen día llamó la atención de los vecinos el mugir mantenido de las vacas. Sabían cómo Paquín cuidaba todo lo que estaba a su alrededor.

No puede ser que se haya olvidado de darles de comer —dijo Suso, con tono preocupado.

Habrá ido a Tineo a hacer algo y se ha descuidado —respondió Dionisio— o entretenido.

Es muy raro —dijo Juanín mientras, como pensativo, se ajustaba la boina.

El caso es que no andaba bueno desde hacía unos días —dijo Antón.

Solo le faltaba que hubiera cogido ese dichoso virus —dijo Suso, mientras golpeaba su bastón contra el suelo, con ademán de fastidio.

Cuando terminaron de hablar, cada uno continuó con sus labores. Llegaba la tarde y las vacas seguían mugiendo. Ya Suso fue hasta su puerta y llamó.

¡Paquín! Soy yo, Suso, ¿estás ahí? ¿Te encuentras bien?

No hubo ninguna respuesta. Acordaron llamar a la hermana. Fue Suso quien lo hizo…

Rosalía, soy Suso.

¿Cómo es que llamas tú? —dijo la hermana, siempre un poco con el alma en vilo.

Tranquila. Es que las vacas están mugiendo ya hace horas y Paquín no abre la puerta.

¡Ay, Dios mío! Él nunca dejaría sin dar de comer a sus animales.

¿Qué hacemos?

Ahora mismo va Arcadio para allá con las llaves. —Aún queriendo ser resuelta, la voz se le quebraba.

Arcadio se acercó hasta la aldea. Llamó. Nadie respondió. Intentó abrir con las llaves. No pudo. Era como si estuviera echado el seguro por dentro de la casa.

¿Y qué hacemos?—dijo Suso.

Tendremos que llamar a la policía —respondió Arcadio.

Llegó la policía acompañada del forense.

Entraron en la casa. En la planta baja, no había nadie. Oyeron ladrar al perro de Paquín. Subieron al primer piso y se acercaron hasta su habitación. Cuando Arcadio cruzó el umbral de la puerta y vio a Paquín, no fue capaz de articular palabra alguna, solo se echó las manos a la cabeza, a la vez que casi de forma violenta retrocedía unos pasos. Allí encontraron a Paquín, con Zisco a su lado, desplomado en el suelo, prácticamente desnudo, con un solo zapato, todo ensangrentado y ya sin vida.

La preocupación que llevó a Suso a pensar que el Covid-19 hubiese alcanzado a Paquín se desvaneció de forma inmediata. Enseguida se dieron cuenta de lo que había ocurrido

No fue el Covid-19 quien se lo llevó, quien terminó con su vida fue el toro que Paquín tenía bien atado en la cuadra.

En el transcurso de su corta existencia, y sin haberlo elegido, Paquín se paseó por la calle de la amargura, librando duras batallas consigo mismo, lo que nunca hubiera supuesto es que su última afrenta con la vida fuera la de luchar cuerpo a cuerpo con el toro que compró siendo ternero, para que un día fuese el semental de sus vacas, y que siempre se comportó como manso cabestro. También Paquín se fue sin ninguna despedida.