El enigma de los espejos

El enigma de los espejos

enero 24, 2021 0 Por Ángulo_muerto
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José Pazó Espinosa
Editorial Langre 2016

Si no fuera porque a José Pazó se le asocia fundamentalmente con todo lo japonés, esta lectora hubiese accedido de manera más inmediata a las imágenes que su narración proporciona, espacios y rostros y acciones que se van construyendo con la meticulosidad de una oración o canto sacro: después de todo es a base de repeticiones como nuestra percepción dota a cualquier cosa con atributos de realidad. Por ello también se produce el efecto de un viejo cinematógrafo: una serie de fotografías o fotogramas que lenta y concienzudamente elaboran un paisaje y le conceden una narrativa cuyo transcurrir hubiese admirado a Buñuel, Maya Deren y otros surrealistas

«El viento me susurra mi pacto con la muerte». Gouache, lápiz y collage. Rosemary Thorne.

Esta persistente voz o eco de testaruda potencia a mí me convocó grandes experiencias de lectura como El libro de los abalorios de Herman Hesse, Las tiendas de canela fina de Bruno Schulz y El libro de los márgenes, de Edmond Jabés, precisamente porque sobre ese juego de líneas cada uno de los lectores podemos posarnos y darnos al conocimiento de ensortijar ensueños y construirnos el ser y los mundos con ritmo de cábala. Nos concede el método o la forma o la manera de explicarnos o contarnos a nosotros mismos hasta lo más complejo que podamos imaginar.

En efecto, El enigma de los espejos son 342 páginas sin capítulos o unidades menores compuestas sin ninguna interrupción por frases de un sólo renglón; alrededor de siete, en el caso de enumeraciones. La técnica gramatical se desarrolla sencilla y perfecta . En cuanto a la trama, si la hazaña era no dejar ningún cable suelto alrededor de un misterio, el autor lo consigue de manera que todos los finales (de cada cabo) ‘parezcan’ los adecuados. ¿Pero qué es ‘lo que parece’? ¿Qué se refleja? ¿Y cuál es el misterio?

El principio parece vano, fácil, pero es pura apariencia: ¿cómo va a ser simple un libro que comienza con la muerte dándose un garbeo por el río? En breve nos topamos con un extraño, una especie de hijo pródigo, y sin saber cómo o cuándo, de repente nos convertimos en él mascando piedra de cueva, cáscaras de preguntas que habíamos olvidado y la antigüedad de nuestros huesos. Nada más torcer la siguiente página ya no podemos escapar porque nos ha poseído una mitología similar a la de Comala o Macondo pero propia, de esta nuestra península Ibérica tan multi-tribal y pintoresca.

«El enigma de los espejos». Libro de artista. Rosemary Thorne.

Este ejercicio de escritura pertenece al realismo mágico que celebramos con García Márquez y Juan Rulfo. Aquí en España no llegaremos nunca a llamarlo así porque ya no sabemos ni ver, ni leer, ni distinguir, ni elegir, ni tener la imaginación de imaginar. Esa sería la segunda de las razones por las cuales creo que este libro no ha gozado de la acogida y de la atención que merece, incluyendo la de las «altas esferas de la crítica literaria española o en castellano»: desde hace dos o tres décadas determinadas editoriales copan el mercado produciendo el mismo tipo de escritos con el mismo tipo de escritores con el mismo tipo de absurdas realidades en las que, efectivamente, se nos repite hasta la saciedad una supuesta verdad a la que se le está cayendo el lacado. Como consecuencia, eso ha producido un determinado tipo de lector al que se ha acostumbrado a consumir un imaginario simplón derivado de un muy insulso materialismo histórico, lector al que se ha acabado castrando y cegando para que no atienda al envés de los acontecimientos, exquisito a veces, oscuro siempre, como bien sabe el extraño extraño de las Minas de José Pazó. Es hora de acabar con manipulaciones: El enigma de los espejos podría perfectamente servir de texto inaugural a un concienzudo intento de narrar y narrarnos de manera diferente; eventos rotos, en este caso; silencios incompletos, espacios liminales. Yo sé que este es el libro que muchos poetas querrían haber escrito.

Nos encontramos, así, en las minas, y el azufre nos intoxica con su olor y su color, y hablamos una lengua de lógica ininteligible mitad de caminante mitad de matemático adicto a la persecución de la medida, y asistimos tanto a visiones espantosas como a escenas de imposible belleza sin realmente saber si somos la hermana con estrellas en los ojos o el perro cuevero con carroña putrefacta entre los dientes. En medio del paisaje espectral de noches sin días fluye el río, siempre portador de muy cotidianas sorpresas: hay estricta y constante distancia con cosas de ese otro ‘real’ ordinario que aparece cuestionado como por Robert Laing, el carácter principal de High Rise, una de las distopías de JG Ballard. Son interrogantes bobos, obvios, en ocasiones declamados con cierta sorna, con excelsa guasa, acerca de este estupendo vivir en este fabuloso mundo occidental y contemporáneo. Todo es ideal hasta que unos fuegos artificiales estallan o suceden unos reflejos en la piscina y sentimos asfixia, claustrofobia, una amplia variedad de desórdenes psicológicos. Afortunadamente la cueva el espejo el territorio se alía con lo alucinatorio de un primitivo sentir de manera que la superficial ingeniería de la perfección y sus secuaces ya no tienen poder. Carecen de poder. Ya no les damos poder.

«El enigma de los espejos». Libro de artista. Rosemary Thorne.

El título promete un enigma: si tenemos en cuenta que cada uno de nosotros percibe solo aquello que le es dado percibir, no todos seremos capaces de atravesar la a veces ominosa geografía que Pazó recrea con su laberinto de azogada plata y alcanzar la última página con el secreto entre los labios. No soy experta en Wittgenstein, admito: sólo le conozco por lo que Norman Malcolm escribió de él. Pero gracias a mi intuición, (no mi razón), puedo asomarme a este libro y disfrutarlo y deslizarme capa tras capa en una práctica semiótica que puede ser o no lo que el autor escribió, ya que a veces algo es lo que es y otras veces no.

Sí poseo la certeza de su pacto con la muerte porque es uno de los versos más persistentes y porque de pactos sabemos un poco; es eso que los escritores firmamos cuando las palabras rebasan más allá del borde, cuando el oficio se nos vuelve alquímico y escuchar esa voz supone perder perder perder. Estoy hablando de una raza de escritores al borde de la extinción, claro; no de los que desde hace treinta años trabajan como subconsciente del colectivo español con muy mediocres resultados. Por el bien de nuestra lengua y de nuestra cultura sería muy necesario que se dejase de creer que estas «grandes estrellas de las letras españolas» son el único discurso que cuenta nuestra historia y que nos aporta saber.

 

«El enigma de los espejos». Libro de artista. Rosemary Thorne.

Una última razón por la cual creo que el lector no presta atención a este libro a la hora de elegir uno de entre todos los expuestos en las librerías: la portada elegida para este extraordinario recuento de espejos y reflejos de sulfúrica ebriedad quizá no sea la más adecuada. En todo caso espero ya la próxima novela o escrito de José Pazó, ya que su obra ha de ser objeto de ese tipo de meticulosos coleccionistas de lo que históricamente vale y pasa desapercibido.

Rosemary Thorne
Madrid 2021

Rosemary Thorne es miembro de Horror Writers Association y vive en Madrid.