Del Caúcaso a París

Del Caúcaso a París

diciembre 13, 2020 0 Por Ángulo_muerto
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Joaquín Albaicín

 

  Si decía Rafael El Gallo que Arabia es “un país muy misterioso, con lo suyo dentro”, no menos cabe decir del Cáucaso, donde atracó Noé el arca y Zeus encadenó a Prometeo, que allí sigue, sufriendo colgado de una de sus laderas los picotazos de los buitres y el ardor del sol. El Cáucaso es también el misterio de ese fuego espontáneo que Marco Polo y, antes que él, los Reyes Magos en su camino de vuelta desde Belén vieron brotar de su subsuelo a rebosar de petróleo. Y el de las celosías a través de las que las mujeres observan el mundo exterior al familiar. Y, ¿no es la infancia asimismo un país muy misterioso, del que sólo las memorias de quienes la han vivido pueden descorrer el velo y sacarnos de dudas, permitiéndonos acceder a las estancias de un pasado secreto para nosotros?

Umm El-Banu Asadullayeva (Bakú, 1905 – París, 1992) nos cuenta su niñez entera, prólogo a una adolescencia más caucasiana imposible, por cuanto nació en una familia musulmana de empresarios petroleros de Azerbaidjan. Multimillonaria a los trece años al morir su abuelo, la vida la convirtió en pobre justo al día siguiente, cuando, “en una de esas tempestades que suponen una alegría para los profesores de historia y una desgracia para la humanidad”, los bolcheviques ocuparon Bakú sin disparar un sólo tiro contra el inexistente ejército azerí y, por el bien del pueblo, procedieron a confiscar desde su casa hasta el último de sus enseres personales. Aquello supuso la clausura de un mundo y también el fin de su infancia, pues esta muere a su entender cuando, precisamente, cae “la creencia en la estabilidad, en la bondad del mundo”.

 

Es un estado, ese de inocencia, del que sin embargo Banine -pseudónimo literario adoptado por Asadullayeva en su exilio en París- en cierto modo reniega, por considerar que amar el mundo tal como es –“magnífico, terrible, atroz y divino”– es “la auténtica gloria del ser humano”. Así hizo constar su parecer al respecto en Los días del Cáucaso, su libro de memorias publicado en 1945 y que ahora descubre Siruela a cuantos nos consideramos unos exiliados rusos frustrados.

  Atrás, por culpa de los delirios bolcheviques, quedaron para Banine -futura contertulia de Marina Tsetáyeva y Malraux- aquellos paisajes de una niñez vivida en los mismos predios donde ambientara también sus más conocidas obras otro expatriado de su mismo país, Essad Bey, biógrafo sui generis de Stalin, Nicolás II y Mussolini, pero, a tenor de la nitidez -y la elegantísima ironía- con que tantos años después recordaba situaciones y personas, en absoluto perdida, pues jamás su vida tuvo tonos grises. Siempre sintió que había hecho bien en soñar con París, aunque allí no se considerara, como en Azerbaidjan, acarreadores de calamidades a los pelirrojos.

  Los días del Cáucaso supondrá para muchos lectores occidentales, aunque no lo digan, un irritante recordatorio de la existencia de formas de vida que no son la suya y que, les guste o no, hacen feliz a gente que no son ellos. O, si no obligatoriamente feliz, al menos feliz o infeliz en no mayor o menor grado que las condiciones de existencia por ellos consideradas “normales”… Y es que, paradójicamente, ahora que por estos pagos se exige algo tan absurdo como la “infinita variedad” de sexos, es decir, la “infinita variedad” de una condición que sólo se recibe por nacimiento y causas naturales, resulta a los occidentales difícil en extremo reconocer la existencia presente y futura de formas de vida en sociedad que no sean la suya. Por eso les recomiendo este libro. Siente su autora nostalgia tanto de lo bueno como de lo malo, a la vez que resta importancia a lo uno y a lo otro. No hay complejos, amargura ni aviesos ajustes de cuentas. El suyo es un mensaje sin ideología y despojado, por tanto, de mala baba y de moralina barata.

  Las de Banine son, por otra parte, unas memorias de cierta actualidad por cuanto en ellas se evoca el asesinato masivo de azeríes musulmanes por armenios cristianos, paralelo o muy poco anterior o posterior al perpetrado por los vecinos turcos contra los armenios. Parece haber afición al tema por aquellos lugares, dado que, mientras leemos este libro y antes de que lleguemos a la mitad, azeríes y armenios andan otra vez a la gresca en Nagorno Karabaj, cuyo presidente ha anunciado su decisión de partir fusil en mano al frente de batalla. Esa región del mundo no ha cesado nunca de ofrecer condiciones ideales para escribir sobre infancias caucasianas desde el exilio, donde parece que las plumas de ambos bandos se inspiran más y mejor que en el solar natal. Habrá que depositar esperanzas en que las cosas mejoren, como la suegra de Banine las puso en que, un día, sus tres varones se dejarían de pendencias entre ellos. ¡Allah lo quiera!