Surrealismo y locura

 

 

 

22 de Febrero: 20 horas
Surrealismo y locura
por Eugenio Castro. 
 
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Un aproximación, necesariamente imperfecta pero responsable, del encuentro entre los surrealistas con la mal llamada locura. Un punto de vista con un contenido crítico y deseablemente afirmativo.

Eugenio Castro (Toledo-las Herencias, 1959). Desde 1979 participa del Movimiento surrealista. Cofundador del Grupo Surrealista de Madrid y de su revista SALAMANDRA. Intervención surrealista. Imaginación insurgente. Crítica de la vida cotidiana, en 1987. Tiene publicados los libros H, Mal de confín y La flor más azul del mundo, y las “plaquettes” La región insomne, La Maga de la Masturbación, El Gran Boscoso, Las bellas hibernantes (junto a Bruno Jacobs) o La ciudad alucinada (junto a Javier Gálvez).
 

Callejero. Goza de inercia de mirar. Cae a menudo en la desacción. Escribir se le ha vuelto una adiposidad. Abolicionista del trabajo. Desdeñoso del esfuerzo. Épico de la inutilidad. Su libido aumenta en presencia de ciertos objetos y cuando construye otros. Ama el océano. 
 
Lunes 22 de Febrero, 20 hrs
 
Aulas de Cuarta Pared.
Calle Arquitectura 17
Metro Delicias/Embajadores.
 
 
 
 

 

 

 

Surrealismo y Locura

Eugenio Castro


Abordar un tema tan delicado como el de la relación entre surrealismo y locura requiere algo así como una especie de introducción que dé paso ulterior a algunas de sus expresiones por medio de algunos de sus protagonistas, algunos de sus avatares y algunas de sus obras.

Me ha parecido entonces pertinente que esa introducción dé cuenta, en primer término, de la actitud de los surrealistas ante la locura, comenzando, para ello, con la exposición de su actitud frente a la psiquiatría y los psiquiatras, cuando una y otros eran vistas con total hostilidad. Al respecto, desearía poner el acento en una aclaración que estimo más que justificada: la de rebatir la maliciosa idea que acusa al surrealismo de ceder a un ciego idealismo romántico cuando se acerca a la cuestión de la locura. Desde el primer momento en que esta aproximación se produce parece quedar claro que esa ceguera no existe. En 1925, redactada por Antonin Artaud, los surrealistas de París publican una declaración colectiva titulada “Carta a los directores de manicomios”. Entre lo que en ella manifiestan, destaquemos, de entrada, lo siguiente: “La represión de las reacciones antisociales es tan quimérica como inaceptable por principio. Todos los actos individuales son antisociales. Los locos son, por excelencia, la víctimas individuales de la dictadura social; en nombre de esta individualidad que es propia del hombre, reclamamos la liberación de estos presidiarios de la sensibilidad porque el poder de las leyes no es suficiente para encerrar a todos los hombres que piensan y actúan”. (1) Podemos observar que el tono de esta afirmación se aleja nítidamente del vano idealismo. De hecho, sus rasgos críticos nos informan de una conciencia materialista que les hace no perder pie ante un fenómeno envenenado como el que ahora tratamos.

Traigamos a colación otras manifestaciones hechas individualmente por surrealistas. André Breton asume su propia responsabilidad para situarse enfrente de este asunto polémico. Y lo hace con la prudencia que requiere: “… En cierta medida, víctimas de su imaginación (…) por cuanto les impulsa a la inobservancia de ciertas reglas, fuera de las cuales el género se siente acechado (…) obtienen, a la vez, gran consuelo de su imaginación y gozan lo bastante de su delirio como para soportar que sólo para ellos tenga validez”. (2) A nadie escapa que la historia nos presenta casos de llamados locos cuya potencia de creación, en el plano plástico como poético, ha iluminado el universo mental. No es que los surrealistas tomen este hecho como una excusa para afirmar sus experimentaciones. Antes bien, muestran una empatía por la condición penal en que se encuentran, por el dolor que padecen y por la tortura a la que son sometidos. De ahí que se produzca en ellos una indignación insoportable que se torna en rebeldía contra la institución psiquiátrica. Volvamos a la “Carta a los directores de manicomios”, donde leemos: “Les leyes, la costumbre, os conceden el derecho de apaciguar el espíritu. Esta jurisdicción soberana, terrible, la ejercéis con inteligencia (…) La credulidad de los pueblos civilizados, de los sabios, de los gobernantes adorna a la psiquiatría de supuestas luces sobrenaturales”…. “No promoveremos aquí la cuestión de los internamientos arbitrarios para que os ahorréis el cuidado de fáciles negaciones”. (3) Como podemos advertir, además de mostrarse inicialmente cautos a la hora de abordar este terreno movedizo, se muestran también listos, haciendo uso de una estrategia verbal que se anticipe a la respuesta, por parte de los “doctores”, destinada a desautorizar sus argumentos…, y a inculparles. Aunque esto, cuando hace falta, es innecesario y llevados colectiva o personalmente por una ira comprensible y razonable, no escatiman la menor franqueza a la hora de expresar con una radicalidad conmovedora lo que harían si se encontrasen encerrados en un manicomio y se situasen en presencia de un doctor. Así lo escribe André Breton en Nadja: “Yo sé que si estuviera loco, tras llevar internado algunos días, aprovecharía alguna mejoría de mi delirio para asesinar a sangre fría al primero que se pusiera a mi alcance, el médico a poder ser”. (4) (André Breton, Nadja, Ediciones Cátedra, Madrid, 2000).

 

Para los surrealistas, históricamente, el desprecio por la psiquiatría ha sido proporcional a la empatía por los mal llamados locos. Esto es consecuencia de ver en los manicomios, inicialmente (y en otras instituciones correccionales, a posteriori), una penitenciaría, en este caso amparada por la ciencia, equivalente a las cárceles amparadas por la justicia y a los cuarteles amparados por el Ejército. Además, siempre han sabido que en el manicomio a los locos se les empleaba como mano de obra barata, en realidad gratuita, es decir, que se les explotaba con la misma voluntad que se hace con los condenados a trabajos forzados (a cadena perpetua), en lo que constituye una norma y una regla de productividad impune, de ruina del cuerpo y de la mente, puestos al servicio de la economía de tal o cual institución, esto es de todo un sistema económico explotador y alienante. La consecuencia: un redoblamiento de su “enajenación”, ayer y hoy (con sus diferencias de grado).

 

Es obligado acudir aquí a uno de los fenómenos más singulares que en el terreno de las llamadas “enfermedades mentales” tuvo lugar en el último tercio del siglo XIX, y cómo el médico que lo trató realizó un verdadero ejercicio productivista, disimulado por la fascinación con el experimento de la hipnosis, el teatro y la fotografía. Me estoy refiriendo a la llamada histeria y al Dr. Jean Charcot, que en su clínica de La Salpêtriere de París llevó a cabo los experimentos abocados a la demostración de esa patogenia localizada principalmente en las mujeres. Cuatro mil eran entonces las encerradas o “locas” de esa clínica. Y célebre es el caso de Agustine, la joven que Charcot utilizó para sus objetivos (a lo que parece, con cierta complicidad por parte de ella…).

 

Así pues, en las famosas “lecciones de los martes” del Dr. Charcot, en el anfiteatro del asilo, tenía lugar una representación de hipnosis que tendía a extraer de Agustine las cuatro fases que para el médico definían la llamada histeria: “la epileptoide, que imita o ‘reproduce’ un acceso epiléptico estándar; el clownismo, que es la fase de las contorsiones o de los llamados ‘movimientos ilógicos’; las ‘poses plásticas’ o ‘actitudes pasionales’; y, finalmente, el delirio, el delirio llamado terminal: esta es la triste fase en la que los histéricos ‘se ponen a hablar’, la fase en la que, en todo caso, se intenta por todos los medios detener el ataque” (5). El asunto es que, mesmerizada, la paciente retorcía su cuerpo, lo convulsionaba, gesticulaba con rostro y extremidades, mostraba síntomas de éxtasis en una expresión que iba de lo místico a lo sexual y/o viceversa, en una expresión pasional que, como su propio significado dice, mostraba dolor y, se dice, “placer”, de manera que el resultado convenciese de su “enfermedad” a los asistentes a la sesión. Lo cierto es que, tanto el hecho clínico como la teatralidad física escenificaban el cuerpo histérico. Mientras tanto, el Dr. Charcot fotografiaba todo el acontecimiento, realizando una verdadera iconografía fotográfica de la Salpêtrière. En estos documentos puede observarse las formas que adquiere el cuerpo y que definen las fases antes nombradas. No se trata aquí de enjuiciar la labor de Charcot, pues no es mi cometido, aunque remito al libro citado de Didi-Huberman para ello. Lo que interesa es dar a conocer que cuando los surrealistas descubren este testimonio, y pareciendo haber investigado sobre el fenómeno, se deciden a manifestar su punto de vista sobre él en 1928. De este modo Louis Aragon y André Breton escriben el texto “El cincuentenario de la histeria (1878-1928)” (6). A mi modesto entender este escrito, que por encima de ser un juicio es una reivindicación, está lleno de riesgos y valentía, sin que por ello mismo pueda excluirse lo que en este punto pudiera tener -aquí, sí- de caída en una cierta romantización de la histeria, al considerarla como “el mayor descubrimiento poético de finales del siglo XIX” y como “uno de los medios supremos de expresión”. Sin embargo, tal vez esto tenga una explicación que podría corregir mi propio comentario. ¿Qué les autoriza a decir una y otra cosa? Principalmente -y quizá, solamente- su excitación ante la fase tercera del fenómeno, la denominada “las actitudes pasionales”. Cuando antes he hablado de riesgo y valentía, me refería a que ellos ven en esta fase el momento exacto de la liberación de las histéricas en su enajenación (no de su enajenación sino en la enajenación), cuando el inconsciente manifiesta a través del cuerpo los deseos extáticos de esas mujeres; el instante en que una libido ultra-reprimida estalla haciendo caer todas las barreras del determinismo moral burgués (perfectamente encarnado en el médico y el asilo) en cuestión de buen gusto, buenos modos, moderación, discreción, docilidad y “gracia” de la mujer. En efecto, y como recordaría Breton muchos años después: “lo que Aragon y yo celebrábamos en el cincuentenario de la histeria eran las ‘actitudes pasionales’, verdaderos cuadros vivientes de la mujer en el momento del amor”; es ese “ardor especial, su tendencia hacia un tipo de lirismo traumático, la ‘excesiva emotividad’ con la que algunos diccionarios han tentado definir la histeria, y especialmente el empleo automático de estructuras imaginarias indómitas e improbables” lo que acerca a Aragon y a Breton a las histéricas, más que al fenómeno histérico en sí (7). Tal es el choque que experimentan los dos poetas que, imbuidos del espíritu refractario contra la psiquiatrización del alma humana, osan dar una nueva definición de la histeria, basada justamente en lo que esa liberación desplaza en la propia demencia: “La histeria es un estado mental, más o menos irreductible, caracterizado por la subversión de las relaciones que se establecen entre el sujeto y el mundo moral del cual cree prácticamente depender, fuera de cualquier sistema delirante. Este estado mental se funda en la necesidad de una seducción mutua, que explica los milagros prematuramente aceptados de la sugestión (o contra-sugestión) médica. La histeria no es un fenómeno patológico y puede, por todos los conceptos, considerarse como un medio supremo de expresión”. (8) Puede discutirse esta disposición hacia la histeria, qué duda cabe. Subrayaría, no obstante, con la intención de levantar un puente hacia su comprensión -sin que ello suponga compartirla- que esa disposición participa de la conciencia irredenta contra la psiquiatrización del alma humana, lo reitero, y a su clasificación en la categoría de enfermedad mental, siguiendo una lógica de internamiento en relación directa con la anormalidad y las conductas anti-sociales prefijadas por los poderes fácticos, de los cuales la psiquiatría se había convertido en uno de los más incisivos y renovadores.

 

La empatía por los llamados locos, o dementes, o como se les quiera mal-llamar, siempre imprecisamente, no se ciñe, entonces, como podría pensarse prematuramente, sólo a su potencialidad creadora, sea cual fuere. Esto sí que equivaldría a caer en una complacencia intelectual. No, lo que los surrealistas hacen, en primer término, es denunciar la tortura a la que son sometidos, su cualidad de cobayas para unos medidores del espíritu que llevan a cabo una taxonomía de las dudosas enfermedades mentales como patogenias que ejerzan de edificios de normalidad en los que punir los comportamientos desviados de una humanidad doliente, acaso más vulnerable; edificios en los que reducir su sentido de la realidad a lo que el juicio médico dicta. En la “Carta a los directores de manicomios” lo expresan de esta forma: “Sin insistir en el carácter verdaderamente genial de las manifestaciones de ciertos locos (observemos, de nuevo, la precisión: “ciertos”) en la medida de nuestra aptitud para estimarlas, afirmamos la legitimidad de su concepción de la realidad y de todos los actos que de ella se derivan (el subrayado es mío)”. (9)

 

Huelga decir, pues, que late para los surrealistas en esta actitud una conciencia del dolor de cada uno de esos individuos, de su tormento, lo que les aleja de la complacencia. Y cuando levemente se dejan arrastrar por ella (lo hemos sugerido más arriba), se someten ellos mismos a juicio. Esto no se contradice con la reivindicación que hacen de su potencial creativo y la admiración que muestran ante sus producciones. Y lo que es igual de crucial: la experiencia de su realidad.

 

Hechas estas primeras observaciones, siempre esquemáticas, quisiera entrar ahora en lo que atrajo a los surrealistas hacia los ángeles de la demencia, asunto no poco peliagudo. No podemos dejar de tomar en cuenta que la cuestión de la locura es también la cuestión de la imaginación, es decir de “los derechos de la imaginación” (Breton), y que esto forma parte de una rebelión total del espíritu tal y como la llevan a cabo los surrealistas. Parece obvio que en los mal llamados locos la imaginación se convierte en una especie de salvación (sin evitar el tormento, como ya hemos apuntado y sabemos); que la imaginación poderosa de la que hacen gala algunos de ellos es un principio de vida, al menos en dos sentidos: el de la creación de un mundo propio que tiene sus propios animales, agua, tierra, humanos, vegetales, fuego, edificios, cosas, etc., conocidos o inéditos, pero siempre en una configuración reveladora; y el de una constancia de vida a partir de su propio delirio. Aquí entra en juego lo que podríamos denominar un “lenguaje de la locura”, esto es, una manifestación extrema que podría llegar a revolucionar el propio espíritu (o, directamente, lo hace). Y ya que esta sugerida revolución afecta, cuando se trata de representar, a la imagen y a la forma, es humanamente imposible dejar de tomar en cuenta lo que eso mismo puede significar de liberador para quien la produce.

Al referirnos mal a los mal llamados locos, es preciso admitir de antemano nuestra inferioridad frente a ellos por lo que hay en ellos, por mucho que la erudición, la psiquiatría (antes y ahora), los métodos terapéuticos modernos, y de modo muy pernicioso la industria del arte (que aumenta su obscenidad debido a su implicación productivista, entre otras), sigan tratando de arrebatarles, con sus respectivas taxonomías (clínica y estética), los prestigios de sus mundos y racionalizarlos y/o explotarlos hasta la insidia. Justamente los psiquiatras consiguen acertar cuando la duda penetra en ellos y les conduce a una aprehensión de la locura que no proviene de su sola “razón”, advirtiendo que esa duda desliza un pensamiento otro que se convierte en clave de tal penetración. Es interesante, al respecto, recordar <<la pasión ‘fría’ de Jacques Lacan cuando, en su De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, se adentra en la escritura de una de sus pacientes, Aimée, a la cual estudia con viveza y gran estima. O a Gaston Ferdière*, que sigue avanzando en su ‘humanización’ de la psiquiatría y en una alocución en el Congreso Psiquiátrico de Ámsterdam (¿hacia 1948?) hace referencia a las manifestaciones de dos autores significativos. Por un lado a Edgar Allan Poe, cuando dice: ‘los hombres me ha llamado loco, pero la ciencia no ha decidido aún si la locura es o no la más alta inteligencia’. La otra es de Chesterton: ‘Toda concatenación de ideas puede conducir al éxtasis; todos los caminos llevan al reino de las hadas’>> (10). En el marco de un pensamiento que podríamos considerar cercano a lo heterodoxo, conviene recordar las palabras citadas por André Breton de Joseph-Marie Lo Duca, quien percibe de manera crítica e irónica la importancia capital que tiene para el espíritu humano la producción de los mal llamados locos. Escribe: <<En un mundo abrumado por la megalomanía y el orgullo, por la mitomanía y la mala fe, la noción de locura es harto imprecisa (…) Ya se ha señalado por otra parte que tan sólo un número excesivamente restringido de megalómanos es atendido por los psiquiatras>>. Y sigue: <<A nuestros ojos, el loco auténtico se manifiesta mediante expresiones admirables, en las que nunca se ve forzado o reprimido por la finalidad ‘razonable’… El público no sabe nada de la belleza, que confunde aún con lo bonito, lo encantador, lo agradable. Ignora la función de la intensidad, del ritmo, de la medida. El arte de los locos hará que se deslice en él la duda, esa duda bienhechora que habrá de abrirle el camino de una inteligencia superior y serena>> (11). Esto es pronunciado hacia finales de los años cuarenta, y su verdad sigue resonando en nuestros días, incluso con un punto de advertencia, dado el discutible juicio que se oye por aquí y por allá, con el cual se pretende calificar de romántico (lo que se hace a modo de una acusación ante la que algunos casi tenemos que levantar las manos) todo reconocimiento de la producción plástica o literaria de los mal llamados locos, confundiendo lo que esto tiene de reivindicación de una liberación (liberación del dolor, y en el dolor) con un cierto tipo de idealismo estético, como ya hemos apuntado con anterioridad. En realidad, antes como ahora, un juicio semejante forma parte de nuestro particular tiempo apolíneo, es decir, de la actual restitución de aquella época de las luces que hoy encarna, curiosamente, en la obsesión por la transparencia propia de la nueva razón, que induce un pensamiento falsamente claro en su opaca condición. Y si digo apolíneo es porque de nuevo sobre la noche se cierne un interdicto, porque la luz diurna (la sempiterna razón instrumental) debe seguir ejerciendo su hegemonía, su determinismo psico-social y cultural, hasta convertirse en una especie de totalitarismo de los sentidos. Y si hablo de noche quiero decir también sombra, esquina, portal, callejón, bosque, luz negra, la parte siempre maldita en el ser humano y en aquello con lo que, por tener tal naturaleza, él se relaciona; una parte maldita sin cesar condenada y a la que sin cesar se la quiere recluir, por no decir extirpar, como mal infinito en su seno.

Pienso, en sentido contrario, que el mundo hoy necesita poetas de la visión, esto es, poetas visionarios que sean al mismo tiempo capaces de ver la catástrofe y la nueva comunidad humana…, poetas que, por medio de sus visones, profetizan el pensar, el ver, el desear que escapan a las predeterminaciones de la medicalización del espíritu. (12) Porque estos poetas lo que hacen es, a través de su clarividencia, sugerirnos los lugares, los fenómenos, los hechos, las imágenes de una emancipación mental que deviene y se cuela por los huecos del sentido. ¿Es posible que las imágenes que nos donan los mal llamados locos -seres iluminados, acaso poetas verdaderos- alumbren todavía con su luz negra la senda hacia esa emancipación? Al menos podemos considerar lo siguiente: que sus visiones nos presentan, como si se tratara de una manifestación pura, la otra parte, que en ellos no es fantasmagoría; es más, podría serlo para nosotros pero no para ellos. Me explico: esa otra parte encarna en la propia figura de los mal llamados locos, cuya impresionante presencia contiene y libera, por igual, sus alucinaciones (tomo estas últimas palabras de una breve reflexión que hice en otro lugar, para ponerlas en relación con la de otros semejantes y cautivos del “mal de visión”).

He dicho alucinaciones y me permito el siguiente inciso: alucinación no es quizá sólo una palabra ociosa cuando la relacionamos con las personas “mentalmente alteradas”; y quizá no sea solamente una forma de ver (que lo es, en grado sumo, al menos según nos testimonia Unica Zürn: “Si alguien hubiera dicho que había que volverse loca para tener esas alucinaciones…, no habría tenido inconveniente en enloquecer. Sigue siendo lo más asombroso que nunca he visto.”) (13), tal vez porque ante todo es una forma de estar en el mundo; o tal vez sea más preciso decir: de entrar en el mundo: de entrar ellos y traer la otra parte consigo, penetrándolo con su propia presencia. Porque, podría ser que, a través de la alucinación, ellos alcancen una forma de superar lo que les separaría de este mundo nuestro, del mundo llamado arrogantemente objetivo. Y es que puede ser que, por medio de la alucinación, ellos toman conciencia de su ser dividido. De ser así, ¿por qué no pensar que ese sería un modo de rebelión contra tal división y salir victoriosos de su enajenación en esa otra parte que hacen presente y nos la hacen presente?

Creo que la creación de los mal llamados locos “objetiva”, en la medida en que nos la (re)presenta, esa otra parte; que esas son las formas en que se sostiene su lucha por conquistar este lado, por habitar este mundo. Ahí, ya nada importaría para ellos perder esos poderes de la vida psíquica que tanto donan y tanto atormentan; una vida psíquica que nos revela la fatal atracción de una parte de la humanidad asediada a la que la dictatorial normalidad ha excluido siempre y seguirá haciéndolo, se ponga las máscaras que quiera y utilice las herramientas que utilice.

La creación de los mal llamados locos debería contemplarse, antes que como mera producción plástica o literaria equiparable a la de la creación contemporánea de los llamados cuerdos, como se ha hecho no sin cierta ingenuidad en los años cuarenta, y como se hace perversamente en la actualidad (“las actividades destinadas a una normalización reconfortante, para el mercado del arte, destruyen la armonía de los sistemas sensitivos y constituyen un tecnofascismo comercial”)** (14), como la objetivación de una lucha interior que tiene sus consecuencias: la de ser portadora de los colores de una revuelta personal sucesiva, contra la propia fatalidad y contra la fatalidad social.

 

* Es justo, en cualquier caso, recordar las curiosas palabras de este psiquiatra particularmente complejo que pueden aclararnos algo sobre lo que éstos últimos consiguieron en relación con la psiquiatría. Gaston Ferdière es ese doctor que dice: <<Son los surrealistas los que nos han inducido a nosotros, los psiquiatras, a repasar hondamente el problema de la locura, de su valor (…), el problema de su sentido, de sus límites y de sus peligros… Nos han enseñado a volver a pensar la psiquiatría, a volver a pensar el psiquiatra (…) y a precisar su papel y función>> (15).

Gaston Ferdière, para nuestra información, fue el psiquiatra-jefe del asilo de Rodez, bajo cuyo mando estuvo internado Antonin Artaud entre 1943 y 1946, quien le acusó, por lo demás, de haber permitido que le suministraran cincuenta electrochoques en esos tres años <<con el objetivo de eliminar lo que en mí había de demasiado consciente>>, en palabras del propio Artaud. En 2005 apareció el libro de Enmanuel Venet, Ferdière, psychiatre d’Antonin Artaud, (Ed. Verdier), donde, sin ocultar el hecho relatado, se nos presenta otro rostro del médico, y se nos recuerda que, en sentido contrario a su brutalidad, consiguió que Artaud volviera a escribir tras no hacerlo desde su viaje a Dublín (al rescatarlo de una parafrenia que lo había secuestrado); se nos hace saber también que Ferdière consiguió que Artaud recordase que era Artaud y no Antonin Nalpas, quien el propio Artuad creía ser; que le salvase incluso de morir de hambre, pues Artaud llegó a Rodez en estado famélico. Asimismo, según narra Venet, Ferdière habría podido salvar a Artaud de haber caído en manos de los alemanes, ya que la clínica de la que era jefe-psiquiatra estaba en zona libre (Rodez, municipio de Aveyron) durante la ocupación nazi de Francia.

Preciso es recordar que Ferdière fue amigo de dos grandes poetas surrealistas: Unica Zürn (también paciente suya) y Hans Bellmer, compañero de Unica. Y que en su juventud frecuentó a René Crevel y Robert Desnos, entre otros (por mediación de éste pudo Artaud entrar en la clínica de Ferdiére). Y no hay que olvidar la condición de poeta del psiquiatra…, y poeta <<surrealista>>.

Me remito a dar estos datos a modo informativo. No lo hago con la presunción de que Ferdière anticipase, por ejemplo, la anti-psiquiatría. Ni mucho menos esto puede ser así, ya que en estas palabras hay un cierto humanitarismo que la anti-psiquiatría refuta. Pero sí que su figura y disposición me han llevado a pensar en ésta última, cuya conciencia revolucionaria es total con respecto a la cuestión, al menos en algunos de sus teóricos.

** Continuando con la llamada anterior, pienso sobre todo en David Cooper (la cita es suya), cuando nos dice lo siguiente: <<En una sociedad transformada no puede haber una psiquiatría ‘mejor’ o no represiva, sólo puede existir la no psiquiatría. ¡El único ‘abuso’ de la psiquiatría que hay que abolir es su uso!>> (16). En este pensamiento resuenan para mí los ecos de los pensamientos de Aragon, Breton, Artaud o Leonora Carrington. En él podemos encontrar manifestaciones que fraternizan con las de los surrealistas, sin que los cite, (hasta donde yo conozco): <<El loco, al igual que el poeta, rechazaría la propuesta de Wittgestein de que “de lo que no se puede hablar hay que callar”. Es precisamente lo indecible, lo impronunciable, lo que debe expresarse en el discurso demente y poético>>. O lo siguiente: <<Para el loco no tiene ningún interés que el ‘inconsciente esté estructurado como lenguaje’, ¡es el lenguaje que debe estar estructurado como el ‘inconsciente’!>> Y termino con esta cita: <<El discurso demente da vueltas y vueltas, llega a regiones donde encuentra la nada -pero una nada importante y específica que precisamente es creativa en la medida en que no ha sido destruida por las técnicas normalizadoras de la sociedad. >> (17).

A raíz de lo apuntado en esta llamada, todo indica que la visión de los surrealistas de la psiquiatría necesariamente (al menos desde la perspectiva teórica) debería ponerse a prueba hoy, especialmente a partir del discurso de los anti-psiquiatras, y en concreto del citado David Cooper, quien a su exploración extremadamente apasionada y visionaria del fenómeno, incorpora un pensamiento crítico de una lucidez embriagadora, además de reducir muy considerablemente la antinomia teoría-práctica, por ejemplo cuando lleva a cabo el ensayo clínico de Villa 21 en el noroeste de Londres a partir de enero de 1962. Recordemos, por otra parte, que su planteamiento quería ser, antes que “médico” y “espiritual” (aparentemente lo segundo se lo reprocharía más tarde a Laing y a la Philadelphia Association, siendo un motivo por el que la abandonaría), radicalmente político, y así lo llevó a cabo hasta el final de su vida. Quizá esté todo por decir de este hombre.

 

 

 

NOTAS.

1 “Carta a los directores de los manicomios”, Declaración colectiva, Razonado desorden. Textos y declaraciones surrealistas, 1924/1939. Ángel Pariente, Ed. Pepitas de calabaza, Logroño, 2008.

2 André Breton, “El arte de los locos, La llave de los campos”, La llave de los campos, Libros Hiperión, Madrid, 1976.

3 “Carta a los directores de los manicomios”, Declaración colectiva, Razonado desorden. Textos y declaraciones surrealistas, 1924/1939. Ángel Pariente, Ed. Pepitas de calabaza, Logroño, 2008.

4 André Breton, Nadja, Ediciones Cátedra, Madrid, 2000.

5 Georges Didi-Huberman, La invención de la histeria. Charcot y la iconografía fotográfica de La Salpêtrière, Ed. Cátedra, Madrid, 2007.

6 André Breton y Louis Aragon, “El cincuentenario de la histeria”, Razonado desorden. Textos y declaraciones surrealistas, 1924/1939. Ángel Pariente, Ed. Pepitas de calabaza, Logroño, 2008.

7 Franklin Rosemont, Introducción a la exposición The 100th Anniversay of Hysteria, Ozaukee Art Center, Wisconsin, 1978.

8André Breton y Louis Aragon, “El cincuentenario de la histeria”, Razonado desorden. Textos y declaraciones surrealistas, 1924/1939. Ángel Pariente, Ed. Pepitas de calabaza, Logroño, 2008.

9 “Carta a los directores de los manicomios”, Declaración colectiva, Razonado desorden. Textos y declaraciones surrealistas, 1924/1939. Ángel Pariente, Ed. Pepitas de calabaza, Logroño, 2008.

10 Gaston Ferdière, cit., en André Breton en “El arte de los locos, La llave de los campos”, La llave de los campos, Libros Hiperión, Madrid, 1976).

11 Joseph-Marie Lo Duca, cit., en André Breton, “El arte de los locos, La llave de los campos”, La llave de los campos, Libros Hiperión, Madrid, 1976).

12 Como recuerda Guillermo Rendueles: “Adorno ha señalado cómo en las sociedades administradas ya no quedará sitio para la coexistencia de otra razón que la oficial”. Y el propio Rendueles añade: “Van Gogh seguramente sería hoy un cliente de la asistencia social y Rimbaud un paciente de un centro de salud mental infanto-juvenil diagnosticado como borderline.

13 Unica Zürn, El hombre jazmín, Ed. Seix Barral, Barcelona, 1986.

14 David Cooper, El lenguaje de la locura, Ariel, Barcelona, 1976.

15 Gaston Ferdière, cit., en G. Durozoi/B. Lecherbonnier, El surrealismo, Ed. Guadarrama, Madrid, 1974.

16 David Cooper. David Cooper. El lenguaje de la locura, Ariel, Barcelona, 1976.

17 David Cooper. El lenguaje de la locura, Ariel, Barcelona, 1976.

 

 

 

 

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