Simon Warner: el último esplín del XX

por Edgar Ducasse

 

Mucha gema duerme oculta

En las tinieblas y el olvido,

Ajena a picos y a sondas.

 

Mucha flor con pesar exhala

Como un secreto su grato aroma

En las profundas soledades”

(Charles Baudelaire)

 

 

      Ni siquiera el fichaje por Rough Trade, uno de los sellos independientes de más relumbrón (The Smiths, The Strokes, Arcade Fire) le valió para hacerse un hueco importante en dicho catálogo; de hecho no aparece en la “guía básica” del mismo en la Wikipedia. El británico Simon Warner permanece en un limbo descorazonador, y es tan solo una reducida legión de seguidores –algunos tan dispares como Peter Murphy de Bauhaus o Miqui Puig de Los Sencillos- la que mantiene viva la llama de su escasa pero penetrante obra.


   Un álbum y tres singles repartidos tal vez muy caprichosamente a lo largo de doce años, dentro del periodo comprendido entre 1985 y 1997. Después el silencio, aunque con la salvedad de alguna ambigua promesa de nuevas referencias, de grabaciones inéditas. Hasta ahora. Volviendo a nuestro admirado (suyo y mío al menos) Baudelaire en el poema “La Mala Suerte”: “el Arte es largo y el Tiempo corto”. Para nuestro protagonista no parece importar el segundo. Exigente, perfeccionista y hasta autoritario –su carácter indómito le impidió adaptarse a la disciplina de algunos grupos igualmente ignotos donde llegó a colaborar, caso de Making Angels o Lorca-, poco después de la publicación de su único lp, “Waiting Rooms” (1997), ya advirtió que tenía terminado al menos otro disco más. Sin embargo, hasta el verano de 2013 no se ha podido escuchar sino sesgadamente –una media de veinte segundos por cada canción- esa añorada continuación que Warner guarda celosamente de esos pocos.


    Llegados a este punto conviene habilitar definitivamente el campo de escucha: ¿en qué consiste la música de Simon Warner?. Intenten imaginar por un momento a un cantante de garganta grunge fascinado por arreglos de crooner post-Sinatra. Esto es: como si el vocalista de Pearl Jam aspirase a convertirse en el nuevo Scott Walker. Pero no tanto ese Walker tremendista y oscuro de “Tilt”, sino el más llevadero de su insigne tetralogía de finales de los sesenta. Si a esto le añadimos un look cercano al David Bowie de “Dentro del laberinto” (además de algunas similitudes sonoras con Ziggy Stardust: el glam siempre te apaña para estos presupuestos) y unos textos que se mueven –entre tanta gravedad instrumental- dentro de un costumbrismo irónico de affaires con amas de casa, niñeras y demás fauna del día a día –un poco al estilo de Soft Cell, pero aquí desde un punto de vista eminentemente heterosexual y, por tanto, mucho menos irónico-, tendremos la foto menos desenfocada de este ferviente admirador del Jacques Brel de las islas Marquesas.


    Sin embargo, para cuando “Waiting Rooms” (esclarecedor y autoconsciente título) se publica, después de una ardua y prolongada brega –muy atrás quedaba su primerizo maxi “Perfect Day Baby”, en la línea del Julian Cope de sus dos primeros álbumes en solitario-, ese brit-pop que podía haber integrado plenamente a Warner en sus filas ya es un coto poco menos que privado donde grupos como Pulp acaparan –exageradamente- toda la atención informativa. Tampoco ayudó que en ese mismo año 1997 la competencia entre otros practicantes del pop barroco y elegante fuese más reñida que nunca: además de The Divine Comedy (formación de la que más comparaciones tuvo que aguantar Warner y con la que ofició de telonero en algunos conciertos), que vivían su momento más dulce de reconocimiento, el autor de “The Wrong Girl” vio cómo otros pesos pesados del tipo Nick Cave & The Bad Seeds (“The Boatman’s Call”) o Tindersticks (“Curtains”) se llevaban todos los parabienes de público y medios. De esa época data su única actuación en España: en la sala Hard Rock Café de Madrid unos cuantos privilegiados pudieron presenciar las maneras chulescas de Simon en una velada en la que actuó antes que la cantautora Jewel y para la que Warner después ha hecho varios de los arreglos de sus discos: última actividad pública que se le conoce hasta la fecha.


    “Waiting Rooms” (están de suerte: este sí puede escucharse íntegro en plataformas como Spotify y todavía no es muy complicado hacerse con una copia del mismo) funciona como obra total o -como decían los cursis de antaño- disco conceptual con su “Introduction”, nudo y desenlace (en este caso “Coda”); un disco siempre dominado por la furibunda voz de Warner y un acompañamiento sonoro ora más aguerrido (“Keep It Down” o su canción más inmediata, “Wake Up The Street”) ora más despreocupado (“Simply Marvellous”). Burtoniano a ratos (“Jamboree”) y hasta portuario (“Kitchen Tango”), siempre dentro de los márgenes del pop más refinado, atestado de arreglos orquestales cuidadosamente encajados y normalmente bien surtido de guitarras mordedoras. Romanticismo musicalmente mórbido (hay espacio hasta para libaciones propias de Drácula en “Doggy”) y literariamente entre lo beat y lo victoriano. Si normalmente del crooner tenemos una imagen decadente (em el peor sentido de la palabra), escoltado por una orquesta de hotel casposa y anticuada, con Simon Warner muda dicha concepción a una revitalización post-punk: rugiente, viva y hasta expresionista.


    Para la década de los noventa muchos tienen como máximo exponente de aquel romanticismo exacerbado teñido de fatalismo a Jeff Buckley, especie de James Dean post-moderno de obra breve pero poderosa y prestigio contrastado. En mi caso, guardo esas sensaciones para Simon Warner, el trovador más infravalorado del fin de siglo quizá por siempre jamás. Es lo que tiene ser esteta, que uno sólo encuentra la verdadera razón de ser en la Diosa Desventura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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