POEMAS

Pedro Andrés, Gradefes 2015

 

La cita


Me imaginaba
vidriosos ojos de rocío,
lágrimas de la tierra aterida.
Escarchada pestañas,
nieve negra.

Me veía,
emergido en mi mejor traje
–tiesa mortaja--,
Alucinado cadáver por la niebla espectral.
Helado hábito fantasmal,
saliente sombra sonámbula.

O tal vez
jinete glacial,
Macabro heraldo del piafante, pestífero
caballo apocalíptico.

Y estrella titilante,
temblorosa en el vacío
Sideral.

Por jamás, nunca,
Esta rigidez cataléptica,
Esta claustrofobia metálica,
Esta fatídica cita forense
(dedo derecho del pie etiquetado)
En el frigorífico de una morgue.

 

 

El efecto mariposa


Pues si el batir de alas,
de la amazónica mariposa
desencadena en Texas
un huracán.

Si el respingo de un bróker
de la Bolsa
desata la euforia (o el pánico)
en los mercados.

Si el canicular aleteo
de un murciélago
podría apagar para siempre las llamas
del infierno,

¿podrá la última lágrima
de mis ojos secos,
dama ingrata,
señora mía,
llegar a conmover
tu duro corazón?

 

 

 

Eurídice/Alzheimer

A lo oscuro por lo más oscuro.
Por si no hubiera soles a donde se va.,
por si solo la turbia laguna,
el agua en la que jamás destella
el riel de la trémula plata.

A la espiga por la espuela.
Por si no hubiera amor a donde se va,
sino solo una ciudad extraña,
calles neuróticas,
gente que hiere.

Al amor por la muerte.
Por si, a donde se va, no hubiera memoria,
sino solo el galope del desbocado
y pálido caballo.
Y por si, olvidado el camino de salida
del infierno,
nos vemos perdidos tú y yo,
mía señor,
en las sombras,
roto nuestro abrazo.

 

 


El viaje


Disculpa
anciano Caronte,
pero
no tengo el óbolo
que cuesta tu viaje.
¿Me dejarás aquí,
en la orilla donde,
en ocaso inacabable,
todavía incendia el cielo
la púrpura del viejo Sol?

 

 

 

De compras


Carlota
no baja a lavar la ropa
al río.

No espera –flores en el regazo—
al vencedor.

No ejerce de la vieja que pasó
llorando.

No borda una bandera
tras el balcón.

Esta mañana de primavera,
tiene otra cosa que hacer,
Carlota Corday.
Va a comprar el cuchillo
que acabará
con el terror.

 

 

 


Ruby


Rubicundo mozárabe, James Dean paleto.
Urraca coleccionista de corazones.
Bravucón y bravo. Y señor de respeto.
Espera que un ángel dulce, un ángel tierno,
Narcotice su pena, apague su infierno.

 

 

Anabel (Ana la ladrona)

Al mirarme, te apropias de mi alma.
No te creas que quiero que te expliques.
Almas robas, y tú con esa calma.
Bien. Pero di si al menos has pensado
En qué tinieblas andará, ¡oh cruel!,
La gata cuyos ojos has robado.

 

 


Entrevías


Un sol rojo. ¿Amanece o anochece?
Siempre en taxi, viaja conmigo, insinuante
y voluptuosa.
Viene del triángulo de oro para que se la busque
en el inframundo de chabolas.
Sus ojos (“no puedes mirarme a la cara
y decirme que no me amas”) brillan como perlas,
miran como el cañón de un revólver.
Por la calle se contonean los jinetes
en destellos de un sol contaminado y rojo.
Un taxi y otro.

  

 

La ventana


En el hospital no hay puertas.
Son palomas que zurean tras los cristales
Es el jardín imposible hibernando bajo la nieve.
Es el bar inalcanzable.
No hay puertas.
Son cristales con palomas ateridas que zurean.
Son ventanas sin paisaje detrás.
(Sí, un oso polar roba basura en la cocina de autocaravana).
Ventanas para no asomarse.
(Es peligroso).
Ventanas.
Solo ventanas.
Solo
Para saltar.

 

 

El triunfo de Holofernes


No se trata, aún no, de gusanos,
moscas, mandíbulas. Nada se pudre.
No hay muecas, ni guadañas. No hay dolor,
ni sed, ni frío, ni nieve, ni perros.
No hay gritos, ni cenizas. No hay patíbulos,
ni disparos. No hay lágrimas. Aún no.

Y esa mujer.
Ha llegado en un tren desde la dulce Francia.
Campos y pájaros. Castillos, ríos.
Y nubes. Y soles. Y tumbas.

Esa mujer.
Para qué perfila su boca con carmín.
Para qué hay iris en sus ojos, todavía,
y mares de flores, y lluvia.

Pero sí.
Un día de primavera de 1492.
En ese tren que partió de la doliente Francia.
Ah, sí, al fin, sí.
En esa estación de la ciudad de Treblinka.

 

 

--^ôOOô^--

 

 

Conocí a Pedro Andrés cuando él era Verlaine y yo era Rimbaud. Era la transición y los ecos de la movida resonaban en los callejones de Madrid. Yo era un Rimbaud tímido pero arrogante, que tendía al silencio y a la distancia, a la reserva; él, un Verlaine socarrón, conquistador, viejo soldado y poseedor de un pasado belga intrigante. Los dos caminamos por pasillos de la faculta de letras (omito filosofía) de Madrid, la autónoma, unos pasillos llenos de escalones y fantasmas encarnados, recién llegados de los Estados Unidos. Pedro siempre de negro, enfundado en sus mallas, con su chaqueta de cuero, con esa sonrisa leonesa que en la comisura de los labios hacía dos curvas medievales, doloridas y sardónicas, dos tildes románicas con sueños góticos. Yo paseaba un impermeable de pescador galés robado de un armario de mi abuelo, siempre preparado para el bateau ivre que cada mañana amarraba al muelle de cemento de la estación de la universidad. En mayo, él iba todavía con su chaqueta de cuero y sus botos negros; yo, con mi impermeable y un gorro de hule colgando también negro atado a un ojal. Era una forma de protesta, de protesta contra el clima, contra los cielos. Bajo el sol de la primavera eterna.
Pedro y su voz, Pedro y su buhardilla de Chueca por la que desfilaban las amantes más suaves e inesperadas, Pedro y sus Ducados, sus lecturas, sus paseos. Luego llegaba julio, y Pedro se retiraba a Gradefes, un pueblo de León, a rondar sombras. Yo me había reconstruido una Sanglas 350, que había pintado a mano de verde inglés Titanlux, y Pedro tenía querencia por su ruido. Su sueño, era convertirse en trovador nocturno y correr de ventana en ventana, de reja en reja, de patio en patio, como salta muros, palpa ventanas. Pero Pedro no tenía sueños sino chispazos eléctricos. Y así lo hizo, surcar la noche leonesa con una Sanglas 350 sin freno delantero, aunque esa historia es para otro momento.
Siempre sin freno delantero, Pedro se entregó a la vida. Su aspecto, su melena de ala de cuervo, su querencia por el negro, su taconeo alegre de soldado cervantino, producía entre los profesores y profesoras, entre las familias del Madrid bien, siempre intelectual, que lo conocieron, tanta fascinación como miedo. Pedro Andrés tuvo tantas oportunidades como oportunidades quemó. Y el Madrid gris postfranquista, a pesar de esas alegrías de los cachorros de la burguesía que tomaban la cena familiar recalentada con legañas de recién despertado y una jeringuilla escondida en el calcetín, le dio tantas oportunidades como le quitó. Yo asistí a su bajada a un infierno que le venía pequeño desde la distancia ohiana y japonesa. El batir de sus alas negras siempre estuvo conmigo.
Al cabo, Pedro se retiró a Gradefes y allí vive. Gradefes es una aldea de León con un bar llamado El Alegre, que es como su cuartel. Vive de noche, en una casa derelicta, con un palomar derruido y quevediano en algún ángulo de esos páramos que Benet llamo “los campos góticos de León y castilla”. Pedro vive como el Numa, con un patio y un pozo, la penumbra y las palabras. Nunca viaja, aunque su vida es un continuo viaje de invierno, en un tren a la vía láctea, a la laguna Estigia. Desde allí, me manda versos, manuscritos y tecleados en Olivetti, comentados, explicados. Y yo los leo con el gusto, la certeza y el pavor que produce saber que quizá me escribe el mejor poeta vivo. El pondría en duda lo de mejor. Yo pongo en duda lo de vivo. Porque pasado Madrid, dejada atrás la vida de soldado, de estudiante, de trovador, de asaltacasas y de robavirgos, de sacerdote de las tinieblas y del dolor, Pedro está en muga, en ese estado que mezcla todos los estados y que no es ninguno. Vida y muerte.
En sus versos hay ecos de Garcilaso, del manco, de Arnaut, de Dante, hay acrósticos inesperados y la mirada lejana de Gil de Biedma, que asiente con displicencia. En sus versos hay vida y muerte, y la sensación de que siempre son un regalo que viene de my lejos. Amargo, agridulce, picante, pero con el fondo azul de Pietro Vannucci.
Yo ya no soy Rimbaud, ni Pedro Andrés es Verlaine. Nuestra casa no es ya nuestra casa. Ahora el mundo es al revés, y él es Rimbaud y yo soy un Verlaine gruñón que busca más la raíz galaicoportguesa para chuparla, como el palulú de la niñez. Mientras tanto, él sigue con sus botas negras, sus ojos llenos de sombras y brillos, siempre dispuesto a que se los roben. Yo los tengo aquí, sobre la mesa. Son sus versos.


José Pazó Espinosa, Madrid 2015

 

 

 

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