Álex Portero
Madrid, 9 de septiembre de 2015.



Pasaje a las Dehesas de Invierno

Francisco Jota-Pérez
Esdrújula Ediciones, 2015.

 

Si recurrimos a Blake y damos por bueno que los tigres de la ira son más sabios que los caballos de la instrucción, aceptamos pisar territorios duales devenidos estructura a partir de la yema mitos-logos. Leer a Francisco Jota-Pérez supone desdibujar los contornos de la realidad o negarla aumentándola.


Las herramientas de lo sensible, lo cartesiano, son aparejos toscos e inútiles para afrontar la lectura de Pasaje a las Dehesas de Invierno, acaso estamos ante un diario escrito desde las dos orillas, expresión como mínimo traidora, pues toda idea de mundo sensible y mundo trascendente escindidos envenenaría y simplificaría las páginas de este libro. Quizás la mejor explicación posible sea la dificultad de la misma, esto es otra cosa, la convivencia entre lo que fue, lo que es, lo que será, lo que se ve y lo que no se ve. No más mito y logos separados, la literatura de FJP es la amalgama espesa y negra de ambos.


Emparentado directamente con el Maurice Blanchot de Thomas el Oscuro, acaso una versión transhumana del escritor francés, hermanados mediante una prosa que alimenta la conflictiva relación entre literatura y lenguaje, también en la concepción de que sólo lo ficticio es real –me pregunto si esto no es una célula primitiva del concepto de hiperstición-, ambos otorgan rasgos desnaturalizadores a los acontecimientos propios de la naturaleza tal y como la hemos interpretado; la muerte, la resurrección, la concepción o la metamorfosis –atención a cómo está tratado el concepto en PDI, al fin el extraño caso de un escritor que se acerca a la perfección cuando escribe acerca de la identidad, al fin los géneros se mueven siguiendo algo parecido a la Ley de Poseuille dentro del cilindro que supone el cuerpo-, adquieren proporciones tecnológicas o litúrgicas, artificiales, fenomenológicas. Se alejan de lo que sabemos de ellos.


Algo de Philip José Farmer también se adivina entre líneas –el cuerpo renacido y reconstruido una y otra vez en To your scattered bodies go-, el pentagrama sobre el que está compuesto el Pasaje inevitablemente me llevaba hasta la Promethea de Moore –el viaje ascendente de la tecnoheroína por el árbol de la cábala -. Pasaje a las Dehesas de Invierno es la conversación imposible entre Max Blecher y Katie Acker, entre el temblor de una corporalidad trémula y un lenguaje neurotóxico cyberpunk. Basten estos nombres arrojados sobre la mesa como dientes recién arrancados para bosquejar de qué estamos tratando de hablar.


Pasaje a las Dehesas de Invierno narra el camino de Assumpta Serrano, bruja, viuda, fisioterapeuta a domicilio y habitante del barrio del Clot (Barcelona) que reseña habitaciones de Hotel para una publicación local y forma parte de “La Jauría”, banda comandada por una enigmática Madre-Tótem que se dedica a dar palizas a objetivos escogidos aleatoriamente (o no) en la noche barcelonesa.


La novela narra, esencialmente, un viaje trascendente que pone en movimiento: género, sexualidad, magia, hipnagogia, tecnologías del yo, estados alterados de conciencia, topografía profunda, psicogeografía, amor, muerte, pérdida y expiación.


Pero también puede narrarme a mí, o a ti, puede enroscarse –si el lector lo permite- alrededor del tallo cerebral como un hongo, como un organismo fronterizo entre lo infeccioso, lo enteógeno y lo nanotecnológico. Todo lo que hace FJP supone devastación del concepto linde, responsabilidad de quien lee es aprovechar esa oportunidad. Hay quien puede señalar la obra de FJP como un conjunto de eyaculaciones crípticas, hay quien, a estas alturas, sigue haciéndolo con Joyce. 

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Entender las cosas no garantiza aprenderlas o disfrutarlas, lugar común que debe ser derribado, a veces hay que seguir adelante a ciegas, transformar el aprendizaje en una experiencia fisiológica de impregnación y ahogo, aceptar el juego de la invasión vírica, usar la lógica del mantra y pasar al otro lado, que también es este. Aceptar que lo inabarcable nos cabe en la boca, que podemos degustar sin ver, que podemos contener sin tocar.

 




 

 

 

 

 

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