EL ANIMAL POR CUYO NACIMIENTO FUE MORDIDO:


 Alberto Masa
 
La metáfora es solamente traslado, la visita de un sitio venido a otro. Yo quiero el otro. Paso de mí, he muerto en el año 1997 o 1998, en el índice probo de unos cuantos jóvenes. Uso metáforas de esas para no ser un paso de cebra gastado por doscientas procesiones y, doscientas de personas, cada una, en las que una soy yo sujetando un pesado farol cuya bombilla está fundida hace mucho tiempo, (andando y rezando sin más, con algunos chalaos descalzos pellizcándose).
Me da igual si un tiesto es de color verde azulado. Ya se lo he dicho, esta mañana, a un niño de la calle.
Me da igual que un puñado de segundos sean el obsequio ignaro de la vida.

Existe un animal idéntico al farol, que es sacado en procesiones por un niño que no sabe que está jugando, pero lo hace tan en serio como cuando juega al fútbol con porterías hechas de jerséis. Que tiene todo menos a él y que murió como todo el mundo, en los compañeros de equipo, en los amigos.
Es el animal que se cae en quien lo sujeta.
No tiene boca y sus ojos son inútiles.
Han gestionado un informe en el que pone que debe presentarse, admitir que sus ojos no funcionan y su nariz ha sido comida por una boca que no tiene y, si pudiera, a lo mejor, esto mismo lo diría sonriendo arriba o abajo indistintamente.

El Sr. cura sólo empieza las canciones.
Al día siguiente, por mucho que no haya acabado el coro, el animal recibe el trato de la gente que sólo es una huella sobre un paso de cebra que la huella ha eliminado.

Ni es yo ni es nada -aunque el yo sea también nada-, el animal.
El Sr. cura sólo tiene la vida de empezar la canción. Si oyes letra, dice el animal haciendo el código morse en una mesa cualquiera de la reunión, decir nada, nada, pñlñkp.
Añade: gente hjkuhj noche entera.
Pobre en el animal que me dice sus secretos a cambio sólo de que he venido. Y no sé morse.

Tengo, de mis antepasados, una tierra poblada de olivos todos sin fruto, pero que dan respaldo. Allí soy el que le vive, cuando vivo, si él no viene. Porque si viene y vivo, desaparece.
Y, si desaparece, se lleva con él el resto de la procesión.
 
 
 
 
 

NIÑOS DE AMOR:

 
Sacar el pie izquierdo del aceite caliente y, tras comprobar que se ha dorado bien, estirar hasta extraer (se quita prácticamente sola) con ayuda de los dedos índice y pulgar que quedan en la mano diestra la uña del gordo, llevarla luego a la boca y masticar esta delicia de corteza gratinada tiene también mucho de melancolía. Creo que, por H o por C, yo siempre he sido una persona que, en su vida, ha tenido sus añoranzas.


Hace mucho viví en un sótano y papá bajó a un niño. En un principio lo entendí como una agradable visita para jugar y, con suerte, tomar una limonada, pero el hecho de descubrir que el verdadero propósito de mi padre era que el niño me enseñara, entre otras cosas, a leer y tener modales en la mesa, me produjo tal ansiedad que estrellé un beso en la nariz del pequeño -un niño redondito que, según me contó, aún no había hecho la comunión- y no pude comprender que no respondiese con alegría a ese gesto fugaz en el que yo introducía, resumido, mi amor hacia la vida y la belleza que intuía en el interior de ella.

Después de su incomprensión y girarle el cuello hasta escuchar su inexistente grito de dolor acabadísimo, subí las escaleras con la cabezota cogida del pelo y golpeé la puerta hasta que mi padre abrió una noche después y le enseñé mi regalo. Papá me dejó salir del sótano y, juntos, taladramos la cabeza del niño redondito en la cocina hasta extraer el seso y prepararlo junto con unos judiones que hubimos de recalentar en el microondas. Di un beso a papá y él me dijo que me quería. Que comprendiera que tenía que aprender y que, lo mejor del plato, sería la lengua del chico. Papá me colocó unas toallas encima y me dijo que era para que mamá, cuando llegase de trabajar, no viera las salpicaduras, ya que iba a cortar. Así que, dijo, bueno sería que subieras más partes del cuerpo como, por ejemplo, dedos. De acuerdo papá, dije. Yo, entonces, ya no recordaba nada de cómo era la vida en el exterior, en el otro interior de la casa, pero estaba descubriendo que era un lugar donde nos queríamos mucho.

Al bajar de nuevo al sótano vi unas pocas ratas encima del tronco del niño pero, en cuanto llegué, se fueron despavoridas llevándose tan sólo el cordón de una botina. Arrastré escaleras arriba el cuerpo que, por cierto, pesaba bastante y, al llegar a la puerta, esta estaba cerrada, de nuevo, con llave. Lloré y lloré mientras oía a papá reírse al otro lado a carcajada limpia. Dije en voz alta que le pedía perdón y pregunté qué había hecho mal. Él decía que todo lo había hecho bien, que no temiese, pero que estaría castigado. Pasó un poco de sal gorda por debajo de la puerta y me dijo que la usase en el muñón de la cabeza y que no dudara en chupar como si de un langostino se tratase. Le pregunté qué era un langostino. Ay, sentía tanta emoción. Hacía tantos años que no hablaba con mi padre. Seguí hablando durante horas y no me importaba haber escuchado hacía muchísimo rato sus pasos alejándose. Yo le decía lo mucho que le quería a él y a mamá y le dije, muy seriamente, lo que opinaba de que trajera a un niño que aún no había hecho la comunión a mi sótano para que me enseñase las cosas de la vida. Al día siguiente amanecí abrazado al cuerpo sin cabeza del niño y di golpes en la puerta hasta que esta se abrió sola.

Salí poniendo mucho cuidado en los sonidos y procurando no hacer ruido hasta que, gateando, conseguí entrar en el salón. Allí estaba mamá haciendo gimnasia. La estuve observando sin que me viera. Trataba de hacer unas flexiones cuando notó la presencia de yo, completamente ofrecida a la exaltación de este planetario, pues descubría en ella mi nervioso y natural amor primero, la dicha y mi fortuna.
Noté que estaba algo confusa. Me preguntó si era uno de esos niños de la calle y si había entrado a robar. Dije que era yo y añadí: mamá. Le dije que seguramente papá habría abierto la puerta de mi sótano porque ayer habíamos estado juntos afuera cocinando pero que, en una broma, me volvió a encerrar y que, entonces, estuvimos hablando el uno con el otro separados por la puerta, comunicándonos después de tantos años sin decirnos absolutamente nada.

Ella me dio un beso y dijo que me sentase a tomar un café a su lado. Me dijo que estaba irreconocible, que había madurado mucho desde la última vez que me vio y que estaba muy sorprendida, que me había hecho un hombre y que, incluso, podía llegar a pensar en matricularme en un colegio junto con otros niños para que tuviese una cultura y un porvenir. Dijo que la vida era aburrida en el sentido de que había que estar siempre trabajando y todo, dijo, absolutamente todo, para luego que no te lo agradezca nadie.
Le hice saber que el café en taza era un acierto. Me dijo: gracias. Yo le dije A ti, mamá. Me dijo que estaba pensando en la chica de los señores Moore para mí, que era una joven encantadora y con unos modales exquisitos. Que no iba a ser fácil porque ya había rechazado incluso al chico de los Smithson. Que tendría que trabajar duro y llevarla muchos regalos para que me quisiera.
Pregunté dónde estaba papá. Caray –dijo acariciando mi mugrienta peladura- debes de tener ya unos quince o dieciséis años.
 
 
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A menudo vienen a mi mente
esas dos estudiantes
que se lanzaron al vacío
desde el puente Segovia 
hace unos cuantos años
un día de primavera
porque querían pasar la eternidad con Kurt.

Pienso en lo que pasaría por sus cabezas
durante esos segundos de caída.
Llevo viviendo toda mi madurez en esos segundos y
no veo a Kurt Cobain por ninguna parte,
sólo respiro sin saber muy bien
si será la última o la penúltima vez que lo hago.
A veces, durante la caída, me enciendo un cigarro y
meto un café en el micro.

No espero que nadie venga a salvarme
ni siquiera ella, el único amor de mi vida.
Hoy, antes de colgar, la he lanzado una media de doscientos
besos.
 
Pienso en qué pensarían esas adolescentes,
en sus cabecitas llenas de sueños por cumplir,
en las velas de la tarta que soplaron cuando tenían seis años
y aún creían en los Reyes Magos,
en todo el amor que podían haber dado al mundo,
en los hijos que no tuvieron y que, hoy,
desde algún extraño lugar
lloran sus muertes.
Era un día de primavera, igual que hoy.
Taparon sus restos con mantas blancas a las que le faltaba grosor,
la sangre joven y podrida podía verse a través de ellas.

Estoy respirando en esos inciertos segundos
donde el tiempo se detiene 
Y no sé qué es hoy, qué fue ayer, qué es mañana,
mis ojos le pertenecen a Ella que,
quién sabe,
quizá ahora también esté suspendida en alguno de esos segundos,
de mi mano,
antes de que suene cloc
y los coches empiecen a frenar en seco.
Éramos esas dos jóvenes cargadas con libros de escuela
en las mochilitas que las regalaron sus padres.
Lloro. Lloro mucho.

Levanto la vista del cigarro y veo a Kurt Cobain.
Me dice que lo siente.
Yo le digo “No pasa nada, hombre”.
Entonces me dice: Enciende el ampli,
quiero hacer un grupo contigo,
vamos, saca la guitarra esa que tienes,
esa Fender que te regaló mamá por cortarte el pelo,
desempolva el amplificador Marshall.

Insiste: Vamos , tío, tengo prisa:
Hagamos una nueva versión de Lithium y 
mandemos a cagarla a este 
arco iris.
Todo es tan bored
.

 

 

 

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