LA MATANZA DE KATYN 

Joaquín Albaicín


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Durante muchos años compañero de viaje del comunismo y activo propagandista de los logros soviéticos, Yves Montand decidió un buen día quitarse las orejeras y la venda y hablar claro. Tardó, sí, pero lo hizo. Denunció la infamia del gulag, el exterminio sin piedad de los “enemigos del pueblo” y la vileza encarnada en política de Estado como lacras de origen -por sólo citar tres- de todo el experimento marxista. Muchísimos franceses recordarán aún cómo el día de Reyes de 1984 se comunicó en directo y desde la televisión con el país en pleno para exponer, entre otros asuntos, su conclusión sobre esta ideología distópica: “Es prioritario”, se pronunció, dejándose de medias tintas, “combatir dicho sistema y a los que lo apoyan”.

El iceberg comunista empezó de algún modo a agrietarse de verdad, sí, esa noche en que, apuntando con el dedo índice a la cámara, el protagonista de La guerra ha terminado, que tanto había contribuido a prestigiarlo, redondeó su afirmación con estas palabras: “Os lo digo a vosotros, funcionarios de la embajada soviética, que me estaréis seguramente escuchando”… Lo estaban, claro. Seis años después, Yves Montand acompañó a Costa-Gavras a la URSS a presentar en un Moscú donde ya se escuchaban los primeros compases de la perestroyka su película La confesión, prohibida en el paraíso del proletariado desde su estreno veinte años atrás. El reputado director de cine tampoco tuvo pelos en la lengua al referirse a la práctica regular de la tortura, el acoso físico y psicológico al disidente y el asesinato como “un fenómeno universal en el mundo comunista”. Y es que, tal como denuncia en su nuevo libro Thomas Urban, corresponsal alemán en Varsovia: “Stalin justificaba con las enseñanzas de Karl Marx la solución de los problemas políticos a través de la violencia”, como ya había hecho el Lenin fundador de un régimen cuyos dirigentes y cuadros reclamaban “el derecho a decidir sobre la vida y la muerte de los oponentes reales, potenciales y supuestos”. No se trataba, en fin, de “errores” o “defectos” propios y exclusivos de Stalin.

Viene nuestra evocación de aquella fuga de Montand desde las tinieblas hasta la luz a cuento de un documento cuya existencia ha querido recordarnos Urban, pues le ha servido de base para hilar su ensayo La matanza de Katyn. Historia del mayor crimen soviético de la Segunda Guerra Mundial (La Esfera de los Libros). Fue el 5 de mayo de 1940 cuando Stalin escribió de propia mano: “Exterminadlos” al pie de una hoja mecanografiada que, además de él, rubricaron Beria, Molotov, Voroshilov y Mikoyan, es decir, el Politburó. Los seis firmantes podían presumir desde hacía años de una apabullante trayectoria como sádicos, ladrones y asesinos de masas. El documento en cuestión transmitía la orden de dar muerte en el acto y sin juicio previo de ninguna clase a un enorme contingente de prisioneros de guerra polacos -en su mayoría oficiales del ejército, pero también sacerdotes, intelectuales, profesores universitarios, jueces, artistas, médicos, aristócratas…- a quienes se mantenía confinados en tres campos de concentración. Sólo se sacó de las listas de la muerte a unos pocos que durante su internamiento habían accedido a colaborar con los servicios secretos comunistas y a unos centenares con los que, de cara a la opinión pública mundial, se tenía previsto organizar un “ejército polaco” que luchara contra los nazis bajo mando soviético. El número oficial de los condenados a muerte -sin su conocimiento- en aquella orden por el régimen rojo era de 26.700 individuos de una tacada. Alrededor de 60.000 de sus familiares fueron, como remate, condenados dos días después a ser deportados a las más remotas y desamparadas regiones de la URSS. Se trataba, recuerda Urban, de “exterminar a la clase dominante polaca para extender a Polonia el sistema totalitario de la Unión Soviética”.

Las sangrientas y luctuosas jornadas, cuyo supervisor fue condecorado por su actuación con la Orden de Lenin y en las que los participantes recibieron recompensas económicas en homenaje a su eficacia, tuvieron lugar en Kalinin, Jarkov y -la más famosa- en Katyn, cerca de una aldea rodeada de bosques y al lado de una casa de recreo de la policía secreta soviética, el NKVD. Las víctimas fueron conducidas hasta allí una a una y como ovejas al matadero, ignorantes de lo que les esperaba: un tiro en la nuca. Varios miles de esas balas fueron disparadas por un solo hombre: Vasili Blojin, uno de los muchos especialistas en ejecuciones con que contaba el Partido que, poco antes, se había ocupado de matar en los sótanos de la Lubyanka al escritor Isaak Babel y a Meyerhold, el famoso director de teatro. Unos pocos desdichados -la mayoría, religiosos- no llegaron a Katyn, pues fueron matados a tiros en el sótano de la sede del NKVD de Smolensk: “Había once católicos romanos, un sacerdote de la Iglesia greco-católica ucraniana, un ortodoxo, un pastor protestante y un rabino”.

Luego, cuando Hitler decidió invadir a su hasta entonces aliado y, en la primavera de 1943, sus soldados se toparon con la inmensa y pestilente fosa común, los alemanes hicieron público con gran despliegue de medios publicitarios aquel hallazgo que tan de perlas les venía para minimizar la triste fama ganada con sus propios crímenes. La URSS reaccionó, como era de esperar, culpando a Berlín del horror de la matanza de prisioneros. Y, dadas las circunstancias bélicas y políticas del momento, tanto Roosevelt como Churchill prefirieron no indisponerse con su aliado militar y dar por buena su versión, accediendo además, para contentar a Stalin, a romper relaciones con el Gobierno polaco en el exilio.

Ni siquiera objetaron nada a la “extraña” actitud soviética de negarse a que el lugar del crimen fuera examinado por un equipo de la Cruz Roja Internacional. Y, pese a que esa versión de los hechos que exculpaba a los soviéticos fue siendo desmentida y desmontada a medida que salían a la luz autopsias, declaraciones de testigos, exámenes de las evidencias… ni Washington ni Londres quisieron ya apearse del burro, por cuanto ello significaría, entre otras cosas, admitir su complicidad en el encubrimiento. De hecho, en los preparativos del proceso de Nüremberg se llegó al acuerdo de que en ningún momento de sus sesiones debía mencionarse la cuestión de que Polonia no había sido invadida sólo por los nazis, sino por éstos y la URSS, con quien se la había repartido de común acuerdo, llegando incluso las tropas nazis y comunistas a desfilar juntas en algunos pueblos polacos en los que los soviéticos -lo mismo que los alemanes- aplicaron la política de tierra quemada por la que ya eran conocidos en la propia Rusia desde que en 1918 Lenin decretara el Terror Rojo. Y es que no sería muy bien entendido por la opinión pública que la cúpula nazi fuera juzgada por un delito cometido en confabulación con quienes la juzgaban. ¿Y Katyn? Habían sido los alemanes, por supuesto.

Además, a medida que sus tropas iban ocupando la Europa Oriental, Moscú se había ocupado de ir haciendo desaparecer en distintos países a quienes podían testificar con veracidad sobre lo sucedido en Katyn: médicos, campesinos, militares, periodistas, clérigos... Thomas Urban reconstruye suficientemente en este libro el final de casi todos aquellos hombres asesinados sólo por saber cosas que a Moscú interesaba ocultar. Por su parte, británicos y americanos habían ya entregado a Stalin no a unos pocos individuos molestos, sino al pueblo polaco entero, así como a centenares de miles de rusos exiliados que fueron automáticamente ejecutados o enviados al gulag pese a jamás haber sido ciudadanos soviéticos. No se contaba, sin embargo, con que, inesperadamente, se presentarían en Nüremberg dos oficiales alemanes, en su día conspiradores contra Hitler y en posición de dejar al descubierto las vergüenzas de Katyn.

La matanza de Katyn de Urban es no sólo una crónica detallada y un estudio minucioso del destino de aquellos miles de infortunados sobre cuyo asesinato en masa los Aliados -pese a, supuestamente, estar en su mismo bando- quisieron echar tierra por turbias razones. Es también la historia de un encubrimiento y la exposición de una galería de perfiles humanos de muy distinta laya deambulantes por los páramos de una época desgarradora. Carceleros, militares, exiliados, traidores, corresponsales de guerra, espías, diplomáticos con las manos manchadas de sangre, chekistas como Merkulov, el citado Blojin o Ivan Stelmaj… Jaruzelski, futuro dictador rojo de Polonia, entonces sólo un joven deportado (y pronto reeducado). Escritores como Sven Hedin, Ernesto Giménez Caballero -que ya había escrito Los toros, las castañuelas y la Virgen y las Notas marruecas de un soldado- o Jozef Czapski, que además fue pintor, aristócrata, agente secreto y capitán de la caballería polaca.

Tan deplorables hechos, que tanto inspiraron en las décadas siguientes la lucha de la resistencia democrática anticomunista en Polonia, han sido reconstruidos con buen hilo dramático y gran fiabilidad por Andrzej Wajda, cuyo padre fue uno de aquellos 25.700 cadáveres, en la película Katyn. Pero en la Rusia de hoy sigue existiendo una gran resistencia institucional a admitir la infamia allí cometida. El discurso oficial no quiere una sola mancha en el poema cantor del heroísmo del pueblo ruso contra los nazis. Y es que la URSS no cayó, como el régimen nazi, debido a la invasión militar de una potencia extranjera, sino por el peso muerto de su perversidad acumulada. De ahí que Rusia no haya pasado por ese Nüremberg que, al menos en cierta medida, sí hubo de tragarse con todos sus merecidos sapos Alemania. Se puede decir -generalizando- que casi cada familia ex soviética -como casi cada familia alemana- cuenta entre sus miembros con algún asesino o cómplice de asesinato, así que -esta es la política- mejor no remover el pasado.

Por lo demás, aquí está el libro de Urban para constatar que éste se remueve por sí solo y, tarde o temprano, las nieves de la mentira terminan siempre por derretirse.

 

 

 

 

 

 

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