EL REY DE LOS TRENES 

Joaquín Albaicín


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Aroma a cigarros Khedive. Fugitivos de los nazis o del terror rojo con el sombrero calado y las solapas bien alzadas y temblando de miedo. Un maquinista que, al dejar atrás el Telón de Acero, se lanza por la ventana en pos de la libertad y, a los pasajeros, que les den morcilla o que los salve el fogonero. Basil Zaharoff, rey del tráfico de armas y dueño del casino de Montecarlo. Ali Khan, María Callas, Marlene Dietrich, Agatha Christie, Mata Hari, Eduardo VII de Inglaterra. Aristócratas austrohúngaros. El Zar Boris III de Bulgaria -¡eso era afición!- a los mandos de la locomotora. Su padre, Fernando I, también maquinista ocasional que, insomne por no dejarle el traqueteo cerrar los ojos, ordena la detención del tren hasta la salida del sol. Tras el desayuno, ¡otra vez en marcha! Stefan Zweig, albacea y cronista del mundo de ayer. El escritor y antiguo oficial zarista Joseph Kessel, un día jefe de estación en Vladivostok. ¡Leopoldo de Bélgica y sus queridas! El Train Bleu, homenajeado por el ballet de Diaghilev en una única representación. Raoul Wallenberg camino de Budapest a través de una Europa en llamas, en un vagón lleno de agentes de la Gestapo, encargado por los americanos de rescatar de las garras nazis a cuantos judíos pueda. Baden-Powell en pantalón corto y cazamariposas en ristre. Maharajás con su séquito, Grandes Duques, la Princesa Alice que inspirara a Proust y literatos como “sacados de las memorias de Tolstoi” y que tienen en esos vagones un poco su segunda casa. ¡Un rodaballo en salsa verde o un pastel de jabalí al pasar por Viena! La Emperatriz Sissi, quien, tal que Gandhi, no subía al tren sin su vaca y su cabra y, como él, caería bajo las balas de un asesino. Oficiales británicos de camino a luchar en Sudán contra el Mahdi. Sacha Guitry y Josephine Baker tarareando Valencia, del maestro Padilla. Un suspiro de Bella Darvi, la Nefer amante de Sinuhé el egipcio. Una tormenta de nieve en los Balcanes. Una galante parada no prevista a fin de que Sarah Bernhardt descienda del vagón y salude a una multitud de campesinos que quiere dedicarle una aclamación en medio de la estepa…

Es, claro, el Orient-Express, fundado en 1833 por Georges Nagelmackers -de París a Constantinopla en setenta y cinco horas- y que conoció sus años de gloria en la Belle Epoque, a cuyo “sueño enloquecido”, en palabras de Mauricio Wiesenthal, también se abandonó. En medio de aquel frenesí, leemos en la “biografía” que le ha dedicado, “se inauguraron nuevos enlaces y correspondencias que llevaban a los viajeros europeos hasta Bagdad o El Cairo. Se diseñaron vagones elegantísimos, con ornamentos de art nouveau… Algunos de aquellos coches acabarían, con el tiempo, siendo reutilizados en convoyes sin su leyenda y caché, como uno incorporado desde 1958 al tren Irún-Lisboa. Otros, recuperados en una subasta monegasca por empresarios y coleccionistas, han sido restaurados y viajan hoy en el Venice Simplon-Orient-Express, un Orient-Express absolutamente de mentira desde el momento en que en él, lamentablemente, no se puede fumar.

La cosa no podía acabar bien, pues aquel hotel sobre ruedas, como con acierto lo define Wiesenthal en -digamos ya el título- Orient-Express. El tren de Europa (Acantilado), era culpable del delito de haber sido el rey de los trenes y, como Luis XVI, fue asesinado, víctima primero de la chusma utopista y, luego, de los adinerados de nuevo cuño, sin gusto y sin historia: “Lo mataron sencillamente porque era noble, simbólico y representativo de un mundo más bello. Lo asesinaron unos sermoneadores de la filosofía y de la política que se gloriaban de estar creando un mundo nuevo, igualitario, popular y más justo”.

Habían llegado y se habían encaramado ya a las tribunas, pues era su tiempo, los dictadores, que “simplifican las ideas a fin de complicar la vida”. Sabe de lo que habla Wiesenthal, quien no en vano alcanzó a viajar en el mítico tren en los años 60 y 70, cuando el transporte de Hércules Poirot era ya una antigualla con la vajilla de plata abollada, un convoy decadente cuyo declive había comenzado en la I Gran Guerra y que, al llegar al otro lado del Telón de Acero, padecía la humillación de ser enganchado a los cutres trenes locales de los países comunistas, cuya policía estaba desde 1945 especializada en el acoso y maltrato a los viajeros. Ya desde el Tratado de Versalles Europa había empezado -¡ay!- a ser otra, “la Europa de los fascistas y los trotskistas, de los nuevos ricos y los políticos todopoderosos”. Y el Orient-Express se había llevado, por supuesto, en sus vagones “el recuerdo de la vieja Europa”, pues, aunque el tren “había nacido con el vapor y la industria, espiritualmente pertenecía a un tiempo anterior. Era un transporte sosegado y lento que, como la música de Bach, se había quedado perdido en las volutas de humo y los arabescos del barroco”.

Porque “los trenes de lujo, como todo lo bello, tuvieron siempre sus enemigos”, y entre los principales se contaron los servidores de las dos tiranías igualitaristas más feroces del siglo XX, el comunismo y el nacional-socialismo. Pero también sumaron admiradores y devotos, por descontado que de elevado pedigrí ético y estético. Por eso allí iba Wiesenthal en el último viaje, el 19 de mayo de 1977, sin que hubiera ya mozos que portaran las maletas ni abrieran la cama ni extendieran sobre ella el pijama a los viajeros. ¡Ah, aquellos empleados de coche-cama que hablaban cinco y seis idiomas! Hoy, los dirigentes políticos españoles no hablan ni siquiera el castellano.

La vida no deja de ser un tren, o el tren es una de las metáforas con que mejor se puede simbolizar el paso del ser humano por este valle de sonrisas y de lágrimas. El avión, por ejemplo, no sirve, en el avión no se “reside”, no hay en él vida social -casino, restaurante, sala de fumadores- ni pueden vivirse aventuras o amoríos sin reparar en las agujas del reloj. Al avión no puede detenerlo durante días un alud de nieve y luego, cuando ya has hecho un hijo a una Condesa, seguir como si nada camino hacia Belgrado con la dama en estado de buena esperanza. Es otra cosa.

Ya todo es otra cosa.

 

 

 

 

 

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