NEANDERTALES

 

Joaquín Albaicín


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Admito no recordar si fue el padre Manuel Crespo, mi profesor de historia en los agustinos, o don Manuel Díaz Calero, que impartía ciencias naturales, a quien formulé la pregunta. Sólo estoy seguro de que cursaba el sexto curso de la EGB y de que cuando, seguramente por haber sacado el dato de alguna de las Joyas Literarias Juveniles de Bruguera, se me ocurrió preguntar:

-En el hecho de que Alejandro Magno tuviese cada ojo de un color, ¿pudo influir el que su padre, Filipo, fuese tuerto?

Mi profesor me respondió:

-Eso es una idiotez, niño. ¿Qué coño tendrá que ver una cosa con otra?

Quizá fue entonces cuando quedé vacunado para siempre contra el darwinismo, convicción -la de que la teoría de la evolución es una solemne imbecilidad- que ha venido después a reafirmarse sin cesar en el curso de los años. ¿Qué es el darwinismo? Ser darwinista es asumir, por ejemplo, que, si yo me afeito todos los días, los bisnietos de los bisnietos de mis bisnietos tenderán a ser lampiños e incluso alopécicos y que, si luzco durante toda mi vida barba de náufrago, mis remotos descendientes nacerán más vellosos que la media, así como que, en caso de perpetuar ellos tal costumbre, sus tataranietos saldrán de los vientres de sus madres más peludos que los orangutanes. A eso, en el fondo, se reduce la teoría de la evolución.

Vaya pues, por delante que no creo en el darwinismo ni en esos dogmas suyos como calcados de los delirios mormones o del rigorismo wahabí. Precisamente por eso me han intrigado siempre y simpatizo tanto con los neandertales, cazadores diestros y temibles en la emboscada que son uno de los más prominentes chinas en el zapato de los paleoantropólogos. Así que me ha alegrado mucho toparme con El neandertal inteligente. Arte rupestre, captura de aves y revolución cognitiva, hace poco incorporado al catálogo de Almuzara. En este su nuevo libro, Clive Finlayson hace gala del valor nada frecuente en su gremio de admitir que la paleoantropología se basa en grandísima medida en una narrativa “mormona” dada de antemano por buena y en virtud de la cual toda evidencia o indicio arqueológicos que la desmientan son sometidos a un proceso de “reinterpretación” que termine por hacerlos encajar en dicho discurso echando mano de los calzadores que haga falta.

Y el neandertal es la eterna piedra en la planta del pie del darwinismo porque, como bien demuestra Finlayson en su amenísima obra, abundan las evidencias de que su capacidad cognitiva -pensamiento simbólico, prácticas rituales, captura de presas caracterizadas por su rapidez…- nada tenía que envidiar a la de los llamados humanos modernos ya decenas de miles de años antes de que supuestamente éstos salieran de África, por lo que, dado que “el comportamiento cognitivo de los neandertales se adelantó más de ochenta mil años a la revolución de hace cincuenta mil de los humanos modernos”, nada indica que en esa tan hipotética como cuestionable “revolución cognitiva” resultante del “salto evolutivo” no hayan éstos aprendido de los primeros, y no al revés. No hay, pues, nada que venga a demostrar que el neandertal haya sido ese eslabón o “estadio intermedio” de la evolución entre el simio y el hombre inventado por los mormones de la ciencia.

Por el libro de Finlayson me he enterado además de que los europeos actuales portan alrededor de un 1´8 % de ADN neandertal, en tanto quienes tenemos ancestros asiáticos rondamos hasta el 2´6 %, pedigrí prehistórico que acaso nos asegure una pizca más de defensas genéticas frente al darwinismo. Sin duda que además me favorece vivir en Extremadura, pues estas tierras y las de algo más al sur de España y Portugal constituyeron el último reducto de aquella humanidad paralela. Ello significa que mis amigos de por aquí, pese a no ser de ascendencia asiática, quizá tengan tanto de neandertal como yo, si es que no más, lo que explicaría por qué no se extrañan de ninguna de mis extravagancias (y viceversa). La verdad es que no me hubiera importado nada, ya puestos, nacer en Gibraltar, pues, si las aves desempeñan un centralísimo papel que no vamos a desvelar en este libro de Finlayson, que se detiene en el estudio de aquellas cuyos restos han sido mayoritariamente hallados en los asentamientos neandertales, no digamos ya el que atañe en él a la roca de la discordia, escenario de las hazañas de Osiris y Hércules, que vio el desembarco de Tariq cantado por Driss Chraibi o Carlos Lencero y cuyo famoso Anís del Mono no sabemos ya si debiera rebautizarse como Anís del Neandertal, pues el peñón y sus alrededores sí que conformaron, a tenor de lo que se sabe, el postrerísimo solar de estos enigmáticos antepasados que espero que sigan siendo por muchos años ese orzuelo que no da tregua ni descanso al cientifismo.

Uno de esos pocos libros, en fin, cuya lectura nos permite conceder aún un voto de confianza a, por lo menos, algunos de los buscadores de fósiles consagrados a la elaboración del relato del pasado remoto de nuestro planeta.

 

 

 

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