DOS VIAJES A INDIA 

Joaquín Albaicín

 

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No sé si frecuentar las regiones del planeta más o menos vírgenes o raramente pisadas no ya por los occidentales, sino por el hombre en general, actuará como un poderoso tonificante para la salud, pero ahí tenemos, cuando escribo estas líneas, a la doctora Marie-Jeanne Koffmann, rusa nacida en Francia que, tras consagrar su vida a la búsqueda en el Pamir y Mongolia Exterior del almasty, variante local del yeti, está a punto de cumplir ciento un años. Y centenaria murió también Alexandra David-Neel (1868-1969), impenitente trotamundos, primera mujer en la historia recibida en su presencia por un Dalai Lama y que, a juicio de Mario Satz, tenía los ojos “del color de la lavanda desvaída”, observación que no se aprecia del todo en el retrato del sello de correos a ella dedicado en su Francia natal.

Ahora vuelve a asomarse Alexandra David-Neel a los escaparates de las librerías -de la mano esta vez de La Línea del Horizonte- con La India en que viví, uno de sus libros más conocidos y que no fue a la zaga en éxito a los dedicados a sus aventuras tibetanas. Los verdaderos -o completos- motivos inspiradores de los azarosos viajes emprendidos prácticamente en soledad por esta provenzal no resultan del todo nítidos… como en realidad los de nadie, ya puestos. Pero es que hablamos, además, de una época en que las damas europeas, sí, tomaban el té en las innumerables verandas de la India británica o, como Agatha Christie, acampaban con su marido arqueólogo junto a las pirámides, mas en la que la imagen de una señora nada atlética encaminándose sin cónyuge, padre ni amante y ni siquiera escolta hacia los Himalayas a lomos de un yak no era, por más que hablara tibetano, cosa muy corriente de ver.

René Guénon la juzgaba persona “bastante intrigante”, preguntándose si no serían sus viajes impulsados por “bajos fondos políticos”. Sin descartar en Guénon un exceso de suspicacia, lo cierto es que el “budismo” de la exploradora y escritora, autora de libros de viajes muy populares antes, durante y después de los años de entreguerras, no era, mayormente, sino el falso budismo difundido en los folletos de la Sociedad Teosófica, organización ocultista y herramienta de los servicios secretos británicos en Asia, aunque, como queda claro en el magnífico sentido del humor derrochado en su obra El sortilegio del misterio, ella parece haber frecuentado dicho conventículo más como observadora que como como cofrade. René Grousset, por su parte, se aventuró a decir que había “dos” señoras David-Neel: la que escribía y la que sabía. Y ahí lo dejó.

El arranque de este La India en que viví ahora relanzado, en el que relata la travesía en barco que entre zarandeos, náuseas y vértigos la condujo por primera vez hasta la tierra de Ashoka, Buddha, los thugs y el apóstol Tomás, es uno de los pasajes literarios que se me han quedado grabados y gusto de releer. En estos recuerdos suyos incluye David-Neel sus encuentros con practicantes del tantra, las relaciones entre los indios y sus dominadores coloniales o las interminables veladas de puesta en escena del Ramayana en Benarés, un poco al modo del Tenorio montado en escenarios “naturales”, el Día de Difuntos, en Alcalá de Henares… Evoca a los políticos y demás prohombres forjadores de la India independiente y se detiene en la figura de los gurúes, entre los que, más allá de su acepción más genuina, la de maestro espiritual, abundan también los oficiantes como consejeros y algo así como “capellanes” de una o varias familias o adoptan -como Gandhi y Tagore- un rol más en la línea del reformador social y orientador ético.

Sus libros inspiraron bastantes viñetas de Tintín y fue un poco por influencia suya por lo que, en gran medida, quiso Miquel Barceló -y de ahí saldría su Cuaderno del Himalaya- ver en persona los frescos en ellos descritos, pintados hacía siglos en cuevas remotas. Si algo está claro, decíamos, es que el relativo conocimiento por Alexandra David-Neel del hinduismo o el budismo estaba muy filtrado por el tamiz de los panfletos teosofistas y los manuales de “orientalismo” de su tiempo. No de otro modo puede explicarse su afirmación de que las Upanisad ocuparían en el mundo hindú más o menos el lugar que los Evangelios Apócrifos en el cristianismo, o que se refiera a un mandir, es decir, a un templo hindú, como “una amplia sala estrictamente provista de estatuas o de imágenes de deidades”. Porque claro, una cocina es una cocina, no “una estancia donde se guardan muchos platos y cucharas”… Sus obras, en las que continúa palpitando un encanto muy de época, son mucho más, pues, libros de viajes que fuentes de conocimiento sobre la sabiduría de las tradiciones espirituales de Oriente, si bien contienen numerosas reflexiones -no exentas de interés- sobre determinados aspectos de las mismas.

Otro libro de viajes ambientado en India y llegado a nuestras manos por cortesía de Índica Books es el que recoge las peripecias de Fernando Díez -o su alter ego literario, Mateo- y otros hippies de la década de 1960, aquellos soñadores que, a bordo de una camioneta, se lanzaban a salvar la distancia que separaba tal o cual punto de Europa de otro en India -por lo general, Benarés o Goa- o, a menudo, de Kathmandú, ya en Nepal. Por sugerencia de su editor, Álvaro Enterría, que le propuso escribir una evocación costumbrista de la generación hippy un poco como Kerouac nos dejó la foto de grupo de los beatniks, nos invita Fernando Díez a sumarnos a una forma bien diferente de viajar más allá del hecho de no tener ya que recorrer centenares de kilómetros a lomos de un yak, pues, si Alexandra David-Neel se reía de las alucinaciones espiritistas exaltadas por la Sociedad Teosófica, los hippies echaban mano del LSD a modo de combustible. Por otra parte, muy atrás quedaba ya aquel mundo por el que se circulaba sin pasaportes, asunto nada baladí si la ruta exigía atravesar Turquía, Irán, Pakistán y el Afghanistán monárquico donde aún se vivía bien. Resulta casi cómico, por lo insólito, leer ahora que Kabul -desde hace décadas, un amasijo de ruinas- ha sido alguna vez “una ciudad muy cómoda para los occidentales”.

Aquella “tribu” multinacional de la que Fernando Díez formó parte tras renunciar a una vida de ejecutivo de éxito es retratada por él con acierto y conocimiento de causa como “una casta cerrada y clasista y poco proclive a mezclarse con aquellos a quienes consideraban esclavos del sistema, es decir, con el resto de seres humanos”, desinteresada por la política, ávida de “lugares de poder”, compuesta por bultos sospechosos para todos los oficiales de aduanas y que, a la larga, contribuyó a descubrir a Occidente versiones más o menos fiables, según los casos, del yoga. Padres en cierto modo del mindfulness, el LSD ayudó a algunos de ellos a expandir la mente y los encaminó hacia el manto protector y benévolo de maestros espirituales ortodoxos y, a otros, terminó de acentuarles sus paranoias y tendencias autodestructivas. La mayor parte, como señala en el prólogo Álvaro Enterría, terminó por derivar hacia cuadros clínicos de drogadicción y un friquismo antisocial desvinculado de cualquier clase de aspiración de orden espiritual. No es el caso de Fernando Díez, desde hace años concertista de música clásica hindú, meditante a orillas del Ganges y autor de una obra como Ciencia y consciencia (Kairós), en torno a las concomitancias detectables entre la espiritualidad y la física cuántica.

Difícil nos están poniendo últimamente eso de viajar, pero... ahí lo dejamos y que Dios reparta suerte.

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