ANTAÑO

 

Joaquín Albaicín



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Es fama que Juan Maya puso antaño en pie con su pluma al menos dos Macondos de propia cosecha: la región imaginal de los Montes de Ur y el país de Cochigongas. En cuanto a mí, he alzado con la mía -ya se verá- un Macondo en Fuente de Cantos, convirtiéndolo en la capital extremeña de Escandinavia y en nido de espías, legaciones exóticas y criaturas legendarias, todo ello con la tácita licencia de su alcaldesa, Carmen Pagador. Guste o no, esto ya es Historia, ya es ayer en el hoy. O, al menos, puede que lo sea.

  Antaño… Todos los lugares que me atraen, interesan y gustan se llaman así, por lo que lógicamente, en mi caso, Antaño también se llama Ahora: Ahora Mismo, Ahora o Nunca, Aquí y Ahora... Un lugar llamado Antaño (Anagrama, 2020) -o precisamente Antaño- contiene entre sus solapas el Macondo de Olga Tokarczuk, que insufla aliento a sus habitantes en una comarca literaria defendida desde cada uno de sus puntos cardinales por un Arcángel, medida protectora que también se cumple, aunque ninguno de los dos lo hayamos precisado de modo expreso, en los Macondos de Juan Maya y míos.

  Antaño es una comarca, pues, gobernada por las miradas de los ángeles, donde en los sueños, como en los ríos, se introduce uno por los pies y donde su colocación en la iglesia no deja ver el altar a la Virgen, por cuya gracia quien no sana de un mal es porque no quiere. Los ángeles son aquí, por supuesto, protagonistas no necesariamente invisibles de los alumbramientos que, para distraerlas y ahorrarles los dolores de parto, llevan a las inminentes madres a Jerusalén mientras la comadrona calienta el agua.

  El Antaño de Tokarczuk, Centro del Mundo, es un confín donde la Luna, que sólo guarda memoria de los acontecimientos acaecidos en el último mes, pide perdón a los afligidos por ella para que sus sufrimientos no la cansen ni envejezcan demasiado. Allí viven un notable del lugar persuadido de que el tiempo y la vida -los grandes momentos, en suma- se le escapan y pasan de largo ante él y un Hombre Malo con sombra de árboles en el rostro, mixtura de yeti y de los asesinos en serie refugiados por Netflix en los bosques. Y no está Antaño poblado sólo por humanos. Hay una serpiente que observa los sueños, que se enamora y tiene a un dragón por ángel de su guarda. Están los muertos que, por carecer de mapa para llegar hasta Dios, se convierten en influencias errantes y a veces registran los cajones donde los vivos acumulan fotos de familia, pilas, estampitas, piedras lunares y monedas del Zar. Y es un país del que nadie viene y al que nadie va y en el que los viajes e incluso su invasión por los comunistas y los nazis no son más que suposiciones en verdad no consumadas, porque un bosque de abedules ejerce de tan espejeante como infranqueable frontera, desconcertante como los dados octogonales con que un viejo rabino enseña en un juego extraño, a quien se lo pide, los Orígenes del mundo.

  España, transmutada en el marco de un sangriento simulacro globalista en un planeta experimental de delatores en pijama, ha sentido hace poco el paso del ángel al convertirse en la ciudad de tinieblas egipcias donde cada cual mancha con sangre su puerta para que el de la muerte pase de largo ante ella. Plazas y lugares que considerábamos escenario de nuestras rutinas cotidianas han desplazado en cuestión de pocos días su existencia al reino de los sueños, transformándose en esos antaños que dan título a la tan onírica novela de Olga Tokarczuk. Ese bar en el centro del pueblo donde por la mañana degustábamos la tostada de ibérico y el café mientras leíamos la prensa que ya no sale y, por la tarde, escuchábamos los golpes y el jaleo de la partida de dominó, ha mutado. Esa y tantas otras esquinas son ya recuerdos, ayeres, reverberaciones de aquella Edad de Oro en que los hombres apostábamos de tú a tú a los naipes con los dioses. Y, al pasar por los supuestos emplazamientos de aquellos enclaves, la gente casi no se atreve a mirar atrás, no sea que vaya a sufrir el destino de la mujer de Lot y convertirse en estatua de sal.

  El juego del rabino de Tokarczuk nos ha recordado al consejo dado por el rabino Shtisel en la serie del mismo nombre a su hijo Akiva, preocupado por una mujer de cuyos sentimientos e intenciones no está seguro. Los planetas, le recuerda Shtisel, dan vueltas alrededor del sol mientras este se mantiene firme. Si el sol empezase también a girar, ¿qué sería de la galaxia entera? De igual modo el hombre ha de permanecer firme y, así, la mujer a la que ama girará en torno a su corazón. Y lo mismo, creemos, sucede con la suerte. Nos parece una excelente recomendación, ahora que desde las instancias políticas se nos insta a conducirnos justamente al contrario en todos los aspectos de la vida. Revitalicemos los antaños -y la novela de Olga Tokarczuk puede ser una buena herramienta para ello- y dejémonos de pamplinas.

 

 

 

 

 

 

 

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