Poemas

 


GUIDO GONZALO


Mirada azul que transita la noche

 

Tu mirada, gran azul que lubricaba

Toda infititud de las esencias

Al amanecer, en el crepúsculo del sueño,

Era quietud de cielos y primaveras

Que tornaba en prosaicas indifrerencias y lejanías.

Nimbo de calor y vademécum de calma,

Astro, concreción de arcanos

Que obviaron aquiescencias y premuras…

Permite esta noche mi nostalgia,

La que aun degusta tu cercanía.

 

CSL

 

Luché por sublimar un momento

Trascendiendo la común cortesía,

Y que mi voz, la suya y el viento

Fueran tríada bajo el sol del día.

Busqué beber de su aliento,

Como de fuente de sutil melodía

Cuya caricia fundiera el cimiento

Del mi templo de melancolía.

No fue, no aconteció el encuentro

Y el tiempo tornó en felonía;

Pero ella aun crepita en el cuento

Escrito a contraluz, con bohonomía.

 

A Gustavo

 

Forjaste acrisolado en la belleza

La llama y la sombra dimanadas de tu alma,

En las ciénagas, en los pantanos de tu tristeza,

Cuando hazaña era alcanzar el alba…

Dibujaste la muerte con destreza,

Y con el ardor de lo reñido con la calma

Borraste la línea que es frontera en la cabeza

De lo real y lo medible con la irrealidad más alta.

Y en lo febril de un sueño denso sin pereza

Tu pluma pintó con sangre que exultaba

El fervor de la existencia en su rareza

Y la penuria de lo ausente si llorabas.

A ti, Gustavo Adolfo, a tu sensible fortaleza,

Pues insta a ser daimón de aquello que se ama:

Del mundo, de la debilidad, de la entereza,

Del sentir que nace, del que acaba…

 

 

 

Bisontes

 

Décadas ha, templado en la inocencia,

Cabalgando hilvanabas horizontes;

En las llanuras y en el zaguán de los montes,

Del tornado con su furia y del Sol su vehemencia.

De Norte a Sur en el correr de los años,

En mística comunión con tus iguales,

Vacío el corazón de soledad y de males

Conformando el fornido rebaño.

Los hombres, otrora hermanos de tu cadencia

Con premura mutaron sus mohines en blanco

Y bajo auspicios de mitos y santos

Abrazaron codicia, fervor y decadencia.

Aquellos tapices salpicados de flores

Que cien centurias tu peso sintieron,

A los nuevos dogmas también sucumbieron

Entre cantos sin óbolo y estertores.

Solo quedan letanías, irredentos solitarios,

Llamas que dimanan de los campos atávicos,

Pinceles que nadan en el color catártico

Y dibujan los pastos del amplio estepario.

 

Resquicio de osadía

 

Pregunto a tu candor cuando me miras

Titilando mi ego en la duda:

¿Intuyes las fisuras del recuerdo,

El torrente inapelable de rescoldos

Que supura el ardor del otro lado?

No respondas, empuña la osadía

Y el martillo que esculpe las sonrisas,

Profanando indulgente el vacío

Bajo el reino de los cirros,

Que es espacio común a nuestros cuerpos.

 

 

 

 

 

 

 

 

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