Los sueños de Lord Dunsany

 

 

 

 

JOAQUÍN ALBAICÍN

 

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Cuando hace cosa de treinta años mis senderos se cruzaron con los de Juan Maya y leí algunos de sus relatos, me pareció estar algo así como escuchando “ecos” de los de Lord Dunsany. Hoy, al releer los de éste, es en ellos en los que me parece percibir “ecos” de aquellos de Juan Maya declamados en voz alta por él y seguidos con atención por quienes en ese momento, ya próxima la puesta de sol, fumaban acodados en la barra de la Cervecería Alemana o la Bodeguita de San Juan. Juan Maya fue, en efecto, el Lord Dunsany del Barrio de las Letras de Madrid, como Lord Dunsany el Juan Maya de la aristocracia británica.

  Todos los que ante el folio o la holandesa en blanco se construyen -y nos brindan- un mundo propio son hermanos. Incluyo a Mambrino, crucigramista de El País, la noticia de cuyo paso al Otro Lado leo el mismo día en que recibo Cuentos de un soñador y otras fantasías, recién salido del horno de Valdemar. A los cruciverbistas que le seguíamos, ¡cuántas de sus respuestas -Tas, Nin, Ra, Isis…- nos parecían deidades dunsanyanas o veneradas en los altares de los Montes de Ur de Juan Maya! Y es que usar la pluma como un cubilete y agitar en él las palabras -pues en el Principio fue el Verbo- es, a la postre, crear un panteón. ¿Se inspiraba Dunsany, en torno a cuya coronilla -por simple cuestión de época- soplaron sin duda los vientos del orientalismo, en fuentes espirituales ortodoxas? No sé. Pero lean este párrafo, con el que cierra uno de los relatos de Los dioses de Pegana: “El tiempo es el perro de los dioses; pero se ha dicho que un día se volverá contra sus amos, y tratará de matarlos a todos excepto a MANA-YOOD-SUSHAI, cuyos sueños son los dioses mismos… soñados hace mucho tiempo” y díganme ahora si no es un cabal resumen, que firmarían -creemos- Shankara o A. K. Coomaraswamy, de la enseñanza vedántica sobre el retorno del Ser al No-Ser.

  El volumen publicado ahora por Valdemar reúne cuatro de sus libros: Los dioses de Pegana, Cuentos de un soñador, El libro de los prodigios y El postrer libro de los prodigios. El último lo escribió -o terminó de escribir- Dunsany en 1916 mientras convalecía de una herida de guerra: Estos cuentos”, explicó, “son cuentos de paz. Los que recuerdan la paz y los que la verán de nuevo pueden alegrarse de apartar la mirada, aunque sea por un momento, de un mundo de barro, sangre y uniformes caquis, y de leer durante un rato sobre ciudades demasiado agradables para ser ciertas”. Desde la portada nos saluda, con su pertinente castillo y como invitándonos a sumarnos a la escena, un valle de ensueño en el que andan de holganza un sátiro y varias ninfas. La estampa salió del pincel de Sidney Sime, ilustrador de los tiempos victorianos y eduardianos en la línea de Dulac, contribuyente ya en su día con su duende a las ediciones originales, no hace falta anunciar que pobladas de personajes… pues eso: de cuento, y nunca mejor dicho.

  Como en aquel de Benet un hombre rico manda a su criado encontrar y comprarle su destino en un mercadillo, en los de Dunsany uno acude a la casa de cambios a permutar sus desdichas por las de otros o un mago, a fin de destruir Londres con un conjuro, envía a su acólito a conseguirle el corazón del sapo que mora en Arabia junto a las montañas de Betania. Y comparece, cómo no, el profeta de Kharrazan, nombre actual de la Ciudad del Último Templo, testigo de cómo todos los dioses menos uno se retiraron del mundo. Y el capitán Shard, que zarpa de Tenerife con su barco pirata para conquistar las riquezas de Bombasharna. Y Pombo el idólatra. Y el poeta conocedor del camino al cementerio donde se apilan los huesos de los dioses. Incluso plantas desconocidas en el mundo de la vigilia, como la bletania, se asoman a estos relatos que nos invitan a entrever los eslabones de la Cadena de los Mundos.

  Me convendría, desde luego, obtener y mascar un poco de bletania. Casi me urge, pues queda poco para el último sábado del mes, que es cuando se monta en Zafra -misma raíz que “zafiro”- el bazar de coleccionismo, e intuyo que sin el auxilio de la planta que sólo crece en los jardines de los sueños, no seré capaz de coronar con éxito mi búsqueda de un buen arcabuz, una linterna mágica en aceptable estado o monedas y sellos de correos de reinos olvidados como el de Todas las Rusias, Zanzíbar o la Costa Francesa de los Somalíes. Lord Dunsany no dejó en sus cuentos instrucciones para hallar la bletania, y consultar a Juan Maya es algo que se ha tornado difícil, pues el encuentro ya sólo es factible en el proceloso mundo onírico.

  Así que, si no la encuentro antes… ¡Que MANA-YOOD-SUSHAI me ayude!

 

 

 

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