La escritora y los espías

 

 

 

 

JOAQUÍN ALBAICÍN

 

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El destino de Herta Müller ha brillado bajo el signo de la misma estrella que el de tantas familias forzadas a mudar varias veces de nacionalidad como secuela de los corrimientos de fronteras sobrevenidos tras la descomposición del Imperio Austro-Húngaro y los acuerdos sellados entre los vencedores de las dos guerras mundiales. Vino al mundo, además, en el siglo de la implantación de las distopías totalitarias y en el seno de la minoría alemana de Rumanía. Su padre fue nazi y ella creció en un país vampirizado por el comunismo y como hija de una madre temporalmente deportada a la URSS para su “reeducación”. Añádase que el reinado laico de Nicolae Ceausescu ha dejado como rémora o supervivencia espectral una luenga estela de escritores que, a lo Judío Errante, se arrastran por el orbe tratando de sacudirse el sambenito o etiqueta de haber espiado para los órganos de seguridad comunistas. Algo similar ha acontecido en todos los países un día miembros del Pacto de Varsovia, pero Rumanía gana de calle en el palmarés de las situaciones surrealistas. Así, los kilotones de ridiculez expandidos por el imperio carpatiano hacen posible que, aún hoy, los disidentes de toda la vida apechen con la sospecha de haber servido a la policía del tirano mientras los antiguos altos cargos de aquellos servicios secretos siguen desempeñando las susodichas dignidades en la política o la policía rumanas post-comunistas con mejores sueldos que entonces y sin que nadie les reproche nada.

  Herta Müller sudó, pues, a fondo la cultura del servilismo y de reducción del individuo al estado animal y estabular propia de los socialismos, donde la vida cotidiana, dominada por el constante acoso al disidente, era inseparable de la práctica del espionaje al vecino y los momentos de felicidad tenían siempre lugar a pesar del Estado y el Partido, coagulando en una fugacísima “forma de felicidad furtiva, una felicidad que cojeaba”.

  Todo ello ha marcado su nada renqueante trayectoria como escritora con mayor peso que la obtención en 2009 del Nobel de Literatura. Aquel modus vivendi edificado sobre la calumnia y la delación la ha obligado durante toda su vida -en casi cualquier conferencia, entrevista o escrito- a puntualizar que no, que nos digan lo que nos digan, leamos lo que leamos, ella nunca fue -ni es ahora- comunista ni espía de la Securitate. Aclarado esto, ya puede quizá ponerse a hablar sobre otra cosa, pero antes, tiene que decirlo. No hace falta apuntar que, en Siempre la misma nieve y siempre el mismo frío, el libro de ensayos suyos lanzado por Siruela, el texto importante y que explica en mayor o menor medida todos los demás es el titulado Cristina y su trampa o Lo que (no) recogen los expedientes de la Securitate, en el que evoca y describe la agobiante vida del ciudadano aguijoneado sin tregua por los provocadores y matones de la policía secreta. Es un tema que empapa los demás textos, por más que pretendan tratar sobre Cioran, Canetti o la María Tanase que “nunca cantaba nada de manera mecánica” y “desde la primera vez que interpretaba un tema, sus labios lo hacían enteramente suyo”. Siempre está ahí. Treinta años después de la caída del Titán de los Cárpatos y de la ejecución de éste y de su esposa, Herta Müller todavía tiene que detenerse a recordarnos que, por favor, ni por asomo creamos que fuese ni sea ahora una espía de aquel régimen cuyos cancerberos, revestidos de insólitas credenciales democráticas, continúan en la actualidad ocupando el poder en Bucarest.

  La pregunta, claro, es: ¿espió o no espió? ¿Forma todo esto, incluida la permanente reivindicación de su inocencia, parte de su cobertura? Ella misma -¿qué remedio?- asume que nos formulemos la pregunta. Es la misma especulación y la misma sombra que sigue pisando los talones a, por ejemplo, su compatriota Ioan P. Culianu y es, de hecho, esa persistencia de la duda lo que, como Herta Müller señala, la Securitate habría perseguido con su campaña de desprestigio. Su historia es en cierto modo, sí, similar a la de Culianu, asesinado en 1991 en unos aseos de la Universidad de Chicago y sobre quien seguimos a día de hoy preguntándonos si no sería, en vez de un verdadero disidente, un agente que se salió del tiesto y quiso volar solo, pagando las consecuencias. En el mundo del espionaje crece con profusión el musgo de las zonas en penumbra, y esa asociación de rumanos de origen alemán -notorios nazis- que se dedicó desde el exilio a denunciar ante la prensa occidental a Herta Müller como una comunista infiltrada estaba en realidad plagada de colaboradores de la Securitate: de hecho, a aquellos antiguos devotos del III Reich les sonaba muy bien esa cantinela de la Gran Rumanía profetizada por Ceausescu, en la que ya se veían ocupando un puestecito bien remunerado. En paralelo, tres cuartos de lo mismo puede señalarse sobre los antiguos miembros de la Guardia de Hierro exiliados en Estados Unidos, a quienes se ha apuntado como probables asesinos del historiador de las religiones y discípulo de Eliade: se llevaban miel sobre hojuelas con sus -sobre el papel- enemigos de la Securitate, con quienes brindaban sin problemas con tokay por un futuro de “grandeza” para la patria de Drácula.

  El escritor de vida más o menos normal, tipo Mircea Cartarescu, no ha sido, en fin, la tónica ni mucho menos lo habitual en Rumanía, cuyos hombres de letras ya de por sí han tendido mucho históricamente al rollo atormentado y de angustia pseudometafísica. Harto lejos de razones de esta segunda índole, Herta Müller parece más bien solicitar que, por favor, la dejen de una vez en paz, cosa que creo que cualquier rumano de bien -y hasta de mal- se merece. Claro que lo que a menudo también ocurre -esa es otra- es que, cuando uno ha sido tan machacado, es él mismo quien termina por no dejarse en paz, hasta llegar un momento en que ya no se sabe quién sacude más el polvo, si los acosadores o el acosado. Ya se verá, pues, en qué acaba todo esto. Sigamos, entretanto, disfrutando de la templada prosa de una alemana y rumana internacional.

 

 

 

 

 

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