JOSEPH CAMPBELL Y EL GRIAL

 

 

 

 

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JOAQUÍN ALBAICÍN

 

  La otra noche soñé que iniciaba junto a un amigo pintor -Javier de Juan- y otro escritor -Germán Pose- los preparativos para un larguísimo viaje en coche. Debió propiciar tal visión el hecho de que antes de caer dormido había empezado a leer la colección de ensayos dedicados por Joseph Campbell (1904-1987) a la búsqueda del Santo Grial, esa saga cuya efervescencia literaria tiene lugar entre -más o menos- 1150 y 1250, y ello despertó en mí antiguas sensaciones, sedimentos sutiles de cuando en compañía de ambos recorría los caminos en pos del Grial de oro viejo latente en las muñecas del Rafael de Paula armado caballero por Antonio Ordóñez en Ronda, una tarde de 1960 y en presencia de Julio Aparicio.

  La historia del Grial, esta nueva gavilla de escritos de Campbell publicada por Atalanta, viene integrada fundamentalmente por la recopilación y edición debida a Evans Lansing Smith de las conferencias sobre el asunto pronunciadas en su día por su autor en distintos foros y seminarios. Pese a estar centradas en torno al Parzival de Wolfram von Eschenbach, una obra tras la que, según apuntan los estudios de Pierre Ponsoye y otros, estuvo la mano de la Orden del Temple, ninguna alusión a esa dirección o influencia entre bastidores -que no parece haber suscitado demasiado la atención de Campbell- encontramos aquí. Tampoco, al revés que en otros libros suyos, se explaya en este en sus reflexiones eruditas en torno al 432 como número clave que relacionaría motivos en apariencia tan ajenos entre sí como las puertas del Walhalla vikingo, la duración de un ciclo cósmico o el número de palpitaciones por minuto que identifican al hombre en estado de buena salud.

  Y es que estos escritos son, ante todo, lo dicho: alocuciones pensadas para ser pronunciadas a la puerta de un castillo bretón o en un claro del bosque de Broceliande para deleite de devotos del turismo cultural, sin que -precisémoslo- ese tono divulgativo les reste interés alguno en calidad de introducción más que cualificada al tema. El público al que mayormente iban dirigidas no hizo olvidarse a su autor de subrayar cuestiones tan cruciales como la vinculación del mito griálico con la tradición hermética o su condición de misterio antes iniciático y esotérico que eclesiástico y exotérico.

  No termina uno, sin embargo y dicho sea sin acritud, de entender bien esa insistencia suya en que las novelas sobre el Grial habrían contribuido enormemente a la forja de la “mentalidad europea”. Porque aquí aparece Gawain. Y Merlín. Y Tristán. E Isolda. Y Arturo. Y Leonor de Aquitania, esposa de dos reyes y madre de otros dos y de dos reinas. Y Cundrie, la mensajera del Grial al servicio de Secundille, princesa pagana de la India a quien Campbell -por supuesto que con su sentido, pero también con los riesgos que supone la adscripción de identidades geográficas e individuales al mito- asocia con la viuda del maharajá Prithviraj Chauhan de Delhi, derrotado y muerto el mismo año en que fueron exhumados en la abadía de Glastonbury los supuestos restos de Arturo y Ginebra… Aparece, en fin, toda esta gente. Y creo que no ya a los citados, existieran o no, sino a cualquier europeo del montón de entonces no le habría merecido esa mentalidad “europea” sobre la que se apoya la anti-civilización moderna un juicio más piadoso que el de lamentable. Pero bueno, los eruditos se deben por lo general y en cierta medida a un establishment y es normal que salgan por estos cerros.

  Subraya con tino Campbell la influencia monacal detectable en exponentes del género como la Queste du Sant Graal, en tanto subyacería una mano laica tras el Parzival. Este es para él el gran libro europeo, superior incluso a la Divina Comedia, alineándose así con Ponsoye, para quien la leyenda del Grial es “la más prestigiosa que se haya ofrecido jamás al pensamiento orante”. Muy cierto, si bien nosotros atribuiríamos al Parzival una influencia no tanto “laica” -es decir, “europea” en el sentido antedicho- como musulmana y, sobre todo, templaria o, en cualquier caso, inciática, dicho sea sin olvidar que lo monacal y lo iniciático son ámbitos diferentes, pero no reñidos entre sí, como no lo era -véase el Temple- la condición de monje con la de caballero. Así lo destaca Campbell al invitarnos a tomar nota de que, tanto en las versiones cistercienses como en las “laicas” de la leyenda, el Grial “siempre está asociado con el trasfondo de la tradición cristiana, no con su primer plano”.

  Alude además Campbell, al estudiar la génesis de las obras griálicas y recordar los orígenes de Arturo como dios oso y caudillo guerrero instruido por los romanos en 450-550 después de Cristo… Alude, decíamos, a la superposición de un estrato sajón al celta original y de otro normando a ambos. Del estrato normando nos acordamos la otra noche al volver a ver El cáliz de plata, una película de 1954 que fue la primera de Paul Newman como protagonista y un tanto rara, por cuanto en sus decorados parece anticipar todo el mundo estético de Ikea y nos presenta una impagable imagen de José de Arimatea, guardián del Grial, descansando en el lecho, en su casa de Jerusalén, entre edredones y cojines nórdicos. ¿Vendría el estrato normando o estrato Ikea a ser algo así como la traducción del misterio iniciático a las entendederas del hombre medio?

  Cada una en su tono, series de televisión como Zone Blanche o Strange Things recuperan ahora la visión del bosque europeo o norteamericano como reino de las deidades y los espíritus elementales celtas, atmósferas recordatorias de las que ponen telón de fondo a las obras griálicas, ambientadas todas en bosques poblados por eremitas y caballeros entregados al sueño, como una visión onírica fue lo que decidió a Lansing Smith a emprender la elaboración de este volumen. Esos eremitas somnolientos no son sino homólogos del ciervo que, según Plinio y según se nos recuerda en Zone Blanche, guió a los legionarios romanos por la espesura hasta el santuario de Cernunos.

  Y es que las obras griálicas no son novelas u obras literarias en la acepción común, o no son sólo eso. Es algo que Campbell constató, y de ahí la consagración a estos relatos de caballería de su inteligente ojo crítico, aplicado asimismo a muchas otras manifestaciones de la espiritualidad tradicional en torno a las que, puesto que Atalanta tiene en perspectiva la publicación de su obra completa, seguiremos -Dios mediante- leyéndole, a espera de que Arturo regrese de Avalon, “el reino del sueño y la visión, donde el salvador duerme”, tierra santa que “existió en el pasado y está en el presente y vendrá en el futuro”.

 

 

 

 

 

 

 

 

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