EL BUDISMO, SU HISTORIA Y SUS TRES JOYAS

 

 

 

 

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JOAQUÍN ALBAICÍN

 

 

 

  No ya esclarecer, sino simplemente referirse a las fuentes prístinas del cristianismo resulta costosa tarea, por cuanto hablamos de enseñanzas orales que tardaron bastante en ser recogidas por escrito y, además, ignoramos qué grado de fidelidad al original conservaron durante el proceso. Añádase que, como ha dejado sentado Ignacio Gómez de Liaño en El diagrama del primer evangelio (Siruela), buena parte de los “recuerdos” sobre la vida de Jesús se cimentaron en gran medida sobre experiencias extáticas. Hay ahí, en fin, escollos de todo orden generadores de importantes vacíos ya en cuanto a los perfiles a atribuir a la propia figura histórica de Jesús de Nazareth, pues no es sencilla cosa, en efecto, discriminar cuándo en las narraciones sobre Su vida se nos está refiriendo un episodio digamos que mundano y cuándo una vivencia o relato referidos al mundo sutil.

  Algo muy similar sucede, por tanto, cuando, con intención de emprender un viaje hacia atrás del mismo calado, se vuelve la mirada hacia el budismo y su “fundador”, pues: “Todo lo que sabemos sobre la figura del Despierto proviene de lo que décadas y siglos después sus seguidores escucharon o creyeron saber sobre él”. En Las Tres Joyas. El Buda, su enseñanza y la comunidad (Kairós), Agustín Pániker, estudioso de las tradiciones espirituales de India y que ha dedicado ya un excelente libro al jainismo, otro a los sikhs y uno más -Índika- a lo que ha denominado la “placa civilizacional india”, nos presenta en tono y estilo perfectamente accesibles una mirada panorámica y clarificadora sobre los ambientes, doctrinas, escuelas y figuras que hoy se atribuyen una identidad budista, sin segregar a nadie e incluyendo la interpretación predominante entre los budistas occidentales, deudora de la de los orientalistas del XIX, que tiende “a proyectar sobre la persona del Buda imágenes, presupuestos e ideas que seguramente dicen más de nosotros y de nuestros particulares puntos de vista que de la figura del Despierto” y pretenden “devaluar la visión sobrenatural” del budismo perfilando a su fundador como “un psicólogo existencialista o como un humanista agnóstico”, cosa que no en vano ha pretendido asimismo hacerse con la figura de un Jesús gratuitamente presentado como, por ejemplo, feminista o defensor de los pobres.

  Lejos de ser una especie de Lutero asiático reformista del brahmanismo, el mensaje de Buda, nos recuerda Pániker, al igual que el de Jesús de Nazareth, “no brota de la nada”, sino que sus inquietudes, ideas centrales y técnicas de meditación son netamente indias y conocían un estado de especial efervescencia en el norte de India durante el siglo VI a. C. -la época de Sidddharta- entre las poblaciones afectas a ese conjunto de tradiciones y doctrinas que terminaría siendo conocido como hinduismo y donde las especulaciones de los brahmanes coincidían, se entrecruzaban y amalgamaban con las de las órdenes iniciáticas errantes conocidas como comunidades shramánicas, entre las que se contaba la apuntalada en torno a un Buda cuya biografía presenta, como las de Mahavira, Jesús o Zoroastro y al revés que las de los diversos Luteros de la historia, rasgos inequívocamente mitológicos.

  Se ocupa, por supuesto, Pániker de matizar en qué diferentes sentidos puede ser interpretada la doctrina del anatman, así como de exponer las bases de la toma de refugio y de la naturaleza de los Tres Cuerpos o Trikaya y de otras enseñanzas clave en el legado de un maestro espiritual que no padeció “persecución, martirio ni hégira”, no disertó sobre el origen del mundo, el universo y los dioses y, luego de su paso al trasmundo tras la consecución del parinirvana, no premia ni castiga, pero es honrado con incienso y lamparillas “como la tierra en que plantas semillas sin que esta las acepte y, aun así, las semillas producirán grandes árboles con ramas, flores y frutas”.

  El libro de Pániker es también una exposición del atrezzo histórico que decoró la expansión del budismo extramuros del solar indio. Por el Sudeste Asiático se difundió entre los siglos IV y X y en el marco del proceso de indianización registrado por la región al solicitar los distintos monarcas de Thailandia, Laos, Indonesia, Bangladesh, Birmania, Malasia o Camboya la presencia en sus Cortes tanto de brahmanes como de eruditos budistas. Algo similar sucedió en Asia Central y en Tíbet, tierra esta -escenario de las hazañas de Padmasambhava- desde donde se expandió el Tantra de Kalachakra. Un tanto más complejo se manifestó el ritmo de hibridación en China. Y todavía nos falta perspectiva histórica para dilucidar cuánta razón asistía a Mircea Eliade al vaticinar, haciéndose eco de las impresiones de Toynbee, que el exilio a Occidente de miles de lamas tibetanos iba a suponer para esta parte del mundo un fenómeno de similar trascendencia a la que tuvo antaño la diáspora protagonizada por los sabios de Constantinopla tras la caída de su ciudad, pues nada indica que, en caso de no haber escuchado jamás hablar del Dalai Lama, no hubiera Richard Gere llevado a cabo de igual modo el noble y magnífico gesto de subir al barco de Open Arms.

  Como la Cuarta Irradiación o el Cuarto Giro de la Rueda del Dharma ha sido bautizada esta propagación del budismo en Occidente, pese a que a menudo, al margen de diferencias de enfoque propias de cada escuela y más allá de la existencia de practicantes serios de la tradición, que los hay, tal irradiación no se haya traducido en gran medida sino en la comercialización de un legado esquilmado y espurio despojado de su sentido profundo. Y es que, como bien señala Pániker, en la mayoría de las variedades de “budismo” o budismo light popularizadas por estos pagos, inicialmente por los teosofistas y luego por la New Age: “Las ideas cosmológicas y cosmográficas tradicionales están pasando a un segundo plano. (…) Se trata de arrinconar aquellos aspectos considerados ´precientíficos´ (como los poderes parapsicológicos, el renacimiento, el poder de la devoción, los niveles del cosmos y seres que lo habitan, etcétera) o que no coinciden con la imperante visión materialista del mundo”, de modo que el budismo pueda ser deslizado en nuestros buzones como una “filosofía” profana propiciadora de la salud física, la serenidad de ánimo o el tocomocho de la igualdad de género. Como en el caso del cristianismo, tampoco en el del budismo se ha tratado de una interacción histórica más y sin nada de particular, pues el reformateo no ha sido ni inocente, ni inocuo.

  Porque, ¿calificaríamos como sensual a quien se acuesta con una mujer sólo porque la unión sexual favorece la soltura muscular y es sana para la columna? No, porque eso no es erotismo. Es quemar calorías. No podemos sino pensar lo mismo cuando se nos pide aceptar como cristianismo un mensaje encaminado sólo al fomento de los encuentros cordiales entre vecinos de acuerdo con la urbanidad y las buenas maneras o, como budismo, unas prácticas sacadas de su contexto propio y cuyos docentes se desentienden no ya del fin último de la liberación de la rueda del samsara, sino hasta de nociones tan básicas como dharma o karma.

  Con la lucidez y mesura patentes en todos sus escritos, Agustín Pániker expone y resume tan vasto panorama en esta suerte de guía de introducción al mundo inspirado por Siddharta que, por ese peso que otorgan el conocimiento y el sentido común, sin duda apreciará en lo que vale todo interesado en el budismo y su devenir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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