Contra christianos: los mitos sobre Thélema

 

Jonathan Marqués

 

 

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Desde 1904 (e.v.) existe una corriente tan malentendida como vilipendiada, más criticada que conocida, más demonizada que investigada. Sobre ella y su precursor se han arrojado todo tipo de leones de injurias, con la esperanza de destruirla como se intentó destruir al revolucionario cristianismo en su día, mas con el mismo éxito. A pesar de los ataques conservadores y estrechos de miras (o, quizás, precisamente por ellos mismos) de sectores reaccionarios y dogmáticos de los Cuatro Jinetes de la Nueva Inquisición –a saber, Ciencia, Cristianismo, Buenismo y Estupidez--, Thélema cabalga ahora con mucha más fuerza que en sus primeros años de nacimiento. Lo que surgió como un hermoso fruto de amor entre dos recién casados de luna de miel se ha extendido hoy por todo el mundo, ha crecido en contenido y profundidad, e incluso se ha reproducido en una multitud de movimientos: A.’.A.’., O.T.O., Caballeros Thelémicos, SOTO, Orden Tifoniana... No obstante, la comprensión que el profano tiene de esta corriente sigue siendo la misma: inexistente, y lo que es más grave, altamente tergiversada. Nunca la máxima “la ignorancia es atrevida” tuvo mayor razón de ser. Como respuesta surge este ensayo de alguien que, comparta o no las ideas thelémicas, considera su obligación moral hacer frente a las mentiras leídas, intentando arrojar algo de luz sobre la oscuridad impuesta sobre Thélema por la “Escuela Negra”, desterrar a los demonios de rostro de perro de la mentira; hablando en plata, poner los puntos sobre las íes: esa es la raison d’etre de este ensayo, absolutamente necesario por lo innecesario que debería ser.

 

Comencemos abordando los argumentos ad hominem, los más comunes contra esta corriente filosófico-mágica, basados en “es que Aleister Crowley [el diabólico fundador de esta “religión” (cita de la Hermandad Negra)] era X” (sustitúyase “X” por cualquier maldad: si es inventada, mejor). En aras de la agilidad y la claridad, enunciémoslos en puntos:

 

1. Es que Crowley era un satanista. Un clásico. Véase “satanismo” en la siguiente sección para ver si su sistema era satánico. En cuanto a si el mismo Crowley era satanista... Por doquier podemos encontrar citas suyas criticando tanto a los satanistas como a la práctica de invocación de demonios. Sin ir más lejos, en su descripción del Ritual de Abramelín en Confesiones define a la última parte del mismo, la invocación de las Cuatro Coronas del Infierno y sus acólitos, como repugnante a la razón, pero indispensable para el éxito del ritual. Esa parece ser la clave para explicar las pocas veces que La Bestia 666 (“¿ves? ¡satanista!”, pero tranquilos: ya hablaremos de este número) invoca o evoca a demonios: que es parte de un ritual que en sí no es para nada de magia negra. Así, la evocación del demonio Choronzon se debe únicamente a la necesidad de hacerlo para cruzar el Abismo y romper por completo la idea del “yo”, algo completamente opuesto a las ideas ególatras satanistas.

 

“Pero ¡escribió un himno a Lucifer!” Bueno, metafísicamente Lucifer y Satán no son lo mismo, pero de acuerdo, podemos aceptar el argumento y asumir su identidad. En contra presentamos que también escribió himnos piadosos a la Virgen: ¿lo calificaríamos entonces de católico o de mariano? Thélema aglutina símbolos de casi todo tiempo y tradición: no nos quedemos en los árboles para no ver un hermoso bosque rico en flora y fauna.

 

2. Es que Crowley sacrificó a nosécuántos niños. Cortesía de César Vidal et al. que mantienen vivo el bulo ya surgido en vida de él. Suena comercial, sin duda, pero ¿no es bastante posible que, de ser cierto, por muy gran mago que fuera, dichos actos llamaran la atención y acabara, digamos, en la cárcel? El lenguaje esotérico es altamente simbólico: hay que ir más allá, hay que realizar un acto de unión (syn-balein) entre la imagen presentada y la realidad a la que hace referencia. Con “sacrificio de niños” Crowley hacía referencia a una cierta práctica de magia sexual. Pero para saberlo es necesario quitarse las gafas del prejuicio y leer más de un par de pasajes de su obra con una actitud abierta y tolerante nada común en ninguno de los Cuatro Jinetes anteriormente mencionados.

 

3. Es que Crowley era un misógino y un racista. Es cierto. Nadie es perfecto. Menos aún, si naces en una época donde estaba bien visto ser ambas cosas. Y todavía menos, Crowley, concedido. Podemos enumerar a miles y miles de otros pensadores con las mismas características, o peores, y no por ello sus sistemas han sido denunciados con tanta fuera. ¡Hablamos de aquel al que se denominó “el hombre más malvado de Inglaterra” y del “hombre al que nos gustaría colgar”, nada menos!

 

Pero... Un momento. Alexander Crowley era racista y misógino, sí. Pero Thélema NO es ni misógina, ni racista. ¿No reza El libro de la ley “todo hombre y toda mujer es una estrella”? La observación “pero unos más y otros menos” no debió de pronunciarla claramente Aiwass.

 

4. Es que Crowley era el hombre más malvado de Inglaterra. De acuerdo. Pero, ¿por qué y según quién? ¡Él se consideraba un santo! Muchos de sus actos son cuando menos cuestionables, pero quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Y, sobre todo, que dé argumentos que podamos refutar.

 

5. Es que Crowley era un drogadicto. Consumía drogas, exacto. Muchas veces con afán de experimentar o por motivos médicos, no tanto por placer, pero es un hecho que lo hacía y que, al parecer, durante un tiempo sintió una cierta adicción. Aun así, el consumo de drogas y el sistema mágico creado por Crowley nada tiene que ver con las drogas, ni estas se utilizan en las prácticas prescritas por él. Freud también tiene escritos a favor de la cocaína: ¿le cuestionamos científicamente por ello?

 

6. Es que Crowley era un depravado sexual. ¿?

 

7. Es que Crowley sacrificaba animales. Es una verdad a medias. No se puede negar que ciertas operaciones suyas requirieron animales para llevarse a cabo. Los ejemplos más claros y reconocidos por él son la crucifixión de un sapo como acto simbólico de muerte del Eón de Osiris y la utilización de sangre de paloma para la evocación de Choronzon. Si estos dos actos (más algún otro puntual que no esté registrado) definen a Crowley como sacrificador de animales, entonces sí, lo era. No obstante, la práctica thelémica no implica ningún sacrificio, ni de animales ni, obviamente, de humanos. Esta acusación es seguramente la más irrefutable y menos defendible de todas cuantas he leído.

 

8. ¡Crowley era un Illuminati! ¿Un Illuminatus, un Iluminado de Baviera, quieren decir con la acusación? Según la Historia, parece ser que se extinguieron. A lo sumo, sería un templario, por pertenecer a Ordo Templi Orientis, pero parece que la acusación no va por ahí, sino que se pretende presentarle como uno de los individuos que controlan el mundo y nos han llevado a la situación “catastrófica” actual. Exista o no ese tipo de “Illuminati”, resulta difícil creer que Crowley dominara el mundo de las finanzas y de la política viviendo en la triste situación económica en la que estaba desde su viaje a EE.UU. allá por la Primera Guerra Mundial. Es imposible negar, no obstante, la importancia de su figura en la mentalidad social, cultural y, sobre todo, mágica actual.

 

Pero suficiente de Crowley. De acuerdo, puede ser un tipo desagradable, antipático, con escritos obscenos, puedes odiarle a muerte si lo deseas. Pero Thélema no es Crowley, aunque sea la figura más importante del movimiento (si bien para nada la única). Pasemos a lo realmente importante: los ataques contra Thélema.

 

a) Thélema es una religión. Depende. Si entendemos religión como re-ligare, como establecer una relación constante con la divinidad, entonces sí, sin duda: Thélema es una religión. El problema es cómo entender “divinidad”. Si con ese término nos referimos a algún dios en concreto, sea Jehovah, Alá o incluso Horus, esta idea no está en Thélema. Cuando hablamos de religar, nos referimos en esta corriente al ser humano con el ser humano, a él mismo con su yo más profundo. Nos referimos, en definitiva, a un viaje interior, a la unión del Microcosmos con el Macrocosmos, al contacto con el Santo Ángel Guardián en los primeros estadios y después con nuestro propio Yo Verdadero... Podemos llamarlo de muchas maneras, pero difícilmente podemos compararlo con una relación con un dios en concreto, definido y aparte del ser humano. Después de todo: “no hay más Dios que el Hombre”.

 

El párrafo anterior refuta asimismo que Thélema sea una religión entendida como adoración a una divinidad más allá de Uno Mismo. En la práctica ritual podemos encontrar diversas invocaciones o incluso adoraciones y devociones a distintas divinidades, pero este hecho no exige ni siquiera la creencia en ellas como entidades con un ser para sí; algunos autores hablan de “arquetipos”, otros de “activación de partes del cerebro”, unos pocos directamente adoptan la postura tradicional.

 

Lo que menos es Thélema es religión como sistema dogmático de creencias. Si encontramos un dogma (y ni siquiera lo es para todo thelemita, sino solo para ciertos métodos de trabajo thelémicos), este es el de que El libro de la ley cuenta con un origen no humano y que hay que aceptarlo en su totalidad, tal y como es, sin alterar una letra. Nada más. Su estudio e interpretación están abiertos (algo favorecido por lo críptico que es), e incluso su origen exacto, pues Crowley defiende que El libro de la ley demuestra lo que la religión afirma: la existencia de entidades sobrehumanas, pero no se especifica de qué naturaleza son estas, más allá de que son aquellas de las cuales Aiwass es mensajero. Nuit, Hadit y Ra-Hoor-Khuit no han de tomarse necesariamente como dioses en el sentido usual del término, que deban ser adorados, o rezados, o en los que siquiera haya que creer existentes con una existencia propia: podemos tomarlos como símbolos, o como fuerzas, o, si lo preferimos, parecidos a la Trinidad Católica. Thélema, como la masonería, no es a priori incompatible con la creencia en Jehovah o en Shiva o en los Tres Dioses En Existencia Y Uno En Propósito de Joseph Smith: aunque habrá aspectos que choquen, en principio no hay una incompatibilidad insalvable entre religión y Thélema, al menos no más de lo que la hay entre religión y ciencia.

 

b) ¡Thélema es satanismo! Este es seguramente la acusación más seria contra la corriente. Sin embargo, cabalísticamente no se sostiene, y la Cábala es el plano del universo para Thélema, por lo que a ella debemos acudir en busca de ayuda.

 

Satán es el personaje orgulloso por excelencia, de ahí la expresión “orgullo satánico”. Su acto de rebeldía contra Dios se expresa en el “non serviam” (“no serviré”) y en su idea de separación de Dios, es decir, en la afirmación de la dualidad frente a la unidad (de ahí que su pentagrama sea una estrella de cinco puntas invertida, con dos puntas arriba y una abajo, reflejando el dominio de la dualidad frente a la unidad). Sin entrar en consideraciones éticas, el satanismo, mágicamente, se define por la importancia del individuo frente a la divinidad/humanidad/vida universal o como queramos llamarlo. Esto se plasma en la actitud ante los “poderes” mágicos que va recibiendo el iniciado. El adepto “blanco”, o el que sigue el Sendero de la Mano Derecha, interpreta los poderes como tentaciones en el camino para reforzar el yo; al llegar al Abismo, él mismo se pone por puente, entregando “todo lo que es y todo lo que tiene” en la copa de Babalon, la Vida Universal. El satanista (o, como se suele llamar mágicamente, “adepto de la mano izquierda”), sin embargo, accede gustoso a toda posibilidad de aumentar su poder; al llegar al Abismo, suele optar por hundirse en él y llegar al reverso del Árbol Cabalístico, lo que se conoce como Sitra Ahra, “El Otro Lado”. En cualquier caso, cruce o no, dependiendo de la corriente, no realiza ese acto de entrega ante la copa de la Ramera, no mata al yo.

 

“¡Pero Aiwass es Satán!”, exclaman indignados algunos. Sí, es una de las correspondencias que Crowley le atribuye, pero ese Satán al que menciona poco o nada tiene que ver con el Satán que entiende un cristiano: es un Satán cabalístico. En cualquier caso, es curiosa la correspondencia, teniendo en cuenta que ni siquiera él llegó a entender qué era en realidad la entidad que dictó el Liber AL vel Legis: en sus escritos podemos encontrar, entre otras, la posibilidad de que fuera un Jefe Secreto, su Santo Ángel Guardián o incluso un humano.

 

Concluyamos con el último punto que tanto escandaliza a las violentas hordas cristianas: La Bestia 666, el nombre de Crowley como profeta del Nuevo Eón. Como (prácticamente) todo símbolo crowleyano, este debe ser analizado a la luz de la Cábala y de su principal fuente de conocimiento cabalístico: Cábala desvelada de Mathers. Según esta, las centenas con mismo dígito repetido tres veces han de entenderse como la manifestación de ese dígito del Árbol Cabalístico en nuestro plano. En nuestro caso, el 6 es el símbolo del sephira Tiphareth, Belleza, asociado principalmente con el Equilibrio y, sobre todo, con los dioses solares moribundos y del sacrificio: Osiris, Dioniso, Attis... y Jesucristo. Por tanto, cabalísticamente hablando el 666 es un número solar, de luz más que de oscuridad. Ya sabían los judíos que “el diablo no entiende de Cábala”...

 

En estas líneas hemos abordado únicamente las armas más insistentes que he visto utilizadas contra Thélema. Ahora animo a hacer lo mismo a la Nueva Inquisición defendiéndose del cargo de “intolerancia” y “caza de brujas”. Presumo que harán falta más de estas dos mil palabras para defenderse.

 

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