Vuelve Cumming

 

 

 

 

JOAQUÍN ALBAICÍN

 

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Ha llegado la hora del reencuentro con Charles Cumming, que hace no mucho ha pasado por las contraportadas de los diarios españoles en calidad de estilográfica puntera de la ficción de espías. Le conoci por su novela El sexto hombre, publicada por la Serie Negra de RBA, hace un tiempo desalojada -o casi- de las librerías por agencias y bandas rivales. Allí, Cumming nos llevaba de la mano en busca de un apóstol, de un miembro de la célula de Cambridge que, mientras Philby, Blunt y demás eran arrastrados por las avenidas de ese monstruo llamado opinión pública y padecían escarnio a causa del peso específico de sus traiciones, había conseguido eludir con discreción el escrutinio y el juicio públicos. Y, ¿cómo se aseguró la impunidad? Ocultándose en un asilo, nada menos. Excelente táctica, pues allí es donde estará a la vuelta de unos años el noventa por ciento de la población europea.

  Ahora es Salamandra la que toma el testigo y propicia que nuestro camino vuelva a cruzarse con el de Cumming gracias a la publicación de dos novelas suyas ambientadas en las atmósferas y el tablero de juego del espionaje británico de la era post-Rimington: En un mundo extraño y Complot en Estambul. La tirita publicitaria que abraza las solapas de la primera nos pone en antecedentes acerca de lo que nos espera: “La jefa del MI6 ha desaparecido y el ex agente Thomas Kell tiene sólo una semana para encontrarla”. En la segunda, el desencadenante de la trama es la investigación para lograr identificar a un topo en el servicio (de inteligencia). Y en ambas se nutre Cumming de elementos de la actualidad conspiratoria familiares al lector de periódicos: el acoso por parte de Erdogan al cuarto poder, los asesinatos de científicos iraníes por la CIA y el Mosad, Guantánamo, los periodistas en nómina de Langley repartidos por todo el mundo...

  Al haber leído las dos novelas seguidas, he podido zambullirme de una vez en el mundo que retratan sin permanecer, en tanto llega la segunda entrega, en ese limbo del lector tan parecido al del viajero (en palabras de Tom Kell, protagonistas de las dos historias, esa “tierra de nadie de la espera que implica ir de un lugar a otro”). Pero el chapuzón ha probado ser tan gratificante que gustosamente me armo de paciencia hasta la salida de la próxima aventura. Y es que, a veces, merece la pena esperar. De hecho, de creer a Tom Kell: “Un hombre sabio dijo en una ocasión que espiar es esperar. Esperar a un objetivo. Esperar un golpe de suerte”. En mi caso, como no he tenido la fortuna de que nadie me reclute, espiar es esperar la próxima novela de Cumming y confiar en que Salamandra no me mantendrá demasiado tiempo en el dique seco, a pan y agua,

  Mientras, pues da uno vueltas a los pensamientos de los espías de verdad, aunque lo sean en la ficción. Cuando el protagonista llega a Estambul y piensa en su primer viaje allí, en sus días de estudiante, se da cuenta, por ejemplo, de que: “Su yo de veinte años era un desconocido para él”. Eso nos sucede mucho, que nos transportamos mentalmente tiempo atrás y nos parece que aquella era otra existencia, protagonizada por una persona ajena a nosotros y de la que, si somos sinceros, apenas sabemos nada. ¿La conocimos? Si de alguna forma -por la muda de ambientes, paisajes, trabajos y bagaje psicológico- todos vivimos varias vidas consecutivas, imagínense los espías, que viven varias en el curso de cada una de esas vidas que sucesivamente los demás vivimos, pues, además de someterse a esa con la que en cada momento les toca apechar, han de presentarse ante distintas personas bajo identidades también distintas. Un lío, sí.

  Cada pluma ha de acusar su son, música y acento propios, y por supuesto que tal es el caso con la de Cumming, pero no quiero dejar de decir que hacía falta alguien que, en la novela de espionaje seriada, ocupara el lugar para muchos dejado ahí vacante, como en el limbo del viajero, por Philip Kerr. Y bueno, he aquí que llega el agente Kell, que suena mucho a Kerr, así que... ya está. Dicho sea, repito, sin afán de menoscabar la singularidad de la voz narradora de Cumming, que la tiene, algo más que patente cuando crees que no va a ser capaz de resolver el desaguisado en las pocas páginas que quedan, y va y claro que lo hace, y... ¡con qué remates! Y es que en el mundo de Cumming se tirotea y miente sin piedad. Esto del espionaje es para gente ducha en el arte de esperar, sí, pero que también sabe precipitar los acontecimientos. Cada maestrillo, en fin, tiene su librillo para cada una de las muchas vidas con que ha de lidiar...

 

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