Tercera temporada de True Detective, de Nic Pizzolato.

 

 Carlos M. Pla

 

 

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True Detective regresa tras unos años de ausencia con su tercera temporada. La serie creada e ideada por Nic Pizzolato necesitaba un periodo de tiempo realmente necesario para procesar el estrepitoso fracaso de su segunda temporada y tratar de recuperar la magia con la que nos cautivó en su primera entrega.

 

True Detective fue una de las grandes series de 2014 con su primera temporada, escrita y dirigida con brillantez por el propio Nic y el filmmaker Cary Fukunaga, respectivamente. En ella, un par de policías de Luisiana se topaban con un crimen rural de tintes esotéricos que debían dilucidar a lo largo de sus ocho episodios, con tres líneas temporales distintas. La serie se encontraba impregnada de un ambiente neo-noir y de novela negra. Las influencias literarias reconocidas de Pizzolato pasaban por escritores del horror contemporáneo como Ambrose Bierce, Robert W. Chambers, H.P. Lovecraft, Thomas Ligotti o Roberto Bolaño, poniendo en foco a su vez en filósofos nihilistas como Schopenhauer o Friedrich Nietzsche. La brillante dirección de la serie y una ambientación sobrecogedora junto a una trama muy bien construida y fundamentada en los papeles magnéticos de Rust Cohle (Matthew McConaughey) y Martin Hart (Woody Harrelson), convertían la primera temporada de True Detective en una serie de un altísimo nivel.

 

La segunda temporada fue harina de otro costal. Con la marcha de Fukunaga, artífice visual de la serie, Pizzolato no dio con la tecla, forzado a repetir éxito en muy poco tiempo, quiso construir una historia policíaca contada a través de cuatro personajes que en ningún momento llegaron a encajar entre ellos. La serie fue, bajo la opinión de quien les escribe, un absoluto fracaso, un producto audiovisual desnortado de principio a fin, con una trama en clave thriller, mucho más urbana que dilapidaba todas las virtudes de su antecesora. True Detective había perdido sus señas de identidad: la oscuridad envolvente, la profundidad psicológica de sus personajes y las referencias literarias, filosóficas y artísticas para convertirse en una serie de policías del montón. El batacazo convenció a HBO de que era mejor esperar, dar tiempo a una nueva entrega y tratar de volver a la esencia de la serie.

 

La tercera temporada de True Detective es bastante mejor que su segunda entrega. No parecía complicado. Pero, además, recupera elementos esenciales de la primera. Vuelve el ruralismo oscuro y desasosegante y el protagonismo dual para un par de rudos policías, interpretados con solvencia por actores de prestigio como el oscarizado Mahershala Ali y el carismático Stephen Dorph, interpretando respectivamente a Wayne Hays, un espigado detective afroamericano que participó en la guerra de Vietnam y su compañero blanco y parco en palabras Roland West.

 

 

La serie en esta ocasión se ambienta en un pequeño pueblo situado en la región de Los Ozarks, correspondiente al estado de Arkansas, situado en el medio oeste norteamericano. En esta ocasión, el par de policías se centran en investigar la desaparición de dos niños pertenecientes a una familia disfuncional: Tom y Julie. La trama, al igual que ocurría en la primera temporada de la serie, se trata a través de tres líneas temporales distintas: La primera de ellas es la correspondiente a 1980, el año de la desaparición de los niños y en donde suceden los primeros acontecimientos de la investigación. La segunda es nueve años después, en 1989, año en el que el caso vuelve a reabrirse. Finalmente, la tercera línea temporal nos lleva a 2015, con un Wayne Hays ya anciano y jubilado con graves problemas de memoria y ciertos indicios de principio de Alzheimer.

 

Los primeros episodios están profundamente imbuidos por la esencia de la primera temporada de la serie. Se nos muestra un ruralismo desarraigado, un paisaje frio y desolador, Pizzolato cambia de punto geográfico, pero nos ofrece el mismo tipo de atmósfera oscura y malsana. Las líneas temporales de la serie van sucediéndose, entrelazándose entre sí de manera que como espectadores vamos recibiendo pequeñas dosis de información que nos permiten ir atando cabos. La amnesia que sufre el detective Hays, personaje fundamental en la investigación del crimen, nos impide tener una visión completa del caso desde su perspectiva.

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Cuando los episodios se van sucediendo, como espectadores, por momentos nos sentimos perdidos, incapaces de poder darle un sentido a un crimen que cada vez adopta tintes más siniestros y complejos. Pizzolato juega constantemente a provocarnos confusión y dudas, a desconfiar prácticamente de cualquiera de los personajes de la trama y por momentos parece que la investigación no va a ningún lado en concreto. Sin embargo, con el tiempo, las piezas comienzan a encajar y las tres líneas temporales parecen enlazarse entre ellas.

 

Con un inicio trepidante y que nos deja sin aliento, la tercera temporada de True Detective nos ilusiona de nuevo, debido a que vuelve a utilizar los recursos narrativos y estéticos que nos fascinaron en la primera. Sin embargo, la serie sufre un importante bache en los capítulos tres y cuatro, centrándose en exceso en la relación que mantiene el detective Hays con Coretta, interpretada por Carmen Ejogo, una profesora de primaria inmiscuida en el caso y que acaba convirtiéndose en su mujer, escritora y autora de un libro en forma de crónica que relata los hechos reales del crimen. Estos episodios se notan espesos, faltos de ritmo y demasiado centrados en la relación entre estos dos personajes, lo que al final conforma muchas escenas forzadas que acaban pareciendo material de relleno.

 

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Sin embargo, a partir del quinto episodio y especialmente en el sexto, Pizzolato pisa el acelerador y centrándose mucho más en la línea temporal de 1989, hace avanzar la trama e investigación del caso, revelándonos valiosas pistas que nos acercan a comenzar a desentrañar los inquietantes secretos que esconde la familia Purcell. El sexto episodio es fundamental para comenzar a creer en que la desaparición de los niños va mucho más allá de un crimen de carácter local e implica a altas esferas, algo que ya ocurría en la primera entrega de True Detective.

 

Lo esotérico vuelve a tener su espacio en la tercera temporada y en este caso podemos apreciar estos elementos prácticamente desde los primeros compases de la investigación, con el macabro hallazgo de la cueva por parte de Hays, con las inquietantes muñecas de trapo cerca de esta y los indicios ritualísticos de magia negra. Pero a medida que nos acercamos al desenlace, parece que el crimen forma parte de algo mucho más grande que las motivaciones de cualquier asesino de niños o pedófilo e involucra a personalidades públicas, gente que incluso controla a placer la propia cúpula de la policía, algo que tanto Hays como West desconocen en primera instancia. Los capítulos finales nos encaminan hacia un descubrimiento impactante y a la lucha de los detectives contra un poder enorme, oculto en la sombra.

 

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Pero nada más lejos de la realidad, Nic juega con nosotros como espectadores durante toda la historia. Lo cierto es el último episodio, que empieza con la tensa reunión en el bosque entre Wayne y el hombre que al parecer se encuentra detrás de toda la autoría del caso, el adinerado Hoyt (desaprovechado Michael Rooker), se centra mucho más en seguir ahondando en la compleja y enferma mente del detective Hays y su relación con Amelia y resuelve el enigma mayor en menos de un cuarto de hora, ya en 2015. Lo cierto es que el desenlace de la tercera temporada de True Detective puede entenderse como algo anticlimático, falto de ritmo, aunque esta entrega, en conjunto, sigue siendo bastante mejor que su predecesora por motivos varios. Al menos, el episodio final de la serie nos sigue ofreciendo escenas y planos con mucho poder, como la visita en el presente de los dos detectives a la mansión abandonada de los Hoyt, de atmósfera gótica y decadente, con la famosa habitación pintada de rosa como inquietante epicentro de un enigmático misterio que, lamentablemente, acaba perdiendo toda su fuerza y se resuelve de forma bastante simple y poco sólida.

 

La preferencia de Nic por centrarse excesivamente en la compleja relación del matrimonio Hayes acaba pasándole factura a la trama en su conjunto. Igualmente, resolver a marchas forzadas y sin darle demasiadas vueltas a un caso criminal que se antojaba fascinante con las pistas justas pero que acaba desinflándose en la recta final provoca que la tercera temporada de True Detective no sea, bajo la opinión de quien firma estas líneas, una entrega que llegue ni siquiera a igualar a la primera. Sin embargo, su buena realización técnica, la ambientación siempre oscura y la sólida interpretación de sus actores principales, le devuelven cierto grado perdido de bonanza.

 

 

 

 

 

 

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