Tintín-Hergé

 

 

 

 

JOAQUÍN ALBAICÍN

 

  Sigue Fórcola publicando libros a tomar en consideración. Últimamente, el estudio sobre Cleopatra debido a Lucy Hugues-Hallett, la biografía de Panamá Al Brown escrita por Eduardo Arroyo y la crónica de Ramón J. Sender de su viaje de 1933-34 a la URSS. Allí visitó Sender, entre otros horrores, el Palacio del Libro, un edificio que, en los tiempos en que era una mansión aristocrática, sólo albergó “el aburrimiento” y ahora -cuenta el autor de La tesis de Nancy- es un lugar magnífico porque en él se conservan libros sobre el comunismo traducidos a casi todos los idiomas hablados o chapurreados en el imperio soviético... Creo que sólo algún psicópata discrepará de que el verdadero coñazo llegó, en realidad, con la expropiación del palacio por los Soviets. Claro que Sender no se privó de escribir tonterías del calibre de que el obrero soviético vivía “mucho mejor que el obrero calificado americano” y, si disentía de las decisiones del gobierno, simplemente era realizada con él “una lenta labor de persuasión”. Y es que la vida en el Gulag era lenta, sí... El novelista Andrei Platónov, por ejemplo, salvó su vida aceptando -¡nada como una lenta labor de persuasión!- abandonar la pluma para pasar a desempeñar el empleo de conserje en el edificio de la Unión de Escritores de la URSS. ¡En Estados Unidos no se es tan comprensivo y magnánimo con el anhelo de vivir de los escritores!


  Ahora, anaquelado con los antedichos títulos, Fórcola nos trae el Tintín-Hergé de Fernando Castillo. Nos ponemos con él y nos enteramos de la razón de que Hergé concibiera Tintín en el Tíbet: por aquellos días, puesta patas arriba su vida por su divorcio, Hergé padecía casi cada vez que pegaba ojo recurrentes pesadillas en cuyos paisajes predominaba el color blanco, por lo que decidió trasladar a su personaje a un entorno similar. Tintín, además, recibe en esta aventura mensajes en sus visiones oníricas: y es que en su creador fructificaba en aquellos días un fuerte interés por la parapsicología y la obra de Jung, además de estar visitando en calidad de paciente la consulta de un discípulo de éste. Es evidente, además, que esta historieta se hace eco de la reciente huida de Lhasa del Dalai Lama, así como de los reportajes sobre las expediciones de montañeros puestas en pie para intentar encontrar al yeti.


  Es una constante en la vida de Tintín, el periodista del que jamás leímos una línea, servir como portavoz del interés sentido por su dibujante hacia los asuntos que, en su tiempo, demandaban atención o suscitaban alarma internacional: la amenaza soviética y nazi, la Guerra Fría, el colonialismo, la esclavitud, el imperialismo nipón... Así, El cetro de Ottokar (1940), historia ambientada en las imaginarias repúblicas de Syldavia y Borduria, una dictadura remedo de la soviética la segunda y una monarquía constitucional la primera, es una advertencia sobre los ánimos expansionistas de los totalitarismos inspirada por la reciente anexión de Austria por el III Reich. Ya después de la guerra, El asunto Tornasol (1956) refleja el miedo al holocausto nuclear y la rivalidad entre los dos bloques. Esto comienza ya en 1930, con Tintín en el país de los Soviets, obra primeriza e ingenua -“una suma de gags, muy deudores de las comedias de cine mudo”- y, como Tintín en el Congo (1931), un tanto tosca. El viaje de Tintín a Rusia viene, en efecto, a ser una diatriba anticomunista publicada en una época de florecimiento del subgénero literario del viaje a Moscú, cultivado por el citado Sender, Félix Ros, Joseph Douillet, H. G. Wells, George Bernard Shaw, John Steinbeck, André Gidé, Fernando de los Ríos... entre muchos otros. Este álbum y el del Congo conforman un poco la infancia de Tintín, anterior a la fecha en que un sacerdote que había viajado bastante a China instara a Hergé a documentarse mejor cuando ambientara las aventuras de su personaje en países remotos.


  Al revés que Luis Alberto de Cuenca, firmante del prólogo, fui tintinista precoz -aunque acaso no lo suficiente como para presumir de tintinólogo- debido a que para mi abuela era tan corriente comprarme una aventura del periodista belga y su perro Milú -Objetivo: la Luna, El Loto Azul, Los cigarros del Faraón...- como un tebeo de Mortadelo y Filemón, El teniente Blueberry, El príncipe Valiente o los muchos superhéroes de Marvel entonces sacando músculo y luciendo capa en los quioscos. Yo no caía entonces, claro, en todas estas cosas que señala Castillo en su estudio sobre el autor y su personaje, una muy amena indagación en las inquietudes, propósitos e influencias que pudieron operar entre bastidores de cara  a la gestación de cada álbum y que viene a presentarnos a Hergé y a Tintín como radiografías del europeo medio de su tiempo.


  El dibujante, leemos, había sido destetado en los boy-scouts. Católico y conservador, miembro de la plantilla de un periódico con ese marchamo -por no decir que medio integrista- y próximo al rexismo en los tiempos en que esta formación aún no había sido condenada por la Iglesia católica, no parece que llegara a comprometerse a fondo con ella, pese a su amistad o asiduo trato con Leon Degrelle, la estrella nazi local, que muchos años al cabo, muerto ya Hergé, aireó su convicción de que había sido él la inspiración de la que naciera Tintín... Tras la guerra, Hergé sufrió los efectos de una depuración no demasiado severa debido a haber mantenido una actitud más de acomodación y coexistencia con el ocupante nazi que de estricta colaboración con él. Había publicado sus historietas en uno de los pocos diarios autorizados por los nazis, había dejado caer en alguna viñeta tal o cual guiño antisemita, la verdad que nada inocente en medio del acoso sufrido en la Europa ocupada por los hebreos... Pecados europeos del montón y extendidísimos en la época, en fin. Hoy se siguen cometiendo, de hecho. La verdad es que tampoco parece que fuera sensato pedir ponerse a la cabeza de la Resistencia a Tintín, un personaje entretenido pero, reconózcase, bastante soso... Dicho sea con todas las simpatías del tintinista que fui, nunca desaparecidas.


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